lunes, 11 de febrero de 2013

Supernova 5

Capítulo 5


Una sonrisa en mis labios. El pánico floreciendo en mi estómago. Una expresión neutral en mi rostro y mi cabeza gritando "¡Nooooooooooooo!". Todo mientras veo, junto a la servidumbre de la casa, cómo Harper baja del Ford negro aparcado en la entrada y me sonríe tan pronto nuestras miradas se cruzan. Y yo sólo pienso en una cosa: Lyem. ¿Cómo haré para verlo? ¿Qué pensará él de que Harper esté aquí? ¿Cuánto tiempo, además, piensa mi tutor pasar con nosotros? ¿Qué hago?

     Olvidarme de Lyem mientras Harper esté en casa, me respondo al instante con el estómago convertido en un pesado bloque de concreto. Intento no parecer demasiado ansiosa pese a que la lengua me da vueltas en la boca, y por algún estúpido motivo más allá de mí, quiero decirle a Harper que por fin, quizá, tengo un amigo. Ni se te ocurra, me reprendo.

     -Hola, Ery.

     Harper luce una tensa sonrisa en su rostro demasiado preocupado, y sé que ha venido a asegurarse de que me mantienen en aislamiento solitario y que sólo el señor Quisquilloso tiene contacto conmigo. Me pregunto cuántos de sus soldados estarán girando sus pulgares justo cuando más se los necesita en el frente, todo porque Harper no confía en mí...

     -Eres un paranoico -pongo los ojos en blanco, pero sonrío para aligerar la tensión. Él me responde con un encogimiento de hombros en disculpa.

     -Pasaba por aquí -se defiende.

     -Sí, claro.

     Como el señor Quisquilloso no está, Harper me hace darle un extenso recorrido por la casa, por lo que he visto de ella, hasta que llegamos a mi blanca habitación donde inspecciona la ventana -sé que tratando de comprobar que no puedo intentar escaparme por allí- y luego se sienta en la cama pidiéndome que le hable de mi estadía. Sé que sus preguntas, en apariencia fortuitas y sólo interesadas en su justa medida, están en realidad encaminadas a determinar con quién hablo, qué hago, dónde lo hago y si mantengo la promesa que le hice de que no hablaría con nadie... Y me siento un poco culpable. Sin embargo, intento disimularlo durante la aburrida tarde en la biblioteca de la casa y la más aburrida cena con el señor de la casa.

     Nuevamente estamos todos sentados a la enorme mesa con todos los lugares ocupados; como ahora se ha añadido mi tutor al ya gran número de comensales, ha sido necesario reubicar los puestos, de modo que Lyem ha acabado sentado a mi izquierda. Tengo a Harper enfrente, al señor Quisquilloso a la derecha y a mi casi nuevo amigo a la izquierda, y no sé cómo sentirme. ¿Feliz? ¿Ansiosa? ¿Nerviosa? ¿Culpable? Bueno, cuando menos debería tratar de evitar exteriorizar las últimas dos.

    Harper y su amigo se dedican a charlar tranquila y animadamente sobre armas, guerras, batallones, estrategias y cosas que en realidad no interesan, o por lo menos no a mí. Estoy más al pendiente -ignoro el porqué- de mantener la cabeza gacha y evitar mirar cualquier otra cosa distinta de mi plato, especialmente a Lyem. No he tenido las agallas para levantar la cara y mirarlo al menos de reojo, pero lo que percibo de su postura es que está tranquilo, incluso relajado, y quisiera preguntarle cómo lo hace. Me vendría bien poderlo lograr también.

      Los platos se retiran algún tiempo después, y entonces traen las acostumbradas frutas, dulces, postres y demás mientras Harper sigue hablando. De vez en cuando me lanza miradas furtivas, pero yo procuro estar demasiado concentrada comiendo.

     -Mi hijo, Christopher, vendrá de visita por algunos días. Tiene asuntos que resolver por aquí y me pareció una completa tontería dejarlo alquilar una habitación teniendo tantos cuartos de sobra en esta enorme casa -dice en un momento dado el señor Quisquilloso, y percibo cómo Harper se tensa.

     -¿Tú hijo? ¿Está casado? -Inquiere mi tutor intentando demostrar indiferencia, aunque no lográndolo del todo.

     -Comprometido con una chica que no me gusta mucho, él lo sabe -contesta su interlocutor.

     -Y, en todo caso, ¿quién sí le gusta al viejo éste? -Murmura suavemente Lyem, no sé si dirigiéndose a mí o pensando en voz alta, pero opto por ignorarlo.

     Miro a Harper, enfundando su profundo ceño fruncido de cuando algo está en vías de gustarle absolutamente nada, y me pregunto vagamente qué problema tiene con el hijo del señor Quisquilloso, o si el problema es que quizá se quedará en la misma casa que yo. Lucho por no poner los ojos en blanco.

     -Tienes unas piernas hermosas -murmura Lyem otra vez, y ahora sé que sí es conmigo. ¿Espera que le responda?- Y muy suaves, además. ¿Te bañaste hace poco?

     Asiento imperceptiblemente, sintiendo que el corazón se me desbocaba. Si Harper llega a darse cuenta de que estoy hablando con Lyem... habrá problemas.

     Siento que la falda de mi vestido se mueve. Doy un respingo y miro sutilmente bajo la mesa: la mano derecha de Lyem trabaja suavemente halando la tela hasta mi rodilla; mientras, él conversa impasiblemente con el chico a su lado... Stuart, reconozco. Miro a Harper y noto que él tiene sus ojos inquisitivos puestos en mí, si bien sigue conversando con el señor Quisquilloso. De hecho, todos conversan con alguien excepto yo, aunque dudo que pudiera mantener centrados mis pensamientos con los dedos de Lyem ahora acariciando mis muslos. Me ruborizo. Él sube por mi pierna, trazando suaves círculos y pellizcando de vez en cuando aquí y allí, sobre todo en la cara interna. Sigue ascendiendo y me voy poniendo cada vez más nerviosa y ansiosa; primero porque no sé hasta dónde piensa llegar -¿qué pretende con esto? ¿Qué está haciendo?-, y segundo porque mientras más toca, más intensas son las incómodas cosquillas que me halan de los músculos de la pelvis. Me remuevo, incómoda e intentando quitarme su mano de encima.

     -Quieta -ordena silenciosamente cuando interrumpe su charla con Stuart para coger su copa de agua y beber. Su mano derecha aún sobre mi regazo y avanzando. Aprieto las piernas e intento cruzarlas para detenerlo, pero él me pellizca tan fuerte que reprimo una mueca de dolor y me quedo tranquila-. Así es -sonríe.

     El señor Quisquilloso tiende a terminar con la cena rápido para irse a su estudio, pero ahora que Harper está aquí la cosa se alarga demasiado, y sólo los encargados de alguna tarea que aún necesite realizarse se levantan de la mesa; los demás continúan una suave plática mientras, asombrados por el estado de relajación de su adusto jefe, aprovechan para beber y comer. Lyem no ha retirado su mano de mis piernas, aunque tampoco ha seguido subiendo; se ha limitado a pellizcarme suavemente, hacerme cosquillas, y pese a que quizá debería sentirme aliviada de que eso es todo lo que pretende, y que ha estado haciendo desde hace bastante, a cada momento me siento más inquieta. No sé qué pasa, no sé qué está haciendo o si tiene plena consciencia de algo que yo no -cosa que no vendría a suponer ninguna sorpresa-, pero su constante toqueteo ha logrado que me duelan los pechos; siento mis músculos completamente tensos, sobre todo los del vientre; siento que, quizá, pude haberme hecho un poco de pis sin querer y lo único que quiero es retirarme a mi habitación. Pero me da miedo moverme y que Harper nos vea.

     Por fin retira la mano, coge una uva y disimuladamente me dice:

     -Te veo en la cocina.

     Luego se levanta y con un "Buenas noches, señor. General Harper", él y Stuart se pierden por un amplio corredor alterno que da a la cocina y a un cuarto de lavandería.

     Me remuevo en mi asiento una vez más. Intento discernir si me siento mejor una vez que se ha detenido todo esto, o peor porque quizá... ¿yo quería que continuase? Me causa aprehensión ir a reunirme con Lyem en la cocina, sobre todo porque Harper me pueda descubrir,  pero luego se me ocurre que habrá muchas personas allí y entonces ya no tendré tantos problemas con nadie. Me pongo en pie disculpándome para ir a coger un poco de chocolate en la cocina, y mientras avanzo por el amplio pasillo de madera siento la fija mirada de Harper en mi espalda. Justo paso la puerta que lleva al cuarto de lavandería cuando ésta se abre, y al mirar atrás Lyem me hace un seña para que lo siga. Obedezco.

     La puerta se cierra tras de mí, y quedamos sumidos en una oscuridad rota sólo por una pequeña vela colocada en el alféizar de la diminuta ventana. Veo la luna llena y brillante en el oscuro cielo plagado de estrellas; sé que me encantaría salir y tenderme en la hierba, dormir bajo la vigilancia de los cielos y despertar con el clamor del sol matutino. Giro un poco tan sólo para ver a Lyem recostado de un enorme tanque de madera lleno de carbón, sus ojos despiden un brillo que me levanta todos los folículos capilares y dispara mis alertas; tiene los brazos cruzados y sus ojos se mueven despacio por todo mi rostro. Trago saliva, y él sonríe.

     -Te has portado mal, Ery -ronronea apenas acariciando las palabras.

     -¿Qué hice? -Pregunto con voz quebrada y algo indefensa.

     En lugar de contestarme, se yergue cuan alto es y salva la distancia que nos separa. Antes incluso de que yo alcance a moverme, me empuja contra la pared y me inmoviliza con todo su cuerpo, haciéndome sentir como el día anterior en el claro. Indefensa. Desprotegida. Me toma de la barbilla y nuevamente allana mi boca con su lengua, su aliento mezclándose y agitándose con el mío, una de sus manos aferrando con fuerza mi cabello y la otra bajando por mi espalda hasta descansar en mi trasero. Luego se separa y me observa mientras espera que se le normalice la respiración.

     -Cuando yo quiera tocarte, no debes impedírmelo -me reprende suave y dulcemente. Sus manos aprietan mi trasero juguetonamente, pero yo estoy demasiado impresionada como para prestar atención a eso.

     ¿Tocarme? ¿Cuando él quiera? Aún no alcanzo a comprender por qué le gusta tanto sentir mi piel contra la suya, aunque a mí tampoco me molesta que lo haga, pero no estoy para nada de acuerdo con eso de permitirle hacer todo lo que quiera.

     -¿Y si yo no deseo que me toques? -Desafío, sorprendiéndome ante mi propia valentía.

     Sus cejas se disparan con sorpresa y por un segundo parece confundido, desconcertado y descolocado, pero finalmente tuerce la boca en una mueca burlona y murmura:

     -¿No quieres que te toque, Lucero? -Sus labios acarician mi nombre como si se tratase de una oración, y sus manos suben y bajan rítmicamente por mis nalgas y espalda. Otra vez siento como que se me deslizan unas gotas húmedas por entre las piernas, así que aprieto los muslos y respiro.

     ¿No quiero que me toque? ¿Me molesta que lo haga? No. De hecho no, pero sí me molesta que quiera disponer de mí como si fuese un reloj de bolsillo que pueda sacar cada vez que desee ver la hora. ¿O eso es normal en una amistad? ¿Los amigos demandan a los amigos? Qué fastidio, por culpa de Harper no sé qué hacer. Será, entonces, cuestión de llevarme por mi instinto.

     Levanto la mirada y me encuentro con la suya, brillante, peligrosa, llamando algo al fondo de mí ser que, además de que no conozco, no sé si quiero que sea despertado. Él inclina la cabeza y suavemente pasea la punta de su nariz por mi rostro, por mi cuello, por mis labios; y sus manos se mueven de mi espalda a mi pecho y allí comienzan, uno por uno, a soltar los botones frontales de mi vestido. Me pongo nerviosa, me agito, y trato de liberarme de su férreo agarre.

     -He dicho que te estés quieta -Lyem coge mi cara entre sus dedos rudos y me mira fijamente, con el entrecejo fruncido-. Si quieres que de verdad te muestre las cosas que quiero hacerte, tienes que estarte quieta cuando yo te toque, Ery, si no esto no funcionará. ¿Entiendes?

     Asiento, porque no quiero que nuestra aún no naciente amistad se muera por mi conducta infantil. Lyem sonríe, esa sonrisa burlona suya, y acuna mi rostro con una mano mientras la otra acaba de desabotonar mi vestido.

     -Eso está mejor. Necesito que confíes en mí. Ya te dije que no te haría daño. ¿Me crees?

     Asiento nuevamente.

     -Respóndeme -ordena.

     -Sí, te creo.

     -Fantástico. Ahora, voy a demostrarte que, contra tus creencias, sí quieres que te toque, te gusta. Es más, después de esto no vas a querer que deje de hacerlo, y si te portas bien quizá te complazca. Pero recuerda -me advierte, ahora serio y volviendo a cogerme de la barbilla para alzar mi rostro y que acabe bañado por la luz de la luna que se cuela por la ventanita del muro-, esto debe quedar entre nosotros. Yo no hablo y tú tampoco.

     -De acuerdo.

     Sí, como si quisiera decirle a Harper que no sólo no cumplo con la promesa que le hice, sino que además le permito a este enigmático, raro y fascinante muchacho tocarme más allá de lo que nadie lo había hecho jamás. Pero eso no se lo digo a Lyem porque, sospecho, recaería en la aparición de su sonrisa burlona, y la verdad es que aún estoy algo trastocada por lo de la mesa a la hora de la cena.

    -Bueno, esto hay que hacerlo rápido; estoy seguro que Harper estará impaciente por levantarse y buscarte, y no debemos permitir que nos encuentre en semejante situación. ¿No lo crees? -Alguien como Stuart le habría dado un tono diferente al comentario, como asustado o nervioso; pero Lyem lo hizo sonar como una broma, algo de lo que preocuparse tan sólo un poco.

     Finalmente deja de presionar mi cuerpo con el suyo, y retrocede un pequeño paso para observarme mejor. Al detenerse sus ojos en mi vestido abierto en el pecho, sonríe lentamente y se relame los dientes como haría alguien ante un apetitoso festín; luego expande la abertura y deja a la vista mi sujetador rosa. Busco su mirada nerviosamente, y él ya me está observando con fijeza. Sonríe una vez más e introduce ambas manos en cada copa, sujetando mis pechos en sus palmas calientes. Suelto un jadeo involuntario. Me suelta y desliza las tiras de mis hombros, de modo que ahora puede -y de hecho lo hace- sacar mis pechos y dejarlos al descubierto. El frío de la noche me pega un poco, y siento como mis pezones se yerguen. Lyem lanza un suspiro que parece asfixiado.

     -Pensé que serían más pequeños -murmura para sí observando y tocando tentativamente mis pezones. Luego sus ojos regresan a mi rostro, ahora más contentos-. Me has dado una agradable sorpresa, Ery. Son muy bonitos.

     Lentamente baja la cabeza y acaricia mi piel con sus labios también calientes. Primero en el cuello, luego la clavícula y por último los pechos. Otra vez siento ese dolor en la punta, sobre el pezón, como si quisieran alargarse más pero no pudieran. Inesperadamente Lyem se mete uno en la boca y dejo de respirar, de parpadear, incluso de moverme... No sé qué hacer. Siento su lengua acariciando suavemente, dando vueltas alrededor de mi pezón, mordisqueando, halando y pellizcando con los labios. Descanso mis manos en sus hombros e intento apartarlo de mí pero él aprisiona mis muñecas y las coloca a cada lado de mi cuerpo. Todo su toqueteo está molestándome en el vientre; con cada revolución de su lengua o succión de sus labios siento que los músculos de la ingle se me van a solidificar y las piernas dejarán de sostenerme tarde o temprano. Y por si no pareciese suficiente, me veo gravemente sorprendida y confundida cuando mi espalda se arquea más allá de mi control y mi pecho se pega a sus labios. Lyem ronronea y sonríe.

     -Basta -suplico con una voz llorosa y atormentada que no reconozco como mía.

     -Tranquila, Ery. No pasa nada malo, está bien -me tranquiliza. Yo comienzo a retorcerme para liberarme... creo.

     -Lyem, por favor, déjame. No... me gusta esto -suplico, y entonces para. Se endereza completamente y me mira como si me hubiese vuelto loca de atar. Jadeo, me escucho, y mi cara está casi tan caliente como sus labios. El frío de la noche me azota con más fuerza en donde su saliva me ha mojado.

     -¿No... te gusta? -Inquiere él sumamente confundido. ¡Confundida yo, que no sé ni qué pensar!

     -No. No lo sé -rectifico-. No sé qué sentir.

    Tuerce el gesto y me mira durante un segundo. De improviso, tapándome la boca con la mano derecha para ahogar mi grito de sorpresa, inmiscuye su otra mano bajo mi vestido, hacia mis bragas, y desliza sólo un dedo en mi ropa interior; luego retira su mano y a la luz de los rayos de luna estudia su dedo y la cosa transparentosa que tiene en él. Yo estoy franca y sinceramente impactada. ¿Eso salió de mí? ¿Qué es eso? ¿Por qué a él no le da asco, y cómo supo que quizá lo iba a encontrar?

     -Lo siento -murmuro avergonzada contra su palma. Él me da una rápida mirada y una sonrisa... indulgente, creo que ése sería el término, y libera mi boca.

     -Está bien. No te disculpes, preciosa, no has hecho nada malo.

     -¿Qué es eso? -Me atrevo a preguntar.

     -Es... la prueba más clara y fehaciente de que no te disgusta ni mi toque ni lo que te estaba haciendo, Lucero, así que puedes estarte tranquila. Creo -continúa ahora más distraídamente, restregando entre pulgar e índice la viscosidad en su dedo- que no estás acostumbrada a las reacciones de tu cuerpo ni a lo que significa cada cosa, y por eso crees que no te gusta.

     Me le quedo mirando, perpleja. ¿Podría ser eso posible? ¿No me gusta lo que hace porque no entiendo a mi cuerpo? Nunca se me ocurrió que mi yo racional y mi yo corporal pudiésemos tener reacciones y necesidades propias. Mi cuerpo pide alimento así yo no lo quiera, lo sé, y a veces está molido cuando mi mente puede seguir volando de pensamiento en pensamiento sin reparos, pero jamás se me ocurrió que alguien pudiera hacernos discordar en cómo nos sentimos, también. Lyem tiene razón, no sé qué me pasa y por ello temo, y debo agradecer a Harper por parecer una niñita torpe, asustadiza e infantil. Y ahora todo está claro para mí: debo dejarme guiar por Lyem para no sólo tener mi primer amigo, sino para conocerme mejor a mí misma. Aunque, admito, eso no impide que me atemorice un poco probar las cosas que él hace.

     Unos momentos después Lyem se saca un pañuelo de tela de un bolsillo, se limpia los dedos y vuelve a guardarlo con sumo cuidado. Me pregunto por qué no lo deja aquí para lavarlo, pero no me da mucho tiempo de seguir cavilando cuando vuelve a inclinarse sobre mi pecho pero esta vez para repetir su proceder sobre mi otro pezón. Él dice que está bien lo que hace, que no hay nada malo, y yo decido confiar. Más aún, cuando mi espalda vuelve a arquearse contra su boca y él me pellizca con los labios en respuesta, siento como si estuviera a poco de explotar, como si me encontrara al tope de una alta montaña y estuviese a poco de tirarme al muy ansiado vacío. Gimo un tanto más fuerte, enredo mis dedos en sus cabellos y aprieto mis manos en puños... Oh sí, estoy por caer al vacío.

     Pero él se detiene y mi cuerpo vibra enojado y dolorido. Nos miramos.

     -¿Por qué has parado? -pregunto en un susurro casi inaudible. Su sonrisa triunfal me hace dar cuenta de que tuvo razón: yo no quiero que pare.

     -Porque ibas a correrte, y no debes hacerlo cuando Harper ya seguro te está buscando. Me habían hablado de las mujeres que se corren sólo con la estimulación de los pechos -continúa, ahora hablando consigo mismo mientras yo recupero la cordura-, pero jamás creí que me encontraría con una -Me mira, asombrado-. Me sorprendes cada vez más, Lucero, y eso no es fácil de lograr.

     ¿Correrme? ¿Adónde?

     Estoy por preguntarle a qué se ha referido con ese último comentario extraño y justo entonces... alguien toca la puerta.

     -¿Ery? ¿Estás ahí? -Me llama con cierta urgencia la voz de Harper, y yo palidezco.

     ¿Y ahora?




miércoles, 30 de enero de 2013

Supernova 4

Capítulo 4


Lyem me tumba en el suelo y se posiciona sobre mí sin interrumpir el contacto entre nuestros labios, presiona mi cuerpo con el suyo contra el pasto y comienza a mover circularmente las caderas. A mi rostro trepa un calor abrumador que seguro me lo enrojece, y en mi pecho mi corazón remonta el feroz trote de Laila antes de detenernos frente a la roca enorme. La sangre en mis venas fluye con fuerza y me martillea detrás de los oídos. Lyem comienza a deslizar manos, boca y lengua por mi mandíbula, el cuello y luego el escote en el pecho, donde se detiene y alza sus ojos brillantes a los míos aterrorizados y curiosos; sus manos están en mis caderas.

     -Maldita seas, Lucero -murmura, aún así esbozando una sonrisa felina. Vuelve a coger mis pechos entre sus manos y de nuevo los aprieta, aunque esta vez con tanta fuerza que hago una mueca de dolor-. Tú y tu maldito cuerpo.

     -¿Por qué? -Me atrevo a murmurar tímidamente. Lo admito, estoy aterrorizada y fascinada, todo a la misma vez. Pero, ¿qué bicho pudo haberle picado a Lyem?

     -Por hacerme desearte así -entierra el rostro en el hueco de mi cuello y muerde-. Por ser toda inocente y virgen y atractiva y apetitosa.

     ¿Virgen? ¿Cómo la que sostiene a un niño en sus brazos y se llama María? Realmente no creo ser como ella, a mí no me ha convocado nunca ninguna divinidad para traer un niño al mundo... al menos que recuerde. 

     Aún echado sobre mí, Lyem alza la vista y me observa fijamente, no sonriendo en esta ocasión, sino con el semblante más serio de lo que se lo he visto desde que le conozco. Mi respiración ya no está tan agitada pero continúa siendo un tanto forzada, y no me queda claro si es porque los tantos kilos de su cuerpo no permiten a mis pulmones coger todo el aire de su capacidad o si... es por algo más. Algo que quizá, como cosa rara, no entiendo. Alzo una mano tímidamente para retirarle un mechón de cabello de sus increíbles y perturbadores ojos verde oscuro, él imprevisiblemente toma mi mano en el camino y me gira rápidamente, de modo que ahora lo tengo acostado sobre mi espalda y yo esto de frente al suelo. Toma mi cabello con rudeza y hala hacia atrás para hacerme levantar el rostro.

     -Lucero, Lucero, Lucero. ¿En qué te has metido? -Suspira contra mi garganta, y luego pasa la punta de su lengua por mi mandíbula. Hace cosquillas.

     Pero estoy más preocupada por el hecho de que estemos aquí solos, sin nadie cerca que pudiera socorrerme en caso de yo necesitarlo. Justo ahora Lyem me da miedo, temo que pueda intentar lastimarme o... matarme. Dicen que en Gran Bretaña hay adeptos al alemán loco, ¿quién quita que este muchacho pueda ser uno de ellos y ahora, teniendo los medio para hacerlo, quiera chantajear o amenazar a Harper para... no lo sé? De pronto me siento estúpida y lo único que quiero es gritar socorro, pero temo que nadie me escuche y eso le dé motivos suficientes a Lyem para intentar algo... si es que de todos modos no tiene la intención de hacerlo.

     -¿Vas a hacerme daño? -Inquiero trabajosamente, pues su mano en mi cabello aún hala para mantener mi cabeza arriba. De pronto detiene los besos que me había estado depositando por toda la garganta y se separa un poco para poderme ver.

     -No, Ery. No es daño lo que quiero hacerte -asegura con el entrecejo fruncido.

     -¿Entonces qué quieres hacerme? -Me atrevo a preguntar.

     Él guarda silencio por un largo rato. Llego a creer incluso que no me contestará y la verdad es que, si no lo hace, no sé cómo me las ingeniaré para hacerlo soltarme. Por un lado mi parte racional me dice que conserve la calma, que de uno u otro modo regresaremos en una pieza a casa del señor Quisquilloso, pero por el otro está ese lado mío más arriesgado y aventurero que me insta a dejar de comportarme como una niñita ya que Lyem no quiere hacerme nada que, a la larga, no me gustará a mí también. Es entonces que entiendo que me estoy comenzado a volver loca si de verdad hay algo en mí que piensa que nada de esto me puede gustar.

     Lyem baja de mi espalda -para mi sorpresa- y se tiende a mi lado, dirigiéndome una sonrisa condescendiente. Acuna mi rostro con una mano y apoya su cabeza en la otra, así nuestros ojos están al mismo nivel.

     -Lucero, puedo describirte con lujo de detalles todo lo que quiero hacer contigo, pero dada tu inexperiencia en cualquier tipo de relación, sobre todo a las que hago referencia, no me entenderías. 

     -Podrías probar -sugiero suavemente, sintiendo que quizá debería enfadarme por estar siendo llamada incapaz pero evitándolo porque sé que tiene razón.
     Él esboza una enorme sonrisa... ¿alegre?, ¿complacida?, y luego niega lentamente con la cabeza pasando su dedo pulgar por mis labios.

     -Eres curiosa. Eso me gusta, pero también acaba siendo malo.

     -¿Por qué?

     -Porque si te digo lo que planeo hacer contigo y se lo cuentas a alguien buscando orientación, Harper va a tener mis bolas para alimentar a sus perros.

    -Harper no tiene perros -replico sonriendo. No entendí lo de sus bolas, la verdad, pero ¿por qué cree que Harper se las quitaría? No creo que sepa dónde Lyem las esconde.

    Él ríe y luego sacude su cabeza de ojos muy abiertos, incrédulo.

     -¿Lo ves? Ni siquiera entendiste lo que acabo de decir, así que no sé qué ganarías con que yo te contara nada. Sólo te confundiría, Lucero, y hasta quizá logre alejarte de mí.

     -No me alejaré de ti -repongo malhumorada. ¿No puede o no quiere decirme?

     -Hagamos algo -propone luego de unos minutos considerando no sé qué cosa-. Cada jueves de todas las semanas nos reuniremos a las once y cuarto en el establo, justo donde encontraste las zanahorias -hace una mueca de reproche en mi dirección. Sonrío-, y entonces te iré enseñando, poco a poco, las cosas que quiero hacerte.

     Trago.

     -¿Son más de una? -Farfullo nerviosamente. ¿Por qué?, no lo sé.

     Una sonrisa burlona juguetea en sus labios hasta que, finalmente, toma posesión de ellos y Lyem está de nuevo mofándose de mí. Pienso que me gustaría un día entrar en su mente para descubrir qué tanto tengo, digo o hago que le hace gracia.

     -Oh, sí, Lucero. Son muchas más de una. ¿Entonces qué dices, aceptas lo de los jueves?

     Me tumbo de medio lado y estudio atentamente su expresión. ¿Debería? ¿No debería? ¿Qué quiere hacerme? ¿Daño? Ya dijo que no a eso, y por algún motivo yo le creo. No sé si mi inexperiencia esté en este caso jugándome a favor o en contra, pero supongo que si no me arriesgo no lo descubro. Tal vez cualquier persona cuerda y normal se negaría en redondo a caminar con los ojos vendados, como me dice siempre Harper, pero dado que nunca he interactuado con alguien distinto de él, no soy una persona normal, y probablemente esté de todo menos cuerda; además, si no accedo quizá Lyem ya no quiera seguir hablándome, y eso es algo que definitivamente no quiero. Siento que quizá, con el tiempo, podamos ser amigos, y eso es lo único que siempre he deseado.

     -Está bien -respondo con más firmeza de la que me creía capaz. Sí, creo que estoy haciendo bien, y el que su sonrisa de respuesta sea tan enorme me lo confirma.

     Definitivamente estoy haciendo bien.

     Lyem se pone en pie y me tiende una mano para ayudarme a levantar.

     -Volvamos. Pese a que me encantaría echarme en este lugar contigo todo el día, me pagan por trabajar, y si no trabajo no hay dinero -me obsequia una sonrisa despreocupada y tranquila que me pone el corazón de cabeza, y tomando mi mano en la suya enorme y cálida nos dirigimos a donde Laila vagabundea apasiblemente.

    -Laila no querrá volverme a tener sobre su espalda -murmuro cuando monto sobre la yegua y ésta relincha como enfadada. Lyem ríe.

     -Laila no querrá volverte a tener al mando de las riendas -corrige, y luego monta delante de mí, asegurando mis manos a su cintura firmemente-. Una cosa más, Lucero, esto debe quedar entre tú y yo -advierte él cuando nos hallamos en el túnel de árboles de camino al establo.

     Yo frunzo el ceño y pregunto:

     -¿Lo de casi quedar estampados contra una piedra por tu no brillante idea de distraerme mientras aprendía a cabalgar o lo de los jueves?

     Otra vez se ríe, y es un sonido que me gusta y me hace ruborizar.

     -Ambas cosas, francamente, pero sobre todo lo de los jueves debe quedar entre tú y yo. Ni siquiera tu almohada o tu diario se pueden enterar.

     -No tengo diario -replico con calma.

     -¿Por qué no? -Sé que sonríe pese a que no lo veo.

     -No le encuentro el sentido. Para eso mejor hablo conmigo misma.

     -Sí, eso es más normal -repone con sorna.

     Me muerdo el labio y no respondo. ¡Qué excitante, mi primer secreto con alguien además de mí! Y por si eso no fuera poco ahora me he comprometido en algo así como una misión ultra secreta y ultra especial con el muchacho que quizá, con ayuda de Dios y el viento soplando a favor, se convierta en mi primer amigo. ¡Qué ridículo! No llevo de conocerlo ni dos días y ya tengo que ahogar una sonrisa enorme y las ganas de abrazarme a mí misma. ¿Todo el mundo se habrá sentido así con su primera amistad?

     Y luego mi estómago cae y me siento enferma. Si Harper se entera... ¿Pero cómo lo haría? Está a cientos de kilómetros de mí y no creo que vaya a verlo en una temporada. Estoy a salvo por ahora. Me sonrío.

sábado, 26 de enero de 2013

Supernova 3

Capítulo 3


Estoy de regreso en mi blanca habitación y son ya las siete de la tarde, ha oscurecido y yo me dedico a contemplarme en el gigantesco espejo junto a la cómoda blanca. Lucía entra y me giro hacia ella.

     -¿Estoy bien así? -Doy unas vueltas sobre mí misma para permitirle ver mi sencillo vestido rosa pálido en su totalidad. La verdad es que me pone un poco nerviosa la cena con el sr. Quisquilloso porque temo que si en algo lo molesto no me permita salir más a mi antojo, si es que sabe que lo hago. Lucía entra, cierra la puerta y me arregla el cuello del vestido.

     -Ya está. Perfecta -murmura dibujando una sonrisa en sus delgados labios-. Ahora, no lo olvides, habla sólo cuando él te pregunte algo y trata de ser breve y concisa; odia que las personas le den demasiadas vueltas a las cosas. ¿Lista?

     Asiento respirando hondo para mentalizarme lo difícil e interesante, a una vez, que podría resultar esto. Sigo a Lucía por la habitación hacia la puerta pero antes de salir la detengo con una pregunta.

     -Lucía, ¿qué pasa si te besa un hombre que acabas de conocer?

     -Pues debes tener cuidado con él porque seguramente es un ruin canalla que sólo está buscando propasarse contigo. Ningún caballero respetable le hace eso a una mujer que acaba de conocer -responde ella iguiéndose y frunciendo ligeramente el entrecejo.

     -Entiendo. ¿Y si ese hombre quiere verte al día siguiente? 

     -No debes acceder. Lucero, en estos tiempos de guerra e inseguridad nadie sabe cómo acabarán las cosas, hay personas que se aprovechan de la vulnerabilidad del estado de ánimo de los demás para conseguir... bueno, cosas malas. Si un hombre está interesado en ti verdaderamente el tiempo no le supondrá problemas, si quiere sólo algo... físico, pues lo hará todo de prisa.

     ¿Deprisa? ¿Como besarme luego de presentarse, por ejemplo?

     -¿A qué te refieres cuando dices "algo físico"? -La miro y ella me devuelve la mirada, incómoda y retorciéndose los largos y delgados dedos.

     -Pues a... eh... ¿Por qué me preguntas esto? -Alza una dura ceja inquisitiva y yo decido mejor mantener la boca cerrada. Lyem me dijo que si lo metía en problemas no volvería a hablarme, y me parece que desembuchar lo que pasó en el establo podría lograrlo. Lucía luce como esas personas que no toleran tonterías infantiles, y la verdad es que no sé cómo considerarme a mí misma en estos momentos.

     -Por nada. Lo leí en un libro -me encojo de hombros, impasible.

     Ella no parece convencida, pero al final asiente y abre la puerta. Lucía preside la caminata por el corredor y luego abajo por las amplias escaleras de madera, la sigo cuando dobla a la derecha y nos encontramos en un comedor muy grande coronado en su centro por una mesa de roble con cabida para veinte personas que, de hecho, sólo tiene dos lugares libres. Uno junto al sr. Quisquilloso y otro enfrente, en la otra cabecera de la mesa. Lucía sigue de largo hasta la cabecera, ignorándome olímpicamente y asintiendo  cortésmente al pasar junto a su jefe. Yo he de tragarme mis pensamientos y tomar asiento junto al viejo estirado.

     -Buenas tardes, Lucero -dice él a regañadientes.

     -Buenas tardes, señor.

     -¿Te ha gustado tu habitación?

     -Sí, gracias. Me gusta mucho la vista que tiene -miro al frente y hacia la derecha, y justo allí está sentado Lyem sin quitarme los ojos de encima, aunque tampoco es que el resto de los comensales esté intentando ignorarme precisamente. Seguro les sorprende que su estricto señor esté hablando en la mesa, Lucía me dijo que eso no suele suceder en días normales. Quizá se le pase con el tiempo.

     Varios sirvientes traen la comida y la colocan rápida y eficientemente en la mesa. Yo aún recuerdo todo lo que me ha dicho Lucía acerca de los viles canallas, y sinceramente no sé qué pensar acerca de Lyem y no sé qué hacer con su idea de ir a cabalgar juntos mañana. Además, aún no acabo de entender qué era eso de algo más físico... ¿más físico cómo?

     El sr. Quisquilloso eleva una sencilla y tal vez demasiado corta oración de agradecimiento por los alimentos, acto seguido se pone a comer sin emitir una sola palabra más. Todos le imitamos, y yo disimuladamente miro por delante en dirección a Lyem; él ya no me observa, pero auguro que debe ser por miedo a que lo pille el señor Quish. ¿Tan terrible es que nadie se atreve siquiera a girar la vista de su plato? ¿O tiene más que ver conmigo? ¿Les caigo mal? De pronto me siento como una intrusa.

     Unas horas después de acabada la cena estoy en mi recámara, luz apagada y puerta cerrada, mirando la luna alta y brillante en el cielo y reflexionando lo que me dijo Lucía al traerme luego de la comida. ¿Así que el señor Quisquilloso insiste en que sus empleados compartan la cena con él en un intento de estrechar los lazos jefe-trabajador? Pero no sé en qué parte de su cabeza parece racional que esos lazos se hagan más fuertes si se sienten intimidados por su presencia y por el hecho de no poder hablar durante la cena. Lyem tampoco me ha mirado mucho luego de que me sentara, y me pregunto si su invitación a cabalgar mañana sigue en pie y en si realmente debería ir. Pienso que por ser nueva con las relaciones personales soy más vulnerable a ser herida, pero no sé si guiarme por las palabras de Lucía o por lo... inusual y curioso que me parece él. ¿Qué hago?


Al día siguiente, justo después de que el señor Quish parte al pueblo, me escabullo hacia el establo no sabiendo exactamente qué esperar. En el camino saludo a algunas personas, pero ellas jamás me devuelven la cortesía. Sé que les dijo que no me hablaran, pero no es para que me ignoren tan groseramente, pienso frunciendo el entrecejo mientras me deslizo por el establo y hacia el cubículo del caballo al que alimenté la pasada tarde. El enorme equino me echa una mirada de quien dice ¿No me tienes otra zanahoria, por casualidad?, pero yo sólo le muestro mis manos vacías y él emite algo similar a un bufido. Sonrío.

     -Lo siento, no tengo zanahorias hoy -le digo suavemente, acariciándole la nariz.

     -Y no las volveré a dejar a tu alcance, Ery -la voz de Lyem me llega desde atrás, muy cerca, y no puedo evitar dar un respingo y girarme a prisa para mirarlo. Me está sonriendo nuevamente como si compartiese una broma consigo mismo de la que no acabo de enterarme-. Hoy cuando vine no fue agradable lo que encontré, este animal no tiene estómago para las zanahorias.

     -Pareció gustarle la que le di ayer -murmuro.

     -No siempre lo que nos gusta es bueno para nosotros -me acaricia el labio inferior con su dedo pulgar en tanto su mirada se oscurece sobre la mía y la distancia entre nosotros se reduce-. Deberías tenerlo en cuenta.

     -Lucía dice que eres una canalla -susurro de pronto no sé por qué motivo. Mi comentario al parecer le hace gracia, y veo bailotear una sonrisa burlona en sus labios rosados.

     -Quizá tenga razón, pero viniendo de una bruja como ella no deberías creértelo todo.

     -Vosotros no os agradáis mucho, ¿o sí?

     -En lo absoluto -se endereza y me tiende una mano-. Has venido a ayudarme, ¿no es así?

     Vacilo por un momento, preguntándome a qué instinto hacer caso: al que me dice que dé media vuelta y regrese a la casa o el que me insta a continuar y salir a cabalgar con Lyem. En mi indecisión un muchacho rubio y con granos en el rostro, delgado y larguirucho encuentra su momento para acercársenos y lanzarme una mirada preocupada al volverse a Lyem.

     -No deberías estar hablando con ella -farfulla para que no lo escuche, pero el chillido nervioso de la voz lo traiciona. Lyem pone los ojos en blanco.

     -No molestes, Stuart, la chica no te va a comer. Además, ignorar a alguien como ella es todo un trabajo, y no trabajo sin paga. Tú, por otro lado, te quedarás callado y ambos sabemos por qué -Stuart abre los ojos de par en par y boquea buscando las palabras, pero Lyem lo ignora-. Ahora, si nos disculpas, vamos a ver que los malditos caballos no se mueran de flojera.

     Me coge de la mano y aprieta con fuerza cuando nos lleva a paso largo al final del establo, donde un par de caballos -negro y marrón claro- esperan atados a un poste. No sé la verdad cómo serán las cosas por aquí, pero incluso para una inexperta total como yo Lyem ha sido algo brusco; después de todo Stuart tiene razón: son sus órdenes. Aunque no niego que me alegre mucho que las ignore tan limpiamente.

     -¿A qué te referías cuando dijiste que ignorar a alguien como yo es todo un trabajo? -Pregunto de pronto viendo, fascinada, cómo Lyem prepara las sillas de montar, las riendas, cepilla a los caballos y les da alguna golosina (una zanahoria pequeña) para entretenerlos y que se estén quietos. Él se detiene y me mira deslizando una sonrisa enorme e intrigante.

     -Alguien con tu belleza, Ery, y con tu inocencia.

     Vuelvo a sentir la cara ardiendo cuando él se me acerca y pregunta tranquilamente:

     -¿Has cabalgado alguna vez? -Otra vez esa sonrisa de broma privada. ¿Qué estará pensando? Niego con la cabeza suavemente, él me valora como intentando decidir qué hacer- Vale, entonces tendré que enseñarte. Tomemos a Laila, es más dócil y no tratará de tirarte si haces algo mal.

     -¿Laila? ¿Es un caballo hembra?

     Él se echa a reír con toda gracia y el sonido me hace ruborizar de nuevo. ¿Qué habré dicho?

     -Sí, Ery, es un caballo hembra, pero a ésas se las llama yeguas -replica aún sonriendo. ¿Y yo cómo iba a saber?

     Lyem me ayuda a montar en Laila, la yegua negra, toma las riendas y camina junto a ella dirigiéndola hacia abajo por los prados, detrás de una zona poblada de enormes árboles que ocultan la vista de la mansión; supongo que él estará rehuyendo la mirada atenta de Lucía. Nos internamos más y más hasta que el terreno no permite que Lyem y Laila caminen uno junto al otro, es entonces que él me mira y me coloca una mano en el muslo.

     -Voy a correrte hacia atrás para montar delante de ti, ¿de acuerdo? -No espera a que le responda cuando se para junto al flanco derecho de Laila, me coge por las caderas y me arrastra hacia atrás. Luego, en cuestión de segundos, está sentado delante de mí-. Deberías sujetarte bien para que no vayas a caer -me dice, y yo hago caso ya que estamos bastante lejos del suelo para mi gusto. Rodeo su cintura con mi brazos y me sujeto fuerte, una de mis manos roza sin querer la pretina de sus pantalones y yo me apresuro a disculparme.

     -Tranquila -corta mis balbuceos-, no ha pasado nada malo.

     -Lo siento -murmuro nuevamente escondiendo la cabeza en su espalda. ¡Uf, qué torpe!

     Andamos en silencio por un abovedado camino rodeado de árboles que cada vez se hacen más siniestros, más grandes y más grotescos. En un momento dado la piel se me pone de gallina en los brazos y pego un brinco cuando Lyem me soba con su mano; va muy callado y ya no me parece que esto sea una buena idea. Justo estoy por abrir la boca para pedirle que regresemos cuando ingresamos en algo como un enorme, extenso y precioso claro con cualquier cantidad de flores de todos los colores, un pequeño arroyo de aguas claras pasando por debajo y una gigantesca piedra gris anclada a un lado. Lyem conduce a Laila al centro del claro y luego baja de la montura.

     -Bien, me parece que lo mejor es comenzar lentamente y paso por paso. Súbete el vestido hasta los muslos y córrete tan adelante como puedas sin salir de la silla -ordena sin sonreír. Yo me pongo roja hasta la raíz del pelo y lo miro fijamente con ojos como platos. Venga, no es necesario que lleve mucho tiempo en esto del mundo social para saber que lo que me pide es una indecencia. Aún no veo a qué se refería Lucía con algo más físico, pero me parece entender por dónde va.

     -No me voy a subir el vestido delante de ti -murmuro con una voz demasiado chillona hasta para mi oídos.

     Y ahí está, su sonrisa burlonamente triunfal se apodera de sus labios y, de hecho, de todo su rostro. No creí que un ser humano pudiese sonreír tan ampliamente.

     -Ery, por favor. Hasta el vértice de los muslos no tienes nada que no tenga yo también. Sólo te miraría las piernas y luego, si quieres que estemos a mano, puedo quitarme los pantalones para que me veas tú a mí -me pone una mano en la rodilla y aprieta con suavidad. Trago sonoramente.

     -¿No preferirías subirte las piernas de los pantalones en lugar de bajártelos completamente? -inquiero en un susurro.

     Lyem se echa a reír con toda gracia y, quizá para evitar que nos pasemos el día entero aquí, me sube él el vestido pero no me coge por las caderas para moverme como la última vez, no. Se me queda mirando fijamente, tratando de calcular sus movimientos y midiendo mis reacciones -que no pasan del completo asombro y la vergüenza-, previo a desviar la vista hacia mis piernas descubiertas y deslizar sus largo dedos fríos por mi piel y haciendo me se me ponga la carne de gallina. Estudio atentamente su expresión y me parece ver que algo le incomoda o le tortura, tiene el entrecejo ligeramente fruncido, se muerde suavemente el labio inferior y la respiración se le vuelve superficial. ¿Estará recordando algo que le produzca miedo o ansiedad? Pobre, me gustaría poder hacer algo para animarlo.

     -¿Estás bien? -Inquiero suavemente, con ternura, y alargo la mano para acariciarle el cabello. Lyem pega un salto y es como arrancado de su trance. Me mira, me sonríe y ahora sí me empuja hacia la parte delantera de la silla de montar. Él monta detrás de mí pasando sus manos por cada lado de mi cintura.

     -Bien. Lo primero es agarrar las riendas con firmeza -cierra sus dedos en torno a los míos que sujetan las riendas de Laila-. Vale, ahora ambos pies sobre los estribos, mantén la postura erguida de un modo que te resulte cómodo  y cuando quieras avanzar sólo debes golpear suavemente el vientre de Laila.

     -¿Golpearla? -Me remuevo inquieta- No creo que a ella le gustara que hiciera eso.

     Él ríe.

     -Ella está entrenada para saber qué hacer cuando siente que la golpean. No seas muy dura porque nos tirará, pero si eres muy suave no se moverá.

     -¿Y entonces?

     -Comienza suavemente y ve imprimiéndole más fuerza en la medida que veas que no reacciona. Llegará un punto en que darás con la técnica justa y entonces podremos comenzar -murmura en mi oído, pegando su pecho ancho de mi espalda y anclando ambas manos en mis caderas.

     ¿Por qué me da la impresión de que no estamos hablando de lo mismo? ¿Él sigue refiriéndose a lo de hacer avanzar a Laila?

     -¿Por qué mejor no lo haces tú y yo te observo? -Sugiero, quizá apretando con demasiada fuerza las riendas de tan nerviosa que me siento. ¿Y si Laila decide que se está aburriendo y nos tira? Lucía se enteraría en ese caso, y no sólo Lyem tendría problemas.

     -Estoy de acuerdo con que la observación ayuda a la superación, pero es la práctica quien moldea al maestro, Ery. No te voy a dejar sola, sólo déjate llevar.

     Trago saliva. Quiero discutir esto y exponer mis miedos pero no quiero parecer cobarde, así que respiro hondo, me acomodo y asiento lentamente. Siento a Lyem acomodando la postura a mis espaldas y asegurándose a mi cintura, cosa que me hace poner más nerviosa ya que si él cae -y por ser más grande y pesado que yo- me va a arrastrar consigo.

     -Otra cosa -murmura antes de que pueda siquiera pensar en moverme, y siento su nariz entrometida entre mi cabello-, todo lo que sientas se lo transmites a Laila, de modo que si estás terriblemente nerviosa e insegura vas a hacerla sentir del mismo modo, se hartará de tanta negatividad y si sólo nos tira habremos corrido con suerte. Relájate, preciosa, estoy contigo.

     Mi corazón salta desbocado tras su última frase, y ahora sí que no sé cómo le haré para tranquilizarme y evitar la ansiedad. Es decir, estoy sobre una yegua enorme y robusta que es más masculina que femenina, detrás y completamente pegado a mí tengo a Lyem que no para de acariciarme el vientre, la cintura  y las caderas, y para completar, por si no fuera suficiente con lo que tengo, me parece que va a llover. ¡Fantástico! Pero me sacudo tanto pesimismo de encima y opto por concentrarme en Laila. Golpeo sus flancos con mis talones y gradualmente voy imprimiendo más fuerza hasta que, finalmente, ella avanza con paso tranquilo por el enorme prado verde. ¡Guau, la hice mover! Estoy tan contenta con mi logro que casi olvido a Lyem a mis espaldas, así que estoy a poco de caerme de la montura cuando vuelve a murmurarme al oído.

     -Lo haces bien -dice-. No era tan difícil, ¿cierto?

     -Tal vez no -me encojo de hombros.

     -Claro. Para hacer detener a Laila sólo hala de la rienda con firmeza.

     -¿Y ya?

     -¿Esperabas una combinación de palmas y órdenes verbales? -No sé muy bien cómo, pero sé a ciencia cierta que se está mofando de mí. Lo hace tan seguido que creo que mi cerebro ya ha registrado todo al respecto, y eso que sólo nos hemos visto unas tres veces y hablado dos.

     -Pues no lo sé -admito sonrojándome-. Sé cómo se encienden los autos, pero no cómo se hace marchar a un caballo. Me parece que están algo desactualizados por aquí.

     -Oh, disculpe usted, duquesa de la gran ciudad, nosotros los humildes campesinos no necesitamos de sus sofisticadas máquinas para hacer nuestro trabajo -se burla. Casi siento su sonrisa contra mi cuello-. Ery, voy a besarte el cuello y los hombros -dice de pronto, serio.

     Trago ruidosamente.

     -¿Por qué? -Alcanzo a preguntar. ¿Por qué le gusta tanto tocarme? Ni que nuestras pieles se sintiesen distinto.

     -Porque una cualidad importante que debe tener todo jinete es la de poder concentrarse en su camino y en su fiel acompañante de cuatro patas sin importar las distracciones que puedan surgir de alrededor. Más concretamente, me parece que si eres capaz de ignorarme y enfocarte en Laila serás muy buena.

     -¿Tú crees?

     -Lo tengo por seguro -murmura deslizando sus labios por mi nuca y haciendo que se me erice el vello. Mira que esto se siente bien...

     -Vale -accedo. Después de todo él es el experto en esto, si se tratara de un Ford entonces sería yo quien le enseñara a conducir. Como siempre dice Harper: vida nueva, reglas nuevas.

     Vuelvo a presionar los flancos de Laila para hacerla ir un poco más deprisa, y cual si se tratara de un buen y confiable auto, ella responde a la orden enseguida y comienza a trotar suavemente. Yo, en tanto, tengo que pellizcarme la palma de la mano continuamente para no olvidar qué exactamente estoy haciendo ya que Lyem es muy bueno en eso de intentar distraerme. Sus labios se deslizan suavemente sobre mi cuello y los hombros, cada uno por turnos, también me mordisquea las orejas y me hace hormiguear la piel de las piernas por donde pasan sus manos fuertes. Tengo la tentación de cerrar los ojos y recostarme de su pecho para relajar mi mente sobrecargada y para permitirle a él envolverme en sus brazos. Me parece algo irracional el comportamiento de mi cuerpo y me siento tan completamente desconcertada, algo intranquila pero sobre todo espantada, que quiero hacer detener a Laila para bajar e imponer algo de distancia entre Lyem y yo, ya que no creo que tanta distracción vaya a terminar en algo bueno. Sin embargo, tengo el cerebro tan entumecido y la mente hecha un desastre que no logro recordar cómo exactamente tenía que hacer para detener a la yegua, lo único que pienso es que debo golpearle el vientre con los talones y eso hago. Laila relincha con fuerza y sale disparada hacia adelante, bordeando el arroyo y dirigiéndose sin cabida a dudas hacia la enorme roca anclada en el pasto.
   
     Demonios, nos vamos a estrellar, lo sé. Quedaremos más planos que una hoja de papel y todo por culpa de Lyem y sus estúpidas ideas. ¡¿Cómo se le ocurre querer convertirme en una campeona de equitación si jamás en mi vida me había subido a un caballo?! Eso debió dejarlo para la tercera o cuarta lección.

     -Ery, para, vas a matarnos -masculla Lyem en mi oído, ahora no tan sereno y juguetón como antes.

     Yo también quiero que Laila se detenga, pienso irritada, pero no sé cómo hacerlo y eso es gracias a ti. Frunzo los labios tratando con ganas de recordar qué fue lo que me dijo mientras explicaba lo básico sobre cómo montar.

     -¡Joder, Lucero, detente! -Exclama ya con el miedo evidente en su voz.

     -¿Cómo lo hago? -Chillo desesperada a mi vez.

     -¡Las riendas!

     -¿Qué con ellas?

     -¡HALA DE LAS RIENDAS!

     Coge mis manos cerradas herméticamente en torno a las riendas y hala con fuerza para detener a Laila. Ella responde pero no con agrado al súbito cambio de acción, al parecer, y tan pronto frenamos a unos metros de la gigantesca roca, ella se alza en las patas traseras y nos tira de improviso al suelo para luego dirigirse al arroyo y quedarse allí. Escucho nuestras respiraciones agitadas, la mía comenzando a acelerarse con creciente pánico o alivio, no estoy segura, y luego veo a Lyem incorporándose a mi lado: tiene los ojos verdes y llamativos abiertos de par en par y la tez ligeramente pálida.

     -¿Estás bien? -Voltea a mirarme y yo también me incorporo, esperando a que se me pase el susto y que mi cuerpo me avise de algún problema.

     Asiento suavemente, demasiado impresionada aún como para hablar. Él suelta un suspiro ruidoso y se pellizca el puente de la nariz con dos dedos.

     -¿Qué demonios pasa contigo? -Me pregunta luego de unos minutos de silencio, clavándome sus ojos de forma acusadora.

     -¿A qué te refieres? -Salto indignada.

     -¿Por qué rayos no halaste de la maldita rienda? ¿Querías matarnos?

     -¿Me estás echando la culpa de lo que pasó? ¡Fue gracias a ti que casi acabamos de cara a la piedra! -Grito, ofendida, disgustada y molesta. ¡Qué agallas las suyas!

     Lyem me mira fijamente y pronto relaja la expresión, siendo ahora la sorpresa la que se refleja en su rostro ya más sonrosado; sea por mi arrebato o por algo más, lo ignoro. Aunque estoy más que segura que es por algo más, ya que este muchacho no sigue las órdenes del mundo lógico... ni siquiera las del natural. Lentamente esboza una sonrisa y se acerca a mí de modo que nuestras caras están a centímetros de distancia, y a mí se me ha pasado el enojo porque me sorprende lo rápido que cambia de ánimo.

     -No pudiste ignorarme, ¿cierto? -Inquiere deslizando su pulgar por mi labio inferior. No puedo despegar mis ojos de los suyo, y no quiero abrir la boca ya que tal vez eso significaría interrumpir la agradable caricia. Niego con la cabeza, sintiéndome tonta por no haber pasado el desafío-¿Sabes algo? -Continúa, ahora descansando una mano en mi regazo junto al vientre- De haber sido la situación del revés, yo tampoco hubiese podido ignorarte. Y no sé si eso me gusta o me disgusta.

     -¿Por qué te disgustaría? -Farfullo torpemente.

     Pero él no me responde, ni parece tener intenciones de hacerlo. Se retira un poco y me contempla el rostro con ojos pasivos, calmados. Luego -y es algo que jamás en esta vida hubiese esperado ni de alguien tan extraño como él- con ambas manos me sostiene los pechos y presiona ligeramente, lo que hace que una corriente eléctrica me recorra la columna por completo. Lo contemplo con los ojos y la boca abierta, sin poder creer lo que está haciendo, pero él no luce alterado como yo. Ni de cerca.

     -El tamaño está perfecto -murmura quedamente para sí observándose las manos.

     -Suéltame -pido tímidamente. Esto no está bien. Ya no se trata de lo que podrían pensar Lucía o Harper, me parece que a nadie le parecería bien lo que está haciendo Lyem, y francamente a mí tampoco me gusta... o eso creo. Quizá no debería gustarme.

     -¿Te desagrada que te toque? -Me mira intensamente mientras con los pulgares comienza a masajear y moldear mi busto al antojo de sus caprichosas manos. No sonríe con los labios, pero sí me parece que lo hace con los ojos.

     Me pienso su pregunta por un momento. ¿Me desagrada que me toque? ¿Me duele cuando me toca? ¿Qué siento cuando nuestras pieles entran en contacto? Bueno, en realidad no sé cómo se llama lo que siento, pero no es desagradable en absoluto. Es raro, y aún no sé si me gusta, pero es seguro que no me disgusta.

     -Te voy a besar, Ery -llama de pronto.

     -Creí que habías dicho que debíamos trabajar en mi forma de besar -replico. Lyem sonríe con ganas.

     -Sí, lo dije, y también te dije que la práctica es quien moldea al maestro, Ery.

     Y antes de que pueda discutirle de forma alguna, él ya ha deslizado sus dedos entre mi cabello y me mantiene firmemente sujeta para impedir que me mueva mientras sus labios se posan sobre los míos y su lengua intenta invadir mi boca nuevamente, sólo que esta vez yo ya sé más o menos qué esperar, y es por ello que no me aparto.

miércoles, 23 de enero de 2013

Supernova 2

Capítulo 2


Verde, azul, prados y hermosos paisajes son lo que se ve por la ventanilla de mi vagón del tren. Soledad, silencio, aburrimiento y tristeza es lo que vivo dentro de mi vagón del tren. Escucho cómo los otros niños ríen, juegan, se entretienen entre sí en un intento de no pensar demasiado que los han separado de sus familias quién sabe hasta cuando, o si será para siempre. Yo no tengo familia, más allá de Harper, así que lo que a mí me deprime es no poder estar con los otros pasajeros del tren, ser una marginada rara aquí, teniendo que responder con o no a las múltiples preguntas del soldado a cargo de vigilarme. ¿Quiere comer? ¿Quiere beber? ¿Quiere dormir? ¿Quiere que los haga callar? Ha sido una tortura.

     Gracias a Dios llegamos pronto a una de las paradas y el ferrocarril se detiene. Ésta es mi parada. Entre soldado y uno de los sirvientes bajan mis tres valijas hasta la pequeña plataforma de madera. Pareciera que el lugar está a mitad de la absoluta nada, y no me pasa por alto cómo los pasajeros del tren se amontonan en las ventanas para observarnos; de pronto, por alguna razón que no entiendo, me siento como un fenómeno de feria y sólo quiero que nos vengan a recoger para largarnos.
     Un coche llega, nos montamos en él y nos vamos. Bastante rato después nos detenemos frente a una casa ridículamente inmensa... no, más que eso, y allí reunidos, en la puerta, hay una veintena de mujeres con uniformes grises, tres hombres también uniformados y un anciano que, me parece, es el amigo de Harper.

     -Tú debes ser Lucero -dice el viejo tomándome la mano y estrechándola. Enseguida me da la impresión de ser uno de esos estirados que Harper siempre me dice que logran sacarlo de sus casillas, y eso me hace preguntar entonces cómo llegaron a ser amigos.

     -Sí, señor -contesto suavemente.

     Él me dedica una mirada escrutadora, asiente hacia dos mujeres y ellas se apresuran a coger mi equipaje e internarlo en la enorme mansión. Luego una tercera mujer, la que parece estar a cargo de las demás, me hace una seña con la cabeza pidiendo que la siga. El hombre aún no se ha presentado conmigo, vaya grosero, pienso, pero sigo a la mujer dentro de la casa y escaleras arriba hacia un extenso corredor.

     -Bienvenida, pequeña. Mi nombre es Lucía, soy el ama de llaves de la mansión y jefa del personal. Me encargaré de que tu estadía con nosotros sea lo más agradable posible, si me necesitas sólo debes llamar.

     Frunzo los labios en una mueca.

     -Quisiera salir a recorrer los terrenos, si no es molestia -le digo yo demostrando mi impaciencia por ser libre.

     -Claro, tan pronto el señor Quish salga al pueblo a realizar sus acostumbrados deberes como jefe del banco.

     -Me parece que el señor Quish no está muy contento con que haya venido. Me figuro que si aceptó es por su amistad con Harper.

    -Al señor no le agrada el ruido, ni las visitas, y la verdad es que creo que siente que tú serás precisamente la combinación de esas dos cosas. Yo no lo creo, francamente, pero deberemos tener paciencia y tratar de comportarnos al menos en su presencia -me lanza un guiño confidencial por encima del hombro al detenerse ante una puerta de madera y meter la llave en la cerradura. La verdad es que esta mujer me gusta de inmediato, y me maravilla indescriptiblemente cómo de fácil es relacionarse con ella. Eso me hace preguntar, no obstante, si las personas son o no accesibles dependiendo de su carácter, porque si es así el señor Quish y yo quizá no lleguemos a mucho; ha de recordarse que jamás he tenido que involucrarme con nadie ya que Harper se ha encargado de impedírmelo, pero eso es algo que espero cambiar aquí.

     La habitación por la que nos abrimos paso es grande, muy grande. Tiene una gran cama, un gran armario, un gran espejo, una gran cómoda, una gran ventana, un gran baño y una gran vista, pero es totalmente blanca. Blanco en las paredes, en la ropa de cama, en las cortinas, en el techo y el suelo, en el baño, en todo... Y podría resultar abrumador pero acaba siendo interesante cómo tanto blanco logra que los colores que se ven por las ventanas parezcan más vibrantes.

      Miro a un lado y mis maletas ya están aquí, y me pregunto frunciendo el entrecejo si eran tan rosas cuando Harper me las regaló. Lucía se mueve en mi campo de visión y eso me obliga a mirarla, ella me sonríe de una forma que me hace querer sonreírle también, y de hecho lo hago.

    -El señor Quish nos ha dado claras y contundentes órdenes de no mantener conversaciones contigo y no cruzarnos en tu camino a no ser que sea estrictamente necesario. La verdad es que me parece una tontería y una crueldad, pero él es el jefe y debemos obedecerlo. -El estómago me da un vuelco y de pronto me pesa. Sí, ya sabía yo que era demasiado bueno que Lucía hubiese compartido conmigo más de seis palabras como para que las cosas duraran mucho- Sin embargo -continúa en plan confidencial, haciéndome mirarla a esos suaves ojos cafés-, mientras seamos discretas pienso que no tenemos por qué obedecerle.

     Esboza una sonrisa enorme y yo la imito, sintiéndome por primera vez en mi vida aceptada y relativamente normal. Luego sale de la habitación y me deja sola para que me aclimate, pero tanto blanco no acaba de gustarme. Quizá el señor Quisquilloso no encuentre malo que yo decore un poco la habitación con óleos y cuadros y esas cosas.

     A las dos y cuarto de la tarde regresa Lucía con una bandeja de pequeños pastelillos dulces para mí y una taza con té caliente. Mi estómago enseguida agradece su consideración, y tomando en cuenta que el señor Quisquilloso no está, se queda conmigo mientras como y sorprendentemente me permite hacer preguntas que, más sorprendente aún, responde sin lucir irritada por mi curiosidad. Cuando he acabado de comer ella me hace un recorrido por la mansión y sus rincones, diciéndome qué es cada cosa, adónde puedo ir y adónde no, dándome los horarios para la cena, el desayuno y la comida, explicándome el protocolo de vestimenta y las costumbres del amo del lugar, diciéndome que tenga cuidado de no mostrarme muy alegre en su presencia y a cada palabra suya siento que el sr. Quisquilloso necesita una esposa. Harper insiste en que una mujer es la cura para los males que agobian a cualquier hombre.

     Salimos de la mansión y damos unas vueltas por los terrenos de la finca. Vemos los establos y los cientos de caballos que albergan, vamos al granero; vemos vacas, becerros, ovejas  perros, puercos... Animales de toda clase. Lucía me explica que puedo venir aquí siempre que quiera, pero que no debo incordiar ni molestar a los trabajadores y, sobre todo, no debo ensuciarme ni pensar en realizar alguna de las labores propias de una granja ya que al sr. Quisquilloso eso le molestaría terriblemente. ¿Qué no le molestaría al sr. Quisquilloso? Luego se va, diciéndome que debo volver antes de que oscurezca y que no me aleje demasiado de la propiedad. No hay mucho alrededor del lugar, de hecho, pero no quiero perderme en mi primer día y darle al enojón jefe de Lucía una excusa para poderme encerrar en mi habitación como hace Harper.

     Entonces decido ponerme a pasear por ahí, básicamente deshaciendo el camino hacia los establos. No imagino para qué quiere don Aburrido tantos caballos, debe haber unos veinte, ya que imagino que él no los monta desde hace muchas décadas atrás. En un cubo cerca de un caballo metido en su pequeño cubículo encuentro unas zanahorias grandes y anaranjadas, jamás había visto zanahorias así de enormes, y, al parecer, el caballo frente a ellas tampoco. Las mira con un aire de codicia y ansiedad tan intenso que siento una punzadita de compasión, tomo una zanahoria y se la acerco; después de todo esta criatura me recuerda un poco a mí yendo en el tren: muy cerca de lo que ansío pero encerrada y sin posibilidad de alcanzarlo. Él muerde un gran trozo y comienza a masticarlo como agradeciéndome, casi lo veo sonreír. Y, claro, yo también le sonrío.

     -De nada -le susurro.

     -Quizá él te lo agradezca, pero yo voy a tener que limpiar más por la mañana -giro la cabeza a la derecha rápidamente tras dar un leve respingo, y ahí, parado a unos metros, hay un muchacho observándome con la cabeza ladeada y una mueca disgustada en los labios, pero los ojos brillantes y divertidos. Miro mi mano ahora vacía y al caballo que pareciese decirme No le prestes atención, es un gruñón.

   -Lo lamento. No sabía que tenía un horario para comer -me disculpo rápida y torpemente, sorprendiéndome de lo caliente que siento la cara y de que, de pronto, quiero desviar la vista.

     -Todos tenemos un horario para comer -me replica con voz impasible, aburrida-, incluso tú. Debes ser la... protegida del general Harper. Se nos ha dicho que no hablemos contigo.

     Alzo la vista y lo miro. Ahora me recorre de arriba abajo valorándome, como intentando ver qué tengo de especial como para que don Aburrido me acogiera en su casa. Debe ser toda una sorpresa para la servidumbre de la granja, pienso mirándolo. Y repentinamente, ignorando el porqué, no quiero que este muchacho obedezca la orden de su jefe, luce interesante y quisiera conocerlo un poco más. No debe ser mayor que yo por muchos años.

     -¿No hablarás conmigo? -Pregunto tímidamente, sintiendo que el rostro de nuevo me quema. Él se encoge de hombros.

     -No me pagan lo suficiente por ignorarte, pero si me metes en problemas más te vale no volver por aquí.

     Pese a su amenaza, sonrío abiertamente muerta de alegría. ¡Por fin voy a tener un amigo! O conocido, al menos. Pero con poder hablar con alguien libremente me contento. Él abre los ojos considerablemente y me observa fijo hasta que un leve color rosadito le invade las mejillas.

     -Qué sonrisa tan bonita tienes -me dice como intentando restarle importancia-. Por aquí las dentaduras no pasan del amarillo pus y no es muy agradable cuando te sonríen -se acerca hasta nosotros (el caballo y yo) y me tiende la mano. Descubro que es bastante más alto que yo-. Soy Lyem.

     -Me llamo Lucero, pero Harper me dice Ery -contesto.

     Lyem esboza una sonrisa burlona y otra vez ladea la cabeza, esta vez apartando al caballo por la cara y apoyándose de la pequeña puerta.

     -¿Y cómo quieres que te llame?

     -Me gustaría Ery -digo luego de pensármelo por un minuto.

     -A mi también. Es lindo, corto y sencillo. -Me coge de la barbilla con tres dedos y me la levanta para estudiarme el rostro más atentamente; no sé por qué aguanto la respiración mientras él prosigue con su examen, y cuando se da por satisfecho fija sus ojos verde oscuro en los míos y me recorre la mejilla y el cuello con las yemas de sus dedos. El corazón se me desboca, éste es más contacto del que hubiera tenido con nadie en toda mi vida.

     Intento retroceder sintiendo que todo esto es muy abrumador, tengo que ir con calma en este mundo nuevo de las relaciones personales con otros, pero Lyem no permite que me aparte cuando me sostiene de la nuca con firmeza. Sus ojos brillan de un modo que no alcanzo a leer, y no es que yo sepa leer ojos, pero por alguna razón me inquieta. Se inclina lentamente luego de largos minutos de silencio y se detiene justo ante mi rostro, cuando ya no soy capaz de distinguir sus facciones claramente de tan cerca que estamos; sin embargo, le veo esbozar una suave sonrisa.

     -Voy a besarte, Ery. Puedes detenerme si quieres -murmura ya contra mis labios.

     ¡Detenerle! ¿Cómo voy a detenerle después de que me ha dicho eso y yo apenas consigo continuar respirando? He visto a jóvenes parejas compartiendo un beso, también he leído acerca de ellos en las novelas románticas que ojeaba a escondidas en casa de Harper, pero jamás, nunca jamás, yo he compartido un beso con nadie. ¿Cómo hacerlo si no podía hablar con el resto de la población en general? Más aún ésta es la primera vez que intercambio más de dos oraciones con alguien distinto de Harper, y más recientemente Lucía, así que ¿cómo se supone debo comportarme?

     Lyem vuelve a sonreírme, esta vez más sutilmente, y apenas puedo inspirar entrecortadamente cuando siento sus labios suaves y tibios sobre los míos. Su boca se mueve de un modo que me da a entender que él sabe lo que hace, probablemente ya haya besado a otras chicas, pero mis alarmas se disparan cuando me mete la lengua en la boca de modo imprevisible, como buscando la mía. Me separo con los ojos abiertos de par en par y la respiración agitada, mirándolo como si tuviese dos cabezas; él, por otro lado, vuelve a lucir su sonrisa burlona y sus ojos brillan.

     -No has besado a muchos hombres a lo largo de tu vida, ¿cierto? -Pregunta con una vocecilla algo pedante.

     ¡Pues por supuesto que no! ¿Cómo se le ocurre, apenas tengo quince años? Niego suavemente con la cabeza, aún impresionada con su intento de agresión. ¿Acaso los  besos de verdad son así? ¿O este muchacho en verdad no sabe nada de nada? Quizá le recomiende algunos libros para que se instruya.

     Lyem avanza el paso que yo interpuse entre nosotros y me coge de la cintura, atrayéndome a su cuerpo con una firmeza de quien sabe exactamente lo que está haciendo. No puedo evitar mirarlo como a la criatura más extraña, quizá peligrosa pero sin duda fascinante de todas. No es que yo sepa mucho del reino animal, tampoco... pero él es especial, no lo dudo.

     -Eres muy hermosa, Ery, ¿cómo es que ningún hombre ha intentado besarte antes? -Él no sonríe, pero yo siento que se está riendo de mí a un nivel que sólo alguien socialmente experimentado puede entender. Así que yo no lo hago.

     -Harper no dejaba que nadie se me acercara ni siquiera para charlar -repongo encogiéndome de hombros.

     -¿Nunca? -Inquiere, y yo siento cómo su voz se vuelve más ronca y cómo sus brazos me aprisionan más fuerte.

     -Nunca.

    -Entiendo -murmura distraidamente, mirándome.

     Y de repente me suelta. No se aparta ni deja de mirarme, continúa con sus profundos ojos verdes clavados en los míos y ya no siento necesario que me toque para que el mundo se reduzca a nosotros dos y ya. ¿Es normal eso? Con Lucía no lo sentí así, aunque puede deberse al hecho de que ella... No sé. La verdad es que soy una antisocial por obligación y no sé qué pensar.

     -El señor Quish parte al pueblo luego del mediodía todos los días, y no regresa hasta las seis. ¿Por qué no te paseas por aquí mañana y te enseño a cabalgar? -murmura con suavidad al tiempo que desliza los dedos por mis mejillas y se inclina más hacia mí.

     -¿No se enfadará Lucía? -Pregunto a mi vez.

     Él bufa y pone los ojos en blanco.

     -Esa arpía sabe que los caballos deben ejercitarse para estar saludables, y me importa un bledo si se molesta porque me ayudes -calla por un momento-. Sin embargo, te llevaré a un lugar desde el que no se nos vea fácilmente. ¿Vienes?

     ¿Arpía? Lucía a mi no me dio esa impresión, me parece que es una buena persona y fue muy amable conmigo. ¿Con él se comportará diferente, será estricta? ¿Tendrá razones para serlo?

     -De acuerdo -logro musitar aún sintiéndome algo... intimidada, quizá. Lyem vuelve a sonreír, se inclina sobre mi y esta vez sólo me estampa un beso en los labios, sin intentar invadir mi boca como antes; eso, no obstante, no impide que el corazón vuelva a redoblarme el ritmo.

     -Tenemos que trabajar en tu forma de besar, Ery. Me parece que sólo necesitas unas lecciones y a un buen maestro -murmura en mi oreja, rozándome el cartílago con los labios. Luego se endereza cuan alto es, coge la cubeta con las enormes zanahorias y se va del establo siguiendo el camino que utilizó para venir sin mirar ni una vez atrás.

   Miro al caballo a mi lado, que me observa a su vez con interés.

     -¿Todas las personas son así de... intensas o sólo es él?

lunes, 21 de enero de 2013

Supernova 1

Capítulo 1


Miro por la ventana el nublado, frío y gris día que hace. Nada fuera de lo común en Londres, pienso aburrida. Las enormes nubes abovedan el cielo como si quisiesen custodiar una valiosa reliquia y de ese modo impidieran la entrada de forasteros. Bajo mi cuerpo el asiento vibra. Eso es porque el coche lleva encendido unos veinte minutos y el general Harper no acaba de subirse para podernos ir.

     Finalmente. Se despide del funcionario que ha de quedarse a cuidarle la propiedad, se sienta en la parte trasera del vehículo conmigo y me dedica una sonrisa antes de indicarle al chofer que puede avanzar. Él parece más entusiasmado que yo. Cualquiera, de hecho, parecería más entusiasmado que yo. Aunque no vale afirmar que yo sea muy risueña, en verdad. No, más bien soy curiosa, preguntona y en algunas ocasiones fastidiosa, pero eso es porque a veces yo también me fastidio. Me fastidio de estar sola.

     No es que el general suela encerrarme en mi habitación. No. Eso ya lo hago yo porque prefiero mi habitación a una enorme casona donde nadie me dirige la palabra, donde nadie me mira a la cara, donde nadie está interesado en intercambiar conmigo ni dos palabras. Y para agravar mi ya deprimente situación, resulta que me van a enviar en tren a no sé donde, lugar que acaba siendo la enorme granja de un amigo de Harper en la cual, no me cabe duda, tampoco nadie me hablará.

     Suspiro.

     No es que sea la única a la que envían al campo, los otros niños de Londres, todos, tienen la orden expresa de ser dirigidos a un lugar más seguro en un intento de protegerlos de los aviones bombarderos que constantemente hacen volar edificaciones, comercios e incluso a las personas. Han instalado alarmas antiaéreas por todas partes, pero no tienen un cien por ciento de efectividad. Todo eso, claro, porque allá en Alemania hay un loco que de pronto decidió que quiere gobernarlo todo, y al parecer lo está consiguiendo.

     -¿A qué parte de Inglaterra me vas a mandar? 

     Me giro y le pregunto, aunque me lo ha dicho varias veces, pero esta vez tengo otra pregunta para hacerle tan pronto reciba respuesta. Harper me observa con sus ojos azules y esboza una sonrisa enorme.

     -A Devon. Te gustará el lugar. Hay prados enormes, muchos animales de granja, un lago cerca de la casa de mi amigo...

     -¿Y yo podré salir de la casa? Digo, ¿pasear por el prado y por el lago?

     Abro los ojos con sorpresa y me pregunto cómo será eso de gozar de un poco de libertad, poder quedarme fuera y hacer lo que yo quiera, tumbarme en el césped y mirar el cielo... En fin, no estar encerrada entre cuatro paredes como ha sido siempre con Harper, que parece tener un imperioso deseo de mantenerme enjaulada todo el tiempo.

     -Por supuesto que sí -dice tranquilamente, pero luego como que la expresión le cambia y ahora está serio-. Pero no quiero que hables con extraños ni con la servidumbre, ¿entiendes?

     Suspiro, giro la cara hacia la ventana de mi derecha y pongo los ojos en blanco. Ya lo sabía yo. Sabía que no me dejaría intentar entablar amistad con nadie, y la verdad es que ya comienza a fastidiarme. ¿Qué tengo de malo como para que no considere seguro dejarme hablar con nadie? ¿Por qué nunca me presenta a sus compañeros del ejército, nunca me lleva a los bailes y jamás me deja recibir los paquetes que llegan a casa? ¿Qué problema tiene con que tenga, al menos, un conocido?

     -Promételo, Ery -insiste.

     No me doy por aludida. Quizá si hago silencio y me finjo sordera pueda evitar prometerle algo que, espero, no lograré cumplir después. Pero Harper, implacable, me coloca una mano en el hombro.

    -De acuerdo, lo prometo -acabo suspirando.

     Llegamos a la estación del ferrocarril. Hay muchos niños de todos los tamaños y edades, muchas mujeres llorosas despidiéndolos y muchos oficiales intentando hacer entrar a todos los menores. No puedo evitar detenerme por completo y observarlos como si fuesen de otro mundo. Van vestidos muy humildemente, algunos acarreando pequeños bolsos que se cuelgan al hombro, pero lo que a mí más me sorprende es la cantidad de ellos que hay.

     ¿Tantos niños y jamás tuve un solo amigo? Harper ha logrado su cometido.

     Dándose cuenta de que no lo sigo, se regresa, me coge de la mano y seguimos a un par de oficiales que nos abren camino hasta un vagón del ferrocarril cercano al final. Allí están mis tres maletas. Harper sube conmigo al vagó y, en lugar de mirar la tapicería de los muebles, las cortinas en las ventanas o tan siquiera el techo o el suelo, lo que hace es dirigirse a una de las puertas que conecta este vagón con el de al lado y hala de la manilla. La puerta no se abre. Luego camina rápidamente hasta la puerta del otro lado, intenta abrirla pero nada. Yo sé lo que hace, está comprobando que nadie sale ni entra en mi vagón. Incluso cuando nos vamos a dejar de ver se asegura de mantenerme tan aislada del resto de los chicos como sea posible.

     Suspiro derrotada, y él me voltea a ver.

     -Tranquila, nuestra separación no durará mucho. Lo prometo -mira la hora en su reloj dorado de bolsillo, ese del que nunca se separa-. El tren está por partir.

     Y en efecto, se hace escuchar el silbato y, una tras otras, las diferentes puertas del ferrocarril cerrándose. Harper me mira y es como si no supiera exactamente qué gesto es el apropiado para la despedida que estamos desarrollando; yo tengo muy claro que probablemente no nos volvamos a ver nunca ya que él tiene que pelear contra el alemán loco, y es por eso que tomo la iniciativa y le doy un fuerte abrazo. Yo tampoco soy buena con el trato personal, y todo es culpa suya.

     -Cuídate -me dice al separarnos-. Y recuerda que...

     -No debo hablar con extraños -completo-. Me lo has repetido cientos de veces.

     -Lo sé, es que... -aprieta los labios y al final decide no completar su respuesta. ¿Es que qué?- Nada, sólo no te metas en problemas.

     Da media vuelta y baja del vagón, las puertas se cierran con un golpe seco y nuevamente estoy sola y encerrada, aunque esta vez con la posibilidad de redimirme en Devon. Cuando tomo asiento y miro por la ventanilla de la puerta de la izquierda me doy cuenta que el vagón de junto está completamente abarrotado mientras yo tengo espacio más que de sobra; lamentablemente es probable que Harper diera instrucciones de no permitir que nadie se me acerque, y tengo por seguro que, hasta que llegue a Devon, van a cumplir las órdenes.