sábado, 2 de marzo de 2013

Supernova 8

Capítulo 8


Lo miro de hito en hito, estupefacta. Debe ser una broma. Sí, eso es. Me repito una y otra vez, pese a los temblores que recorren mi columna, que aquello es una broma pesada y francamente nada graciosa de Lyem. No puede en serio creer que le dejaré pegarme. No puede querer pegarme en serio.

     -¿Y bien? Estoy esperando -murmura con voz aparentemente tranquila.

     Sigo sin moverme. Me pica mucho la cabeza y los brazos y cada célula de mi cuerpo me grita a voces que corra y chille tan fuerte como pueda, que salga de allí y acuse a Lyem con Harper o con el señor Quish; también, al fondo de mi cerebro, hay una voz que no para de llamarme estúpida por no haber regresado a la casa con Christopher.

     Oh. El corazón me da un vuelco cuando pienso en él.

     -¿Qué te ocurre, por qué estás tan enojado? -Me atrevo a tartamudear con algo de torpeza.

    -Te dejé muy en claro que soy el único hombre en este condado que puede tocarte, besarte o acariciarte. ¡Vi cuando tú y ese maldito embaucador se besaban! No lucías especialmente disgustada por ello, Lucero.

     ¿Embaucador? ¿Y con qué propiedad Lyem se refiere a Christopher con ese apelativo?

     -Lo siento mucho, de veras. Yo... no quería incumplirte, es sólo que... 

     Estoy al borde de la histeria, la desesperación y las lágrimas. Tengo mucho miedo ahora. No creo que él fuera capaz en serio de golpearme y menos con ese cinturón tan tosco, pero entonces yo no sé nada de Lyem, le conozco hace muy pocos días e ignoro si es un fanático loco del alemán y sus prácticas despiadadas.

     -Sí, ya lo sé -suspira de mala gana-. Es que él es deslumbrante, es que él es carismático, es que él es maravilloso, es que él... Me vale un maldito cuerno lo que tú pienses de él, Lucero. Te doy para escoger lo que quieres hacer a continuación: bien le pides que te folle hasta que desfallezcas o te pones en posición y te azoto diez veces. Escoge.

     -No entiendo eso de follar, Lyem...

     -Maldita sea contigo, Lucero. ¡Follar es que él coja su pene, te lo meta por el sexo y te embista una y otra vez hasta que lleguen al orgasmo! -espeta.

    Me tapo la boca con una mano y le observo horrorizada. Eso suena muy doloroso, sin mencionar humillante y barbárico.

     -No le pediré que me haga eso.

     -Bien, entonces te subes el vestido ya.

     Lágrimas corren por mi rostro.

     -Por favor -suplico entre el llanto. ¿Llanto por miedo a los golpes, por miedo a perderlo a él o a qué?-. No lo volveré a hacer. Seré cuidadosa y no... y no...

     -Sé que no lo volverás a hacer, Lucero. De eso me voy a encargar yo.

     Retrocedo hasta tocar la pared de madera con la espalda. Mis ojos recorren frenéticamente todo el lugar en busca de una vía de escape alternativa. No la hay. Lyem, con el cinturón en las manos, bloquea con su cuerpo la única entrada, y por cómo brillan sus ojos es evidente que no me dejará salir. De un momento a otro suelta el cinturón y yo albergo la esperanza de que esto no pase a mayores, esperanza que muere cuando él se acerca, me empuja y me somete no sin algo de dificultad sobre el suelo de tierra comprimida. Chillo, pataleo, me retuerzo y casi me ahogo cuando él desliza un rollo de cuero en mi boca, casi hasta mi garganta, de modo que mis gritos son absorbidos antes de siquiera salir. Luego une mis manos por detrás de mi espalda y las sujeta con unas riendas que tiene ocasión de alcanzar. También  ata mis pies, y lo siguiente que sé es que las faldas de mi vestido me cubren los hombros y he sido despojada de mis bragas. 

     No puedo ver lo que Lyem hace, sólo escucho sus pasos moviéndose por aquí, retirando o arrastrando este y aquel objeto, y luego me levanta las caderas y desliza algo como una gran piedra lisa debajo de mí, de modo que mi trasero se alza por sobre mi cabeza. Regresa con paso tranquilo a mi campo de visión y recoge el cinturón que había dejado caer. Palidezco. Me retuerzo con más ímpetu y las lágrimas pican detrás de mis ojos antes de iniciar la carrera por mi rostro. Si es por cosas como esta que Harper jamás dejó que conociera a nadie...

     La siento. La mordedura del cuero contra la carne de mi trasero. Un ardor terrible se esparce por mi cuerpo y hace que mi columna sufra espasmos. La acometida repentina me ha sorprendido lo suficiente como para que mi amortiguado llanto pare unos segundos.

     -Uno -masculla él, y enseguida el cinturón flagela de nuevo mi piel, aunque en esta ocasión un poco por debajo de la marca anterior-. Dos.

     Así continúa el suplicio, él contando cada golpe y yo intentando liberarme y sintiéndome desolada y abandonada a mi suerte. Para cuando llega al siete en su cuenta, yo ya he dejado de batallar y me limito a dar un respingo con cada nuevo azote, aunque sin dimitir mi llanto. Finalmente cuenta diez, pero ese lo recibo directamente de su palma abierta, no del cinturón. Luego siento que soy bajada de la piedra lisa y desamarrada en las piernas. Estoy demasiado agotada y humillada como para intentar patalear nuevamente y resistirme a sus manos cogiendo mis piernas y separándolas sobre el suelo de tierra; me quedo tranquila mientras lo hace, y aún no me muevo cuando se me echa encima y con sucesivos movimientos rápidos golpea mi trasero con su pelvis. Tiene algo duro dentro del pantalón que pareciera intentar inmiscuirse entre mis nalgas.

     -No he sido muy rudo contigo porque tu piel está desacostumbrada a este tipo de trato, pero la siguiente vez no habrá compasión -murmura jadeando en mi oído, como si estuviera cansado. Desliza una mano bajo mi cuerpo y me coge un pecho; lo aprieta, lo moldea, lo masajea. Cierro los ojos y me entrego a este contacto casi amable después de ser tan cruelmente maltratada-. Y no te follo aquí mismo porque no quiero estar lidiando con tu sangre después.

     El color me huye del rostro. ¿Sangrar? Es obvio ahora para mí que jamás follaré con nadie.

     Imprevisiblemente su mano está en mi sexo y uno de sus dedos se abre paso entre la carne hasta el nódulo sensible; allí comienza a masajearlo, a estimularlo como si fuera uno de mis pezones, y sorpresivamente esa parte de mi anatomía responde también irguiéndose, y es entonces que las terminaciones nerviosas se ponen alerta. Siento que escalo, cada vez más; más alto, más cerca del borde. Intento cerrar las piernas pero Lyem  lo impide sujetándome con las suyas. Mis caderas se separan del suelo con tal determinación que casi lo levanto a él también, y comienzan una lenta y tortuosa danza en círculos cada vez más frenéticos y agarrotados... Hasta que estallo, gritando, convulsionando, pero no se escucha más que mi respiración trabajosa. Él se levanta y me acuesta sobre mi espalda; tengo los ojos cerrados, no veo lo que hace, pero sí siento cuando vuelve a tenderse sobre mí. La dureza extraña dentro de su pantalón otra vez me golpea y empuja por la entrepierna, volviendo a estimular el nódulo y haciéndome temblar bajo el peso de su cuerpo.

     -Espero que hayas aprendido la lección, porque no me molestará volvértela a enseñar.

     Se levanta y me arrastra con él. Desata mis manos, me quita la bola de cuero de la boca y me acomoda el vestido aunque no me devuelve mis bragas.

     Doy media vuelta y salgo del cuartico sin pronunciar palabra y sin atreverme a mirarlo a la cara antes de marcharme. Recorro los establos en silencio, consciente de que los caballos me observan y, de seguro, se preguntan qué habré hecho para recibir semejante paliza... o a qué habré apelado para que Lyem fuera tan suave conmigo, según sus propias palabras. ¿De verdad me lo merecía? ¿Haber besado a Christopher fue una transgresión tan grave como para merecer ser atada y azotada en el suelo de un armario para el equipo de los caballos?

     Salgo a pradera abierta, al mismo lugar donde horas antes estaba tan feliz y pacífica en compañía de un hombre tan fascinante y cautivador como el hijo del dueño de la casa. Ya es de noche, los grillos cantan, y no me atrevo siquiera a alzar la cabeza con la esperanza de encontrarme alguna estrella brillando alta en el cielo; así de humillada y ultrajada me siento. O por lo menos eso supongo que siento. ¿Es eso? ¿O me estaré equivocando de nuevo? 

     Las lágrimas no han parado de correr por mi rostro, y de vez en cuando las acompaña una sorbida de nariz, pero ningún lamento, ningún resople. ¿Por orgullo? ¿Por vergüenza? Lo más probable es que sea por tristeza, pero aún no sé a qué. Advierto una sombra acercándose desde el caminillo de grava que conduce a la casona y sólo puedo cruzar los dedos y esperar que no sean Lucía ni Harper.

     No. Es Christopher.

     Va vestido muy sencillo con una camisa blanca ligeramente abierta en los botones superiores, un pantalón negro y sus botas de cuero de la tarde. Lleva el precioso cabello mojado, lo que me dice que se ha bañado hace poco, y por alguna razón ese pensamiento logra que me calme un poco. Él me ve y se acerca, pero no es sino hasta que estamos cara a cara que se percata de mis lágrimas.

    -¿Qué ocurre, pequeña? -su voz es dulce y suave, un arrullo, mientras sus pulgares enjuagan mis lágrimas- Una preciosura como tú no debería llorar jamás.

     Y en ello acabo de quebrarme. Retiro sus manos y escondo mi rostro húmedo en su pecho mientras me aferro a él con fuerza, sintiendo y casi saboreando los espasmos de mi llanto silencioso. En un segundo él me envuelve también y, de hecho, me alza en brazos y comienza a andar de seguro hacia la casa. No alzo la cabeza ni cuando Lucía lo detiene para interrogarlo sobre mí; él se la quita de encima pidiéndole que no haga preguntas y luego subimos las escaleras hacia mi habitación. Christopher me deposita con cuidado en mi cama y luego se sienta a mi lado; hago una mueca de dolor cuando mi trasero escocido entra en contacto con el colchón.

     Lloro y lloro. No parece que las lágrimas y los espasmos estén cerca de detenerse, y cuando parece que así será, todo vuelve con más fuerza. Finalmente, cuando siento que han pasado horas y horas desde que entramos aquí, paro. Me incorporo limpiándome el rostro con el dorso de la mano de una forma poco femenina, y me sorprendo cuando veo a Christopher aún sentado en la cama. ¿Ha permanecido aquí todo el rato?

     -¿Estás mejor? -murmura. Se acerca más a mí, se tiende de costado a mi lado y me acaricia el rostro.

     Asiento.

      -Lo lamento -farfullo débilmente.

     -¿Por qué, hermosa? Llorar no es pecado, pero sí me duele ver una carita tan linda surcada de lágrimas tan amargas. ¿Qué ha pasado?

     ¡Díselo!, sisea una furiosa voz en mi cabeza. Díselo y que ese bastardo de Lyem pague por lo que ha hecho. No la escucho, pienso que estoy demasiado sensible como para decidir hacer nada, porque si soplo que Lyem me golpeó... Bueno, no sé qué hacer. Christopher sigue esperando mi respuesta, sus sinceramente preocupados ojos escudriñando mi cara, y entonces hago una pregunta en lugar de responder.

     -¿Es normal que los amigos se peguen entre sí?

     Él frunce el ceño como si no acabara de entender lo que quiero decirle.

     -Pues... sí. Es común, sobre todo entre los hombres. Un golpe en juego, quizá un codazo o meter la zancadilla. ¿Por qué preguntas?

     -¿Y si uno de los amigos está molesto con el otro, también es normal que se golpeen?

     -En ese caso sí es malo, es algo más serio. ¿Por qué me preguntas esto, Lucero? ¿Qué pasa? -De pronto abre mucho los ojos, tanto que pienso que se le pueden salir de las cuencas. Se alza sobre su codo y me mira fija e intensamente con el entrecejo fruncido- ¿Alguien te ha golpeado, es eso?

viernes, 1 de marzo de 2013

Supernova 7

Capítulo 7


Sus ojos inspeccionan furtivamente mi rostro sin que Harper se dé cuenta. Me regala una sonrisa hermosa, inmensa, sincera, y mi corazón se derrite. Es muy apuesto, demasiado apuesto. No puedo creer que sea hijo del señor Quish.

     Christopher.

     Tiene el cabello ondulado y de un cremoso color chocolate claro. Su piel es como el caramelo más suave y aterciopelado, sin imperfecciones visibles. Sus encantadores ojos azules parecen destellar cada vez que sonríe, y esos dientes blancos que exhibe más a menudo de lo que nunca antes he visto hacer a alguien, son perfectos. Los pantalones y la chaqueta entallan los músculos firmes del torso, la espalda, las piernas y los brazos; es alto, casi más alto que Harper, pero presenta un aspecto apacible y tranquilo. Sé que me gusta desde el instante en que cruzamos miradas. También sé que mis mejillas seguro están coloradas.

     Christopher me tiende una mano ancha y fuerte como saludo. Al tomarla descubro que también es cálida y su apretón es firme.

     -Mi padre me ha hablado de lo mucho que el general Harper le ha hablado de ti -vuelve a sonreír y se me acerca más. Escucho el rechinar de dientes de mi tutor e intento no poner los ojos en blanco. No podría, de todos modos, atrapada como estoy en esos ojos azules-. Es un placer conocerte por fin, Lucero -deposita un beso en el dorso de mi mano.

     Asiento, porque no sé qué podría decir. Eso hace que los lugares donde Lyem me pellizcó por no responder verbalmente a sus preguntas, palpiten.

     -Bien. Tengo que irme a trabajar, el banco no se dirige solo -murmura el señor Quisquilloso con un aburrimiento evidente en su voz. Se vuelve a Harper y le dice-: Estás retrasado para tu reunión. Deberías irte.

     Él no le responde. Sigue con la vista fija en nosotros... más concretamente en mi mano aún enlazada con la de Christopher, que no me ha soltado ignoro por qué. Luego, casi por obligación, se vuelve a su amigo y asiente reticentemente.

     -Tienes razón -masculla.

     -Puedo llevarte -le dice el señor Quish.

     Harper se vuelve a mí.

    -¿Quisieras venir, Lucero? -me sorprende preguntando. Él jamás ha permitido que sus soldados me conozcan, jamás me había presentado a ninguno de sus iguales en el ejército, ¿y ahora quiere que lo acompañe a una reunión?

     Es Christopher. No me quiere dejar con él.

    ¿Por qué se comporta así? ¿Por qué no quiere dejarme habitar el mundo junto con el resto de la humanidad? He estado con Lyem desde hace unos días y no me ha pasado nada; con eso puedo demostrar que soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma. Esta vez sí pongo los ojos en blanco, aunque creo que sólo Christopher lo nota, y lentamente niego.

     -No. Preferiría volver a la granja, si eso está bien.

    -Me parece buena idea -salta el señor Quish antes de que Harper pueda decir cualquier cosa-. Christopher podría ir contigo y asegurarse que no te metes en problemas -añade para tranquilidad de su amigo, o eso supone él.

     -Por supuesto, cuidaré de ella -asiente Christopher con calma, dándome un ligero apretón en los dedos.

     Beso a Harper en la mejilla y arrastro a mi nueva compañía hacia el auto tan rápido como puedo para impedir cualquier tipo de queja. Antes de que me dé cuenta y pueda acabar de suspirar en paz, estamos dentro del auto ya camino a la finca. Veo cómo las escasas edificaciones del pueblo van paulatinamente convirtiéndose en praderas extensas, breves bosques y cabañas rudimentarias con animales de cría esparcidos por el frente. Pequeños niños juegan sentados en la tierra con unas canicas, mientras otros corren y se persiguen mutuamente. Esbozo una sonrisa triste. Si Harper no me limitara tanto quizá yo podría estar con ellos, pese a ser bastante mayor. Pero luego pienso en Lyem, en su cabello rubio tostado, en sus inquietantes y burlones ojos verde oscuro, en sus manos y sus labios por todo mi cuerpo, y el recuerdo de lo acontecido la noche anterior hace que me ruborice hasta la raíz del pelo y me remueva un poco en mi asiento. Justo ahora no me molestaría repetirlo; es más, me gustaría hacerlo. Me gustaría probar las otras cosas que él tiene pensadas para mí.

     -Harper te sobreprotege un poco, ¿no?

     Su voz ronca y suave me sobresalta; había olvidado que Christopher seguía allí conmigo. Volteo a verlo. Su rostro es muy apuesto, con una mandíbula cuadrada  fuerte que armoniza perfectamente con el resto de sus facciones. El cabello rizado despide brillos dorados cuando la luz del sol se posa en él. Es muy, muy hermoso, y yo me siento algo sobrecogida por estar aquí con él. ¿Podría albergar la casi absurda esperanza de que él también acabara convirtiéndose en mi amigo?

     -No tienes ni idea -murmuro, y él sonríe.

    Nos apeamos del vehículo a la entrada de la casa y escuchamos cuando el chofer se lo lleva para aparcarlo no sé en dónde. Lucía sale a recibirnos, su expresión coronada con una fulgurante sonrisa al ver a mi acompañante. Lo abraza calurosamente, y sospecho que tal bienvenida aprovecha la ausencia del amo de la casa.

     -¡Qué bueno es verte de regreso! -Le dice ella con una sonrisa radiante- Has de estar muriéndote de hambre. Haré preparar enseguida todos los platillos que te gustan, estarán en el comedor en media hora.

     -Vaya, así que es por tu culpa que mi padre dice que soy un niño consentido -le sonríe él de vuelta-. Me encantaría, Lu, gracias. Pero preferiría comer en los prados, ya sabes, con esa preciosa manta a cuadros que me regalaste una vez.

     Le guiña un ojo, y Lucía suelta una risita algo tonta antes de retirarse y perderse en el interior de la casa. Christopher entonces se gira y me mira.

     -Me gustaría que me acompañases, Lucero. De ese modo nos podríamos conocer mejor ya que siento curiosidad por ti.

     Y yo por ti, quiero decirle, pero me abstengo. Asiento, feliz de poder responder sin necesitar de las palabras  y que él no parezca enojado por ello o me pellizque. Me ofrece su brazo, el cual tomo y le sigo a los prados de la propiedad, inmediatamente ante los establos de los caballos. Allí ya están Lucía, con una cesta de frutas en la mano, y una manta a cuadros rojos y violetas extendida en el suelo. Mi acompañante vuelve a sonreírle de ese modo tan arrebatador y ella vuelve a ruborizarse antes de retirarse. Entonces él me invita a tomar asiento en la manta con un gesto y enseguida lo tengo al lado, revisando y esparciendo el contenido de la cesta. Quesos, uvas, manzanas y trozos de otras frutas; galletas, mantequilla, mermelada, chocolate y un poco de jugo de uva en una botella.

     -¿Sabes? Lucía me enseñó que la combinación de uvas y chocolate es deliciosa -parte un trozo de chocolate y me lo tiende, luego coge una uva y se la mete en la boca.

     También me como el chocolate, pero en lugar de masticarlo me estiro por el racimo de uvas. Christopher detiene mi mano y me besa tan pronto alzo el mentón para mirarlo. Bueno, en realidad no me besa, no como lo hace Lyem; más bien utiliza la lengua para abrirme la boca y deslizar la uva dentro. Se separa y, aún conmocionada y sorprendida, mastico el contenido de mi boca; cuando los jugos de la uva y mi saliva achocolatada se mezclan descubro que él tenía razón. Sabe bien.

     -¿Te gustó?

     -Bastante.

     -Bien -él sonríe.

     Al poco regresa Lucía con una sirvienta baja y regordeta que tampoco pierde la oportunidad de lanzarle miradas furtivas a mi acompañante y ruborizarse; ambas vienen cargadas con más platillos que sustituyen los quesos y las frutas. Luego se retiran y nosotros volvemos a estar solos.

     Christopher es muy conversador. Muy carismático. Eso me gusta mucho en él. Me habla de su vida en Irlanda, de cómo son las cosas en Nueva York, el tipo de gente que hay y las curiosas costumbres que tienen. Menciona las cosas que le gusta hacer, que prefiere la tranquilidad del campo al alboroto de la gran ciudad, y me relata algunas vivencias de su paso por el extranjero. Escucharlo resulta encantador, tiene una voz baja y tranquila que me agrada oír. Es relajante. Después me hace preguntas sobre mi vida en general, ahondando en los pequeños detalles que llaman más su atención. Cuando veo que la conversación no tiene futuro -no he hecho ni la millonésima parte de lo que él sí-, vuelvo a centrar la atención en sus historias y así, poco a poco pero de forma entretenida, el sol desciende en el horizonte y cae sobre nosotros. Christopher no ha vuelto a repetir lo de la uva ni a tocarme más que las mejillas en ocasiones y el cabello con un gesto distraído.

     -Has sido una compañía excelente, Lucero. Me encantaría volver a hacer esto contigo -dice al ponerse en pie y tenderme una mano para ayudarme-. Pero claro, tendría que ser cuando Harper no esté por los alrededores; sospecho que no le agrada que me acerque a ti.

     -No le agrada que nadie se acerque a mí -mascullo más alto de lo que pretendía.

     -Eso lo puedo entender -se acerca y coge mi rostro entre sus manos, acariciando mi piel con los pulgares, y perforándome con sus increíbles ojos. Se siente muy bien su tacto-. Eres una chica hermosa y allá fuera hay muchos granujas que intentarían sin dudarlo aprovecharse de ti. Es genial que tengas quien te defienda.

     Me lo pienso un poco. ¿Harper me defiende? Quizá sí impide que el peligro me alcance, pero también frustra cualquier cosa buena que pudiera sucederme. Es un poco excesivo, la verdad.

     -Quizá tengas razón.

     -Es probable que así sea. No vayas a tomármelo como presunción, pero suelo estar en lo correcto.

     Sonríe, aunque no con despreocupada afabilidad como hasta ahora lo ha hecho. Sus ojos, me parece, esconden algo, un secreto del que quizá quiero enterarme, pero no acabo de estar segura. Que me mire así hace que el corazón me lata con rapidez, y con fascinado desconcierto me descubro mirando fijamente sus labios llenos, claros, suaves... Christopher desciende sobre mí y nos besamos. Sí, nos, porque yo le respondo tan pronto su lengua roza la mía y sus labios inician su danza contra los míos. Me sorprende que mis movimientos de respuesta sean tan naturales, tan ligeros; definitivamente Lyem, con sus repentinas acometidas, me ha enseñado bien.

     Me gusta besar a Christopher. Lo descubro casi al instante.

     Él es muy dulce, muy suave. No tiene prisas, no me agrede, sólo me acaricia. Alzo las manos para deslizar mis dedos por su sedoso cabello castaño, por su rostro, por sus hombros. Él rodea mi cintura y me acerca más a su cuerpo, sus labios presionan con más urgencia pero el contacto sigue siendo etéreo, casi mágico. Me derrito. Él ha conseguido desarmarme por completo. No quiero que se separe jamás de mí, podría pasar mi vida entera unida a él de este modo... pero nos apartamos al escuchar los pasos de Lucía y alguien más por el caminillo de piedra.

     -A mí también me gustó besarte -susurra en mi oído, esbozando una pequeña sonrisa torcida-. También esto  podemos repetirlo, si gustas.

     No tengo tiempo para responder cuando Lucía y la misma sirvienta de hacía rato llegan y se disponen a recoger nuestro picnic. Luego ambas seguidas por Christopher regresan a la casona, y yo decido quedarme un rato con la esperanza de poder atisbar al menos una estrella antes de que Harper me obligue a regresar; su reunión ha tardado más de lo que yo pensaba, seguro está desesperado por volver conmigo y asegurarse que estoy viva. Exagerado.

     -Vaya. ¿Qué haces aquí, Lucero? ¿Don encantador no te invitó a acompañarlo en su cama?

     Me giro hacia los establos y allí está Lyem. Luce enfadado, muy enfadado, también serio y más enfadado todavía. Se acerca con paso tranquilo hasta donde estoy. Abro la boca para decirle algo, cualquier cosa, sintiéndome ahora avergonzada por haber besado a Christopher cuando le prometí a él que no permitiría que nadie me tocara, dándome cuenta que ya van dos promesas que incumplo. Pero recibo una fuerte bofetada que me hace soltar un jadeo en lugar de la justificación que estaba por dar. Las lágrimas me saltan al rostro y temblando de miedo lo miro. Él también tiembla, pero de rabia.

     -¿Besa bien? -Sisea. Se acerca un paso- ¿Te gusta cómo te besa? Podrías irlo a buscar y pedirle que te folle si te has quedado con ganas de más.

     ¿Follar? ¿Y eso qué es?

     -Lyem...

     De nuevo me abofetea, en la misma mejilla.

     -Quizá deba enseñarte por qué cuando te digo que nadie debe tocarte, es prudente que hagas caso. -Me toma del brazo con rudeza, justo por encima del codo, y me arrastra hasta los silenciosos establos, a un cuartico escondido que no vi ninguna de las veces que estuve ahí. Lyem me hace entrar y luego entra él, cerrando la puerta a su espalda. Enciende el bombillo desnudo que cuelga sobre nosotros y coge un cinturón colgado de un gancho en la pared.

     -Súbete el vestido y bájate las bragas. Creo que te mereces esos azotes que te prometí.

jueves, 28 de febrero de 2013

Supernova 6

Capítulo 6


Miro a Lyem aterrorizada y siento cómo el alma y las fuerzas se me drenan del cuerpo. Las piernas me tiemblan y Lyem debe presionarme contra la pared para impedirme caer. Estoy más asustada de lo que he estado nunca antes.

     -Tienes que enfrentarte a él -me susurra Lyem mientras sus manos trabajan con agilidad para acomodar mi sujetador y posteriormente los botones de mi vestido.

     -¿Y qué le voy a decir, que me tocaste el sexo? -replico de mala gana. Él sonríe con ese gesto burlón y esta vez un poco escalofriante. Me toma el rostro con una mano ruda y me besa con fuerza, casi con furia.

     -Puedes creerme, y pronto te lo voy a demostrar, eso no fue tocar tu sexo. Al menos no como Dios manda.

     -¿De qué hablas?

     -No hay tiempo ahora, te lo enseñaré el jueves. Ahora trata de no parecer culpable y habla con Harper. Inventa cualquier cosa.

     Me pellizca suavemente un pezón aún erguido contra la tela del vestido y se esconde rápidamente tras el barril con carbón  junto al que le encontré. Es hábil, pienso, realmente no se ve nada de él. Respiro unas cuantas veces tratando de serenarme, sabiendo que Harper no sólo jamás aprobaría lo que estaba haciendo, sino que es probable que me meta en un calabozo solitario por el resto de mis días si se entera. Aún así abro la puerta e intento sonreír.

     -¿Me buscabas? -Mi voz estuvo a poco de fallar, pero gracias a Dios puedo mantenerla decentemente firme. Harper me estudia con ojos recelosos e inquisitivos, y mi corazón no puede más que dar un gran vuelco cuando se fija en el frente de mi vestido, en mis mejillas ardientes y en mis manos inquietas. Luego me pasa por el lado y se introduce en el pequeño cuarto, fisgoneando por los rincones.

     -¿Qué hacías aquí? -Pregunta al volverse a mí.

     -Yo... -paseo la vista frenéticamente por toda la estancia, buscando algo que pueda darme una idea, cualquier cosa. Cerca del barril tras el que Lyem yace escondido veo un pequeño cactus en una maceta, y decido que ésa es la idea que necesito. Me acerco y lo cojo- me despedía de mi nuevo amigo.

      Le enseño la planta a Harper, y él se nota que no me cree. Decido entonces usar mi técnica de distracción por excelencia, la que me evitaba tener que rendir cuentas de los libro de romance que conseguía furtivamente.

      -Ya sabes -me encojo de hombros-. Como nadie en esta casa me habla, sospecho que gracias a ti, me vi en la obligación de buscar amigos que no pudieran emitir sonido para justificar el silencio.

     Objetivo conseguido. Harper se sonroja ligeramente y se encoge de hombros como disculpándose. Sé que ahora estoy a salvo. Lyem y yo lo estamos. Y cuando mi tutor me explica, de muy mal humor, que mañana iremos al pueblo a recibir al hijo del señor Quish, yo me alegro de que el peligro finalmente haya pasado. Dejamos el pequeño cuarto y subimos a mi recámara. Harper cierra las ventanas y se asegura que quedan bien selladas antes de despedirse y retirarse.

     Me desvisto con el corazón aún un poco sensible, por lo que doy respingos cada vez que escucho un sonido por más pequeño que sea. Antes de ponerme el camisón que uso para dormir me observo fijamente en el gran espejo de la pared. Mis pezones aún están erguidos, aunque no tan dolorosamente como antes, y en uno de ellos persiste la marquita roja que delata dónde Lyem me mordió juguetonamente. Conocerlo ha sido la cosa más desconcertante e interesante que yo misma pude haber imaginado que me sucedería. Me atemoriza un poco lo que tiene planeado hacer conmigo, pero si resulta tan emocionante como lo de esta noche, lo puedo hacer sin problemas. 

     Me meto en la cama y no tardo en descubrir que mi cuerpo está demasiado despierto y demasiado alerta como para poder relajarse y permitirme conciliar el sueño, de modo que acabo sentada en el banquillo frente al gran ventanal, mirando el cielo nocturno y deseando estar contemplándolo desde las praderas. Una piedrecilla pega en el cristal de pronto, sorprendiéndome y haciéndome ahogar un grito. Me incorporo y veo a Lyem bajo mi ventana, haciéndome señas de que va a subir... ¿Subir? ¿Por dónde?

     Trepando, naturalmente. Es muy bueno en eso, lo hace parecer fácil. Destrabo el seguro de la ventana que con tanto afán Harper intentó bloquear y lo dejo entrar.

     -¿Qué haces? -murmuro cuando está de pie y derecho en mi habitación. Él me aprisiona contra su cuerpo y vuelve a besarme profundo, con fuerza, aunque más amablemente esta vez.

     -Vengo a darte un preparativo -me dice.

     -¿Preparativo?

     -Sí, para la lección del jueves. Además, te dejé con las ganas de correrte gloriosamente, me imagino que tu primera corrida, y vengo a terminar mi trabajo.

     -¿Qué es eso de correrme? -pregunto, y las mejillas me arden como si no debiera estar hablando de esto tan abiertamente. No puedo evitarlo, la curiosidad me consume.

     Lyem me sonríe con todos los dientes; sus ojos verdes brillan de un modo que me hace poner la piel de gallina, y la verdad no sé si eso acaba siendo bueno o malo. Con él nunca sé la diferencia.

     -Quiere decir que llegas al orgasmo, al clímax, al punto culminante. Pero seguro no estás entendiéndome tampoco -repone con displicencia-, así que me parece más provechoso demostrártelo. Sin embargo, Ery, estoy arriesgando no sólo mi empleo y mi pellejo al venir aquí contigo, sino también mis bolas, así que, pase lo que pase y sientas lo que sientas, debes permanecer callada. ¿Entiendes?

     Asiento. Creo que sigo sin comprender el verdadero significado del comentario de sus bolas.

      -Cuando yo te haga una pregunta, tú me respondes verbalmente -pellizca mi mejilla con cierta fuerza hasta que me duele-. ¿Entiendes sí o no, Lucero?

     -Lo entiendo -le digo.

     Sonríe. Toma mi mano, aparta la colcha de la cama y me hace subir hasta el centro, recostada ligeramente de los amplios almohadones. Luego él se sienta delante de mí, sobre sus talones, y me coloca ambas manos sobre mis rodillas flexionadas ante mi pecho. Se inclina sobre mí y vuelve a invadir mi boca con su lengua, sus labios sobre los míos.

     -Esto te va a sonar un poco chocante, pero debes confiar en mí -se separa un poco y me estudia fijamente. Mi habitación está completamente a oscuras, sólo la luz de la luna se filtra por el ventanal y nos sirve de iluminación.  Lyem se ve muy hermoso, con la piel de porcelana ahora iridiscente y el precioso cabello rubio despidiendo destellos plateados. Los ojos también se ven más llamativos e incitantes, y es ahora que entiendo que haré todo cuanto me diga,  no sólo por miedo a perder su posible amistad, y es algo que me resulta desconcertante.

     Estoy por asentir de nuevo, ya que siento la garganta estrecha por la ansiedad, pero me refreno a tiempo y murmuro:

     -Sí, confío en ti.

     Él sonríe y acaricia mi mejilla.

     -Vale. Entonces desvístete.

     Mis mejillas incendiadas vuelven a la vida.

     -Lyem...

    -Lucero, dijiste que confiabas en mí. Además, no querrás que Harper me halle aquí, ¿cierto?, y si se pone a hacer una ronda para asegurarse que duermes y nos descubre...

     -Lo entiendo –aseguro, aunque eso no me hace sentir más valiente. Me incorporo en la cama y deslizo el camisón sobre mi cabeza, quedando únicamente en bragas. Entonces él me sonríe con cierta burla, me hace arrodillar y me desliza las bragas por las piernas hasta sacarlas y dejarlas al borde de la cama. Estoy desnuda, me siento vulnerable y el rostro está por despedirme humo.

     Sus ojos corren ávidamente por mi cuerpo. Sus manos sujetan mis muñecas cuando, en un intento de cubrirme, las cruzo delante del pecho a la par que las piernas ante mi sexo.

     -Nunca te escondas de mí -me reprende suavemente.

     Dejo caer entonces los brazos a cada lado de mi cuerpo, aferrando la colcha con fuerza, y contengo el aliento. Justo como en el comedor a la hora de la cena, desliza sus manos, ambas esta vez, por mis piernas, los muslos, hasta llegar nuevamente casi al tope de la entrepierna aunque en esta ocasión no se detiene. Continúa el ascenso, acariciando en su camino mi sexo y mi vello púbico, siguiendo por mi vientre hasta los pechos, donde pellizca y hala suavemente de los pezones a fin de hacerlos alargarse. Ellos responden enseguida al estímulo de sus largos y calientes dedos y se endurecen casi dolorosamente. Lyem separa mis piernas y se arrodilla entre ellas; su cabello hace cosquillas en mi rostro cuando vuelve a inclinarse sobre mí para acariciarme los pechos con la boca.

      El asedio de su lengua y sus labios es lento, deliberado y tortuoso. Me retuerzo cada vez con mayor ímpetu cuando siento que escalo y escalo y estoy más cerca del borde del precipicio; quizá la caída es lo que Lyem llama orgasmo. Mientras con una mano pellizca, hala y masajea un pecho, con la boca se encarga de torturarme el otro; y luego alterna. Nuevamente observo la caída desde la cima del acantilado, estoy por lanzarme al vacío... y justo él para.

     ¿Por qué maldita razón para? ¿No dijo que venía a terminar el trabajo? ¿O es que el susodicho orgasmo es precisamente la frustración y tensión física que siento ahora?

      Él alza la cabeza y me sonríe maliciosamente, respirando con suavidad. Yo le pongo mala cara.

     -No me mires así -me regaña con sorna-. Te dije que voy a hacer que te corras, y pienso cumplir, pero se me ocurrió que podía enseñarte un par o dos de cosas en el proceso.

      -¿Qué quieres decir con eso?

     No responde. Se retira hacia el final del colchón y antes de que pueda advertirlo me coge las piernas por encima de las rodillas y hala, de modo que ahora estoy acostada. Siento cómo sus dedos juguetean y pellizcan mi piel mientras separan mis piernas más y más. Cuando se detiene me siento expuesta hasta en el alma.

     Me cubro el rostro con las manos para no ser testigo de cómo sus ojos escrutan todo mi cuerpo; estoy sumamente avergonzada y tímida. Harper nunca permitió ni que los doctores me revisaran de aquella forma, sólo las enfermeras podían hacerlo, y era algo tan esporádico que por lo general sólo yo tenía acceso a una visión completa de mi cuerpo. Pero Lyem ha hecho más incluso que las enfermeras.

     Sus dedos regresan a mi sexo; lo exploran, lo palpan, lo acarician, y halan levemente de mi vello púbico hasta que suelto un gemido. Sin necesidad de verlo sé que le he hecho sonreír.

     -Me parece que será más educativo para ti si ves lo que voy a hacer -murmura besando mi oreja y lamiendo el lóbulo. 

     Me da miedo retirar las manos, pero acabo haciéndolo y lo observo fijamente. Lyem está inclinado sobre mi vientre, mirándome, y cuando nota que también le miro baja la cabeza y comienza a regarme el vientre de besos. No sólo de besos, también de lametones y mordisquitos que a cada momento presionan con más fuerza los músculos en mi ingle. Sus manos suben hasta mis pechos, donde se dedican estimular mis pezones cada vez más. Luego, con un vuelco de corazón, siento su boca llegar hasta mi pubis, y su nariz restregándose contra mi vello una y otra vez. Creo que sé lo que va a suceder a continuación, y no estoy segura de que me guste.

     -Voy a besarte aquí, Ery. Puedes detenerme si quieres –murmura, como la primera vez que me besó, en el establo.

     Creencia confirmada. Vergüenza triplicada.

     No me muevo ni un ápice.

     Sus labios hacen presión sobre mi sexo húmedo, y justo allí deposita un beso. Siento la cara ardiendo; justo ahora deseo que se retire y que la tierra me trague y más nunca me escupa, quiero que el alemán loco nos lance una bomba encima justo ahora para detener mi creciente bochorno. Intento cerrar las piernas pero Lyem las sujeta con fuerza. Entonces le tomo del cabello y halo a fin de separar su rostro de mí.

     -La próxima vez que hagas esto -susurra silenciosa y amenazantemente, entrecerrando los ojos y pellizcándome un pecho- te voy a dar unas buenas nalgadas hasta que me duelan las manos. Si vas a halarme del pelo que sea para acercarme a ti, no para apartarme. ¿Fui claro?

     Asiento, y él me echa una ojeada recelosa antes de volver a hundir el rostro entre mis piernas. Me sorprende que esta vez no me obligara a responderle en voz alta; quizá sabe que estoy tan sobrecogida y abrumada que no sería capaz de hablar.

      Deposita otro beso en mi sexo, y esta vez siento con un estremecimiento general cómo su lengua se abre camino entre mi carne húmeda y caliente mientras la lame como si fuera una piruleta. La mueve en círculos, arriba y abajo, derecha e izquierda, y luego una combinación de todo. Ésta es una forma más veloz de escalar el acantilado desde el que, espero, esta vez sí pueda tirarme al vacío. Sus labios también hacen parte de su acometida y de vez en cuando los dientes, mordiendo suavemente ese nodulito mío al inicio de mi sexo que parece haber resurgido con miles y miles de terminaciones nerviosas extremadamente sensibles. Mi espalda se arquea nuevamente y mis dedos se aferran con fuerza al cabello rubio de Lyem, en esta ocasión para no permitirle dejarme colgada otra vez. Sus manos suben y masajean mis pechos y pezones mientras su prodigiosa lengua continúa su quehacer. Gimo con fuerza y me arqueo aún más, siento las piernas tensas a cada lado del cuerpo de Lyem.

     -Oh, Dios -murmuro con los dientes apretados, sintiéndome a punto de estallar.

     -Shh. No hables, preciosa -advierte contra mi cuerpo, pero no para con lo que hace, al menos.

     Me aferro fuertemente de la fina sábana que viste la colcha de mi cama. Sé que la liberación que necesita mi cuerpo de toda esta tensión muscular está cerca, y me agrade o no cómo se vaya a sentir me es indiferente. Sólo quiero liberarme.

       -Si supieras lo bien que sabes, Lucero. 

     Sus palabras me empujan más alto todavía, mucho más de lo que yo pensaba era la cima del acantilado. Quizá incluso faltara poco. Sí, ya estoy muy cerca del borde.

     -¡Lyem! -Sollozo, aferrando su cabello con más fuerza.

     -Calla.

     -¡Por favor!

     -Cállate, Lucero.

     Exploto. Con un grito fuerte. Relajándome completamente al tiempo que los músculos de mi ingle sufren espasmos y convulsiones deliciosas, casi como las réplicas de un terremoto. Lyem se acerca y me cubre la boca con una mano. Abro los ojos fuertemente cerrados y le miro. Está enfadado conmigo, muy, muy enfadado. Escuchamos unos pasos veloces por el suelo del corredor camino a mi habitación, y ambos entramos en pánico.

    -Joder, Lucero. Te dije que te callaras -masculla, cogiendo mi camisón y deslizándomelo por la cabeza. Luego me cubre con el cobertor blanco, se guarda mis bragas en el bolsillo de los pantalones y se desliza a toda prisa bajo mi cama. 

     Aún estoy muy aturdida por lo que acaba de pasar, por su naturaleza y velocidad, por lo que es capaz de hacer y sentir mi cuerpo y de lo que yo no estaba siquiera enterada; definitivamente haré lo de los jueves con Lyem, si es que aún quiere proseguir con lo enfadado que está. Me muerdo el labio. Harper entra en mi habitación con una expresión de alarma. Su rostro pasa primero por la ventana cerrada y luego llega a mí, acalorada, jadeante y de seguro muy ruborizada. Se acerca un paso tentativo.

     -¿Estás bien, Ery? 

     Agradezco enormemente que no se siente en la cama y que mi habitación siga a oscuras, aunque bastante iluminada; no creo que pudiera enfrentarme a él en caso contrario.

      -Sí, lo siento. Tuve una pesadilla -farfullo rápidamente. Él escruta mi rostro y luego inspecciona la habitación; yo sólo espero que no se le ocurra buscar nada bajo la cama.

      -¿Quieres que te mande a traer algo? No sé, leche, agua, jugo...

     -No, gracias. Estaré bien. Sólo he de aguardar a que se me pase la impresión y volveré a dormir. Lamento haberte despertado.

     -No te preocupes. Me alivia que estés bien.

     Me estudia por unos segundos más; luego asiente y se va. Pero no acabo de ni suspirar algo aliviada cuando Lyem se arrastra nuevamente sobre la cama y me mira con gesto duro.

     -Tú, Lucero, vas a ser la causa de mi muerte, te lo juro -No respondo y él suspira-. Por lo general me encanta escucharte gritar cuando hago que te vengas, me produce una sensación hedonista francamente inigualable, pero en esta ocasión hubiese preferido que te callaras. Ahora será mejor que regrese a mi cama por si a Harper se le ocurre hacer que alguien revise que todos estemos donde se supone debamos estar a estas horas.

     -¿Te irás? -Pregunto con un nudo en la garganta y sintiendo picor en los ojos.

   Su expresión se suaviza. Se arrastra a mi lado sobre el cobertor y me abraza dulcemente, besando mi cabello y mi frente.

     -Sí, pero sabes que esto apenas comienza, así que tú tranquila. Me ha gustado mucho tu reacción. ¿Qué te pareció esta pequeña demostración de mis habilidades?

     -Ha sido increíble sin dudas -suspiro, volviendo mi rostro y escondiéndolo en su cuello. De pronto me siento algo irritada-. ¿Debemos esperar hasta el jueves para las demás lecciones, no puede ser ahora?

     -No. No puede ser ahora. Eso te sacas por andar de gritona. Ahora me voy antes de meterme en serios, serios apuros, pero antes quiero que entiendas una cosa -me retira el cobertor de encima, levanta mi camisón hasta la cintura y coge mi sexo en su mano, apretándolo y abarcándolo. Me estremezco. Aún estoy algo sensible-. Esto es mío. Soy el primer hombre en tocarlo, no tengo dudas de ello, y mientras permanezcas en esta granja seré el único en hacerlo. No debes permitir que alguien más te ponga las manos encima, Ery, sobre todo aquí ni en los pechos. ¿Entiendes?

     Asiento, y me pellizca el muslo con fuerza. Hago una mueca de dolor. ¿Así que ahora sí debo hablar?

-Entiendo -aseguro. Lyem se inclina y besa mi ingle, luego me besa en los labios y se descuelga por la ventana, asegurándose, no sé cómo, de cerrar la ventana para que yo no tenga que levantarme a hacerlo.

     Luego de un rato, después que se ha ido, los párpados me pesan y todo mi cuerpo se relaja de un modo en el que nunca antes lo hizo. Ahora lo único que tengo en mente es dormir profundo hasta mañana. Antes de sumirme en la inconsciencia pienso en que no creo que después de haber experimentado algo así pueda esperar hasta el jueves para lo siguiente que Lyem tenga pensado, así falten sólo dos días. También se me ocurre que él jamás me devolvió mis bragas luego de guardárselas antes de que Harper irrumpiera, pero ya estoy dormida cuando el pensamiento llega a mi cabeza.

lunes, 11 de febrero de 2013

Supernova 5

Capítulo 5


Una sonrisa en mis labios. El pánico floreciendo en mi estómago. Una expresión neutral en mi rostro y mi cabeza gritando "¡Nooooooooooooo!". Todo mientras veo, junto a la servidumbre de la casa, cómo Harper baja del Ford negro aparcado en la entrada y me sonríe tan pronto nuestras miradas se cruzan. Y yo sólo pienso en una cosa: Lyem. ¿Cómo haré para verlo? ¿Qué pensará él de que Harper esté aquí? ¿Cuánto tiempo, además, piensa mi tutor pasar con nosotros? ¿Qué hago?

     Olvidarme de Lyem mientras Harper esté en casa, me respondo al instante con el estómago convertido en un pesado bloque de concreto. Intento no parecer demasiado ansiosa pese a que la lengua me da vueltas en la boca, y por algún estúpido motivo más allá de mí, quiero decirle a Harper que por fin, quizá, tengo un amigo. Ni se te ocurra, me reprendo.

     -Hola, Ery.

     Harper luce una tensa sonrisa en su rostro demasiado preocupado, y sé que ha venido a asegurarse de que me mantienen en aislamiento solitario y que sólo el señor Quisquilloso tiene contacto conmigo. Me pregunto cuántos de sus soldados estarán girando sus pulgares justo cuando más se los necesita en el frente, todo porque Harper no confía en mí...

     -Eres un paranoico -pongo los ojos en blanco, pero sonrío para aligerar la tensión. Él me responde con un encogimiento de hombros en disculpa.

     -Pasaba por aquí -se defiende.

     -Sí, claro.

     Como el señor Quisquilloso no está, Harper me hace darle un extenso recorrido por la casa, por lo que he visto de ella, hasta que llegamos a mi blanca habitación donde inspecciona la ventana -sé que tratando de comprobar que no puedo intentar escaparme por allí- y luego se sienta en la cama pidiéndome que le hable de mi estadía. Sé que sus preguntas, en apariencia fortuitas y sólo interesadas en su justa medida, están en realidad encaminadas a determinar con quién hablo, qué hago, dónde lo hago y si mantengo la promesa que le hice de que no hablaría con nadie... Y me siento un poco culpable. Sin embargo, intento disimularlo durante la aburrida tarde en la biblioteca de la casa y la más aburrida cena con el señor de la casa.

     Nuevamente estamos todos sentados a la enorme mesa con todos los lugares ocupados; como ahora se ha añadido mi tutor al ya gran número de comensales, ha sido necesario reubicar los puestos, de modo que Lyem ha acabado sentado a mi izquierda. Tengo a Harper enfrente, al señor Quisquilloso a la derecha y a mi casi nuevo amigo a la izquierda, y no sé cómo sentirme. ¿Feliz? ¿Ansiosa? ¿Nerviosa? ¿Culpable? Bueno, cuando menos debería tratar de evitar exteriorizar las últimas dos.

    Harper y su amigo se dedican a charlar tranquila y animadamente sobre armas, guerras, batallones, estrategias y cosas que en realidad no interesan, o por lo menos no a mí. Estoy más al pendiente -ignoro el porqué- de mantener la cabeza gacha y evitar mirar cualquier otra cosa distinta de mi plato, especialmente a Lyem. No he tenido las agallas para levantar la cara y mirarlo al menos de reojo, pero lo que percibo de su postura es que está tranquilo, incluso relajado, y quisiera preguntarle cómo lo hace. Me vendría bien poderlo lograr también.

      Los platos se retiran algún tiempo después, y entonces traen las acostumbradas frutas, dulces, postres y demás mientras Harper sigue hablando. De vez en cuando me lanza miradas furtivas, pero yo procuro estar demasiado concentrada comiendo.

     -Mi hijo, Christopher, vendrá de visita por algunos días. Tiene asuntos que resolver por aquí y me pareció una completa tontería dejarlo alquilar una habitación teniendo tantos cuartos de sobra en esta enorme casa -dice en un momento dado el señor Quisquilloso, y percibo cómo Harper se tensa.

     -¿Tú hijo? ¿Está casado? -Inquiere mi tutor intentando demostrar indiferencia, aunque no lográndolo del todo.

     -Comprometido con una chica que no me gusta mucho, él lo sabe -contesta su interlocutor.

     -Y, en todo caso, ¿quién sí le gusta al viejo éste? -Murmura suavemente Lyem, no sé si dirigiéndose a mí o pensando en voz alta, pero opto por ignorarlo.

     Miro a Harper, enfundando su profundo ceño fruncido de cuando algo está en vías de gustarle absolutamente nada, y me pregunto vagamente qué problema tiene con el hijo del señor Quisquilloso, o si el problema es que quizá se quedará en la misma casa que yo. Lucho por no poner los ojos en blanco.

     -Tienes unas piernas hermosas -murmura Lyem otra vez, y ahora sé que sí es conmigo. ¿Espera que le responda?- Y muy suaves, además. ¿Te bañaste hace poco?

     Asiento imperceptiblemente, sintiendo que el corazón se me desbocaba. Si Harper llega a darse cuenta de que estoy hablando con Lyem... habrá problemas.

     Siento que la falda de mi vestido se mueve. Doy un respingo y miro sutilmente bajo la mesa: la mano derecha de Lyem trabaja suavemente halando la tela hasta mi rodilla; mientras, él conversa impasiblemente con el chico a su lado... Stuart, reconozco. Miro a Harper y noto que él tiene sus ojos inquisitivos puestos en mí, si bien sigue conversando con el señor Quisquilloso. De hecho, todos conversan con alguien excepto yo, aunque dudo que pudiera mantener centrados mis pensamientos con los dedos de Lyem ahora acariciando mis muslos. Me ruborizo. Él sube por mi pierna, trazando suaves círculos y pellizcando de vez en cuando aquí y allí, sobre todo en la cara interna. Sigue ascendiendo y me voy poniendo cada vez más nerviosa y ansiosa; primero porque no sé hasta dónde piensa llegar -¿qué pretende con esto? ¿Qué está haciendo?-, y segundo porque mientras más toca, más intensas son las incómodas cosquillas que me halan de los músculos de la pelvis. Me remuevo, incómoda e intentando quitarme su mano de encima.

     -Quieta -ordena silenciosamente cuando interrumpe su charla con Stuart para coger su copa de agua y beber. Su mano derecha aún sobre mi regazo y avanzando. Aprieto las piernas e intento cruzarlas para detenerlo, pero él me pellizca tan fuerte que reprimo una mueca de dolor y me quedo tranquila-. Así es -sonríe.

     El señor Quisquilloso tiende a terminar con la cena rápido para irse a su estudio, pero ahora que Harper está aquí la cosa se alarga demasiado, y sólo los encargados de alguna tarea que aún necesite realizarse se levantan de la mesa; los demás continúan una suave plática mientras, asombrados por el estado de relajación de su adusto jefe, aprovechan para beber y comer. Lyem no ha retirado su mano de mis piernas, aunque tampoco ha seguido subiendo; se ha limitado a pellizcarme suavemente, hacerme cosquillas, y pese a que quizá debería sentirme aliviada de que eso es todo lo que pretende, y que ha estado haciendo desde hace bastante, a cada momento me siento más inquieta. No sé qué pasa, no sé qué está haciendo o si tiene plena consciencia de algo que yo no -cosa que no vendría a suponer ninguna sorpresa-, pero su constante toqueteo ha logrado que me duelan los pechos; siento mis músculos completamente tensos, sobre todo los del vientre; siento que, quizá, pude haberme hecho un poco de pis sin querer y lo único que quiero es retirarme a mi habitación. Pero me da miedo moverme y que Harper nos vea.

     Por fin retira la mano, coge una uva y disimuladamente me dice:

     -Te veo en la cocina.

     Luego se levanta y con un "Buenas noches, señor. General Harper", él y Stuart se pierden por un amplio corredor alterno que da a la cocina y a un cuarto de lavandería.

     Me remuevo en mi asiento una vez más. Intento discernir si me siento mejor una vez que se ha detenido todo esto, o peor porque quizá... ¿yo quería que continuase? Me causa aprehensión ir a reunirme con Lyem en la cocina, sobre todo porque Harper me pueda descubrir,  pero luego se me ocurre que habrá muchas personas allí y entonces ya no tendré tantos problemas con nadie. Me pongo en pie disculpándome para ir a coger un poco de chocolate en la cocina, y mientras avanzo por el amplio pasillo de madera siento la fija mirada de Harper en mi espalda. Justo paso la puerta que lleva al cuarto de lavandería cuando ésta se abre, y al mirar atrás Lyem me hace un seña para que lo siga. Obedezco.

     La puerta se cierra tras de mí, y quedamos sumidos en una oscuridad rota sólo por una pequeña vela colocada en el alféizar de la diminuta ventana. Veo la luna llena y brillante en el oscuro cielo plagado de estrellas; sé que me encantaría salir y tenderme en la hierba, dormir bajo la vigilancia de los cielos y despertar con el clamor del sol matutino. Giro un poco tan sólo para ver a Lyem recostado de un enorme tanque de madera lleno de carbón, sus ojos despiden un brillo que me levanta todos los folículos capilares y dispara mis alertas; tiene los brazos cruzados y sus ojos se mueven despacio por todo mi rostro. Trago saliva, y él sonríe.

     -Te has portado mal, Ery -ronronea apenas acariciando las palabras.

     -¿Qué hice? -Pregunto con voz quebrada y algo indefensa.

     En lugar de contestarme, se yergue cuan alto es y salva la distancia que nos separa. Antes incluso de que yo alcance a moverme, me empuja contra la pared y me inmoviliza con todo su cuerpo, haciéndome sentir como el día anterior en el claro. Indefensa. Desprotegida. Me toma de la barbilla y nuevamente allana mi boca con su lengua, su aliento mezclándose y agitándose con el mío, una de sus manos aferrando con fuerza mi cabello y la otra bajando por mi espalda hasta descansar en mi trasero. Luego se separa y me observa mientras espera que se le normalice la respiración.

     -Cuando yo quiera tocarte, no debes impedírmelo -me reprende suave y dulcemente. Sus manos aprietan mi trasero juguetonamente, pero yo estoy demasiado impresionada como para prestar atención a eso.

     ¿Tocarme? ¿Cuando él quiera? Aún no alcanzo a comprender por qué le gusta tanto sentir mi piel contra la suya, aunque a mí tampoco me molesta que lo haga, pero no estoy para nada de acuerdo con eso de permitirle hacer todo lo que quiera.

     -¿Y si yo no deseo que me toques? -Desafío, sorprendiéndome ante mi propia valentía.

     Sus cejas se disparan con sorpresa y por un segundo parece confundido, desconcertado y descolocado, pero finalmente tuerce la boca en una mueca burlona y murmura:

     -¿No quieres que te toque, Lucero? -Sus labios acarician mi nombre como si se tratase de una oración, y sus manos suben y bajan rítmicamente por mis nalgas y espalda. Otra vez siento como que se me deslizan unas gotas húmedas por entre las piernas, así que aprieto los muslos y respiro.

     ¿No quiero que me toque? ¿Me molesta que lo haga? No. De hecho no, pero sí me molesta que quiera disponer de mí como si fuese un reloj de bolsillo que pueda sacar cada vez que desee ver la hora. ¿O eso es normal en una amistad? ¿Los amigos demandan a los amigos? Qué fastidio, por culpa de Harper no sé qué hacer. Será, entonces, cuestión de llevarme por mi instinto.

     Levanto la mirada y me encuentro con la suya, brillante, peligrosa, llamando algo al fondo de mí ser que, además de que no conozco, no sé si quiero que sea despertado. Él inclina la cabeza y suavemente pasea la punta de su nariz por mi rostro, por mi cuello, por mis labios; y sus manos se mueven de mi espalda a mi pecho y allí comienzan, uno por uno, a soltar los botones frontales de mi vestido. Me pongo nerviosa, me agito, y trato de liberarme de su férreo agarre.

     -He dicho que te estés quieta -Lyem coge mi cara entre sus dedos rudos y me mira fijamente, con el entrecejo fruncido-. Si quieres que de verdad te muestre las cosas que quiero hacerte, tienes que estarte quieta cuando yo te toque, Ery, si no esto no funcionará. ¿Entiendes?

     Asiento, porque no quiero que nuestra aún no naciente amistad se muera por mi conducta infantil. Lyem sonríe, esa sonrisa burlona suya, y acuna mi rostro con una mano mientras la otra acaba de desabotonar mi vestido.

     -Eso está mejor. Necesito que confíes en mí. Ya te dije que no te haría daño. ¿Me crees?

     Asiento nuevamente.

     -Respóndeme -ordena.

     -Sí, te creo.

     -Fantástico. Ahora, voy a demostrarte que, contra tus creencias, sí quieres que te toque, te gusta. Es más, después de esto no vas a querer que deje de hacerlo, y si te portas bien quizá te complazca. Pero recuerda -me advierte, ahora serio y volviendo a cogerme de la barbilla para alzar mi rostro y que acabe bañado por la luz de la luna que se cuela por la ventanita del muro-, esto debe quedar entre nosotros. Yo no hablo y tú tampoco.

     -De acuerdo.

     Sí, como si quisiera decirle a Harper que no sólo no cumplo con la promesa que le hice, sino que además le permito a este enigmático, raro y fascinante muchacho tocarme más allá de lo que nadie lo había hecho jamás. Pero eso no se lo digo a Lyem porque, sospecho, recaería en la aparición de su sonrisa burlona, y la verdad es que aún estoy algo trastocada por lo de la mesa a la hora de la cena.

    -Bueno, esto hay que hacerlo rápido; estoy seguro que Harper estará impaciente por levantarse y buscarte, y no debemos permitir que nos encuentre en semejante situación. ¿No lo crees? -Alguien como Stuart le habría dado un tono diferente al comentario, como asustado o nervioso; pero Lyem lo hizo sonar como una broma, algo de lo que preocuparse tan sólo un poco.

     Finalmente deja de presionar mi cuerpo con el suyo, y retrocede un pequeño paso para observarme mejor. Al detenerse sus ojos en mi vestido abierto en el pecho, sonríe lentamente y se relame los dientes como haría alguien ante un apetitoso festín; luego expande la abertura y deja a la vista mi sujetador rosa. Busco su mirada nerviosamente, y él ya me está observando con fijeza. Sonríe una vez más e introduce ambas manos en cada copa, sujetando mis pechos en sus palmas calientes. Suelto un jadeo involuntario. Me suelta y desliza las tiras de mis hombros, de modo que ahora puede -y de hecho lo hace- sacar mis pechos y dejarlos al descubierto. El frío de la noche me pega un poco, y siento como mis pezones se yerguen. Lyem lanza un suspiro que parece asfixiado.

     -Pensé que serían más pequeños -murmura para sí observando y tocando tentativamente mis pezones. Luego sus ojos regresan a mi rostro, ahora más contentos-. Me has dado una agradable sorpresa, Ery. Son muy bonitos.

     Lentamente baja la cabeza y acaricia mi piel con sus labios también calientes. Primero en el cuello, luego la clavícula y por último los pechos. Otra vez siento ese dolor en la punta, sobre el pezón, como si quisieran alargarse más pero no pudieran. Inesperadamente Lyem se mete uno en la boca y dejo de respirar, de parpadear, incluso de moverme... No sé qué hacer. Siento su lengua acariciando suavemente, dando vueltas alrededor de mi pezón, mordisqueando, halando y pellizcando con los labios. Descanso mis manos en sus hombros e intento apartarlo de mí pero él aprisiona mis muñecas y las coloca a cada lado de mi cuerpo. Todo su toqueteo está molestándome en el vientre; con cada revolución de su lengua o succión de sus labios siento que los músculos de la ingle se me van a solidificar y las piernas dejarán de sostenerme tarde o temprano. Y por si no pareciese suficiente, me veo gravemente sorprendida y confundida cuando mi espalda se arquea más allá de mi control y mi pecho se pega a sus labios. Lyem ronronea y sonríe.

     -Basta -suplico con una voz llorosa y atormentada que no reconozco como mía.

     -Tranquila, Ery. No pasa nada malo, está bien -me tranquiliza. Yo comienzo a retorcerme para liberarme... creo.

     -Lyem, por favor, déjame. No... me gusta esto -suplico, y entonces para. Se endereza completamente y me mira como si me hubiese vuelto loca de atar. Jadeo, me escucho, y mi cara está casi tan caliente como sus labios. El frío de la noche me azota con más fuerza en donde su saliva me ha mojado.

     -¿No... te gusta? -Inquiere él sumamente confundido. ¡Confundida yo, que no sé ni qué pensar!

     -No. No lo sé -rectifico-. No sé qué sentir.

    Tuerce el gesto y me mira durante un segundo. De improviso, tapándome la boca con la mano derecha para ahogar mi grito de sorpresa, inmiscuye su otra mano bajo mi vestido, hacia mis bragas, y desliza sólo un dedo en mi ropa interior; luego retira su mano y a la luz de los rayos de luna estudia su dedo y la cosa transparentosa que tiene en él. Yo estoy franca y sinceramente impactada. ¿Eso salió de mí? ¿Qué es eso? ¿Por qué a él no le da asco, y cómo supo que quizá lo iba a encontrar?

     -Lo siento -murmuro avergonzada contra su palma. Él me da una rápida mirada y una sonrisa... indulgente, creo que ése sería el término, y libera mi boca.

     -Está bien. No te disculpes, preciosa, no has hecho nada malo.

     -¿Qué es eso? -Me atrevo a preguntar.

     -Es... la prueba más clara y fehaciente de que no te disgusta ni mi toque ni lo que te estaba haciendo, Lucero, así que puedes estarte tranquila. Creo -continúa ahora más distraídamente, restregando entre pulgar e índice la viscosidad en su dedo- que no estás acostumbrada a las reacciones de tu cuerpo ni a lo que significa cada cosa, y por eso crees que no te gusta.

     Me le quedo mirando, perpleja. ¿Podría ser eso posible? ¿No me gusta lo que hace porque no entiendo a mi cuerpo? Nunca se me ocurrió que mi yo racional y mi yo corporal pudiésemos tener reacciones y necesidades propias. Mi cuerpo pide alimento así yo no lo quiera, lo sé, y a veces está molido cuando mi mente puede seguir volando de pensamiento en pensamiento sin reparos, pero jamás se me ocurrió que alguien pudiera hacernos discordar en cómo nos sentimos, también. Lyem tiene razón, no sé qué me pasa y por ello temo, y debo agradecer a Harper por parecer una niñita torpe, asustadiza e infantil. Y ahora todo está claro para mí: debo dejarme guiar por Lyem para no sólo tener mi primer amigo, sino para conocerme mejor a mí misma. Aunque, admito, eso no impide que me atemorice un poco probar las cosas que él hace.

     Unos momentos después Lyem se saca un pañuelo de tela de un bolsillo, se limpia los dedos y vuelve a guardarlo con sumo cuidado. Me pregunto por qué no lo deja aquí para lavarlo, pero no me da mucho tiempo de seguir cavilando cuando vuelve a inclinarse sobre mi pecho pero esta vez para repetir su proceder sobre mi otro pezón. Él dice que está bien lo que hace, que no hay nada malo, y yo decido confiar. Más aún, cuando mi espalda vuelve a arquearse contra su boca y él me pellizca con los labios en respuesta, siento como si estuviera a poco de explotar, como si me encontrara al tope de una alta montaña y estuviese a poco de tirarme al muy ansiado vacío. Gimo un tanto más fuerte, enredo mis dedos en sus cabellos y aprieto mis manos en puños... Oh sí, estoy por caer al vacío.

     Pero él se detiene y mi cuerpo vibra enojado y dolorido. Nos miramos.

     -¿Por qué has parado? -pregunto en un susurro casi inaudible. Su sonrisa triunfal me hace dar cuenta de que tuvo razón: yo no quiero que pare.

     -Porque ibas a correrte, y no debes hacerlo cuando Harper ya seguro te está buscando. Me habían hablado de las mujeres que se corren sólo con la estimulación de los pechos -continúa, ahora hablando consigo mismo mientras yo recupero la cordura-, pero jamás creí que me encontraría con una -Me mira, asombrado-. Me sorprendes cada vez más, Lucero, y eso no es fácil de lograr.

     ¿Correrme? ¿Adónde?

     Estoy por preguntarle a qué se ha referido con ese último comentario extraño y justo entonces... alguien toca la puerta.

     -¿Ery? ¿Estás ahí? -Me llama con cierta urgencia la voz de Harper, y yo palidezco.

     ¿Y ahora?