sábado, 27 de abril de 2013

Supernova 13

Capítulo 13


Lentamente, dudosa, me inclino sobre su entrepierna y presiono mis labios en la punta de su pene por unos segundos antes de apartarme un tanto. Miro a Lyem a la cara, sorprendida al notar que me sonríe, y luego vuelvo a mirar su miembro. Una pequeña gota de humedad ha aparecido en la punta.

     -Lámela -me insta él con voz ronca. Toma mi mano y cierra mis dedos alrededor de su longitud apretando con su mano para enseñarme a aplicar la cantidad de presión exacta. Por un momento me siento como una pequeña cría viendo un renacuajo, o un capullo de rosa a medio abrir. Algo sorprendente que escapa a la imaginación de cualquier mortal. Y precisamente por ello sólo puedo hacer lo que cualquier cría haría: seguir hasta el final mi estimulada curiosidad.

    Me inclino nuevamente hasta tener mi rostro a escasos centímetros de la gotita que aguarda inocentemente a que yo la retire de su lugar de reposo. Saco la lengua, sintiéndome extrañamente fascinada, y lamo lentamente toda la punta del pene hasta quedar satisfecha. Escucho el silbido que escapa de los labios de Lyem cuando expulsa el aire a través de sus dientes apretados. Por algún motivo sonrío y me siento poderosa. Para variar, esta vez el sonido ha venido de él y no de mí, aunque pareciera que el efecto lo sufriera yo. Tomo su miembro con mis dos manos y suavemente imito lo que él hacía antes de hacerme besarlo; lo recorro en toda su longitud, arriba y abajo, notando cómo se enrojece, se yergue y se calienta a medida que mis manos deslizan por todo el tallo. En un arranque de valentía acerco mi nariz y lo acaricio con la punta, lo huelo. El aroma a Lyem, el más masculino que hubiera sentido jamás, es más potente aquí, tanto que marea, pero es un mareo que no tengo problemas en sufrir. 

     De pronto me siento impulsiva. En mi cerebro se ha activado algo y repentinamente mi cuerpo sabe exactamente qué hacer, mi mente y yo sólo debemos actuar de espectadoras y cederle el completo control. Así pues, sorprendiéndonos a Lyem y a mí -puesto que su jadeo ahogado de sorpresa me dice que no se lo esperaba-, abro la boca y meto su enorme miembro dentro. Es grueso, largo y duro, aunque suave a la vez. Una combinación muy interesante. Muevo mi lengua alrededor del tallo, saboreando, succionando y chupando como si no se tratara más que de una paleta helada. Empujo mi cabeza hacia su abdomen  intentando adentrar el miembro en mi boca tanto como pueda, pero es tan largo que ya me ha rozado la úvula y aún no he conseguido llegar al final; sin embargo, no puedo evitar sonreír cuando me lo saco de la boca para evitar las arcadas y escucho a Lyem gruñir de un modo casi animal. Espero que ello signifique que le gusta, no que le estoy haciendo daño.

     No, si le doliera no me permitiría continuar.

     Mi saliva lo va lubricando a medida que mis lametazos continúan, de modo que aprovecho la humedad parar empaparme la mano y poderla deslizar con más facilidad por todo su miembro, que a cada momento me parece que se endurece más y más, por no hablar también del subidón de temperatura que desde hace rato está sufriendo. ¿Es eso normal? Vuelvo a introducir el pene en mi boca, aunque esta vez me contento con lamer la punta, recordando los movimientos de la lengua experta de Lyem cuando me acaricia un pezón y tratando de reproducirlos para él. Siento cómo se retuerce sobre la roca, siento sus manos en mi cabello, agarrando fuerte y marcando el ritmo, uno un tanto más frenético que el que yo llevaba. Pero está bien, este también me gusta, al igual que me gusta el sabor de su carne caliente y dura, la textura y sin duda el olor... En un momento dado se me ocurre deslizar una mano algo más abajo y sin previo aviso le cojo los testículos con mucho cuidado; Harper me ha advertido muchas veces que esa zona masculina es extremadamente sensible al dolor, y a mí se me ha ocurrido que también puede serlo a las caricias. Lyem deja de moverme la cabeza, pero aprieta los dedos en mi cabello con más fuerza, como dándome una advertencia.

     Me separo un poco y lo miro. Pese a la tenue iluminación, sus ojos verdes brillan como no lo podría hacer jamás ninguna fuente de luz, y es entonces que sé que, hasta ahora, lo he complacido. Se inclina y me besa con su característica rudeza, esa que revoluciona mi corazón a velocidades de vértigo. Su lengua explora mi boca, baila, pelea, boxea y seduce a la mía mientras sus manos se deslizan por mi rostro, el cuello y los hombros. Una y otra vez. Tocándome con más esmero en unas zonas que en otras, como si se conociera un secreto de mi cuerpo que yo ignoro.

     ¡Ja! Menuda novedad.

     Cuando me deja ir regreso a la acción y continuo mi acometida contra su miembro, esta vez siendo, quizá, tan ruda en mi actuar como Lyem en su modo de besarme. Descubro que hacerle esto me gusta mucho, llama mi atención y me parece... fascinante, a falta de un término mejor, y se vuelve todavía más excitante al escuchar los gemidos, gruñidos y jadeos que suelta Lyem mientras yo me encargo de él.

     A Lyem le gusta esto; él dijo que yo lo mimaría. Me parece que hago un buen trabajo, que le gusta, y si es así no veo motivos por los que quiera alejarse de mí, dejar de tratarme. Si sigo haciéndolo bien no creo incluso que tenga más inconveniente con que me vea con Christopher... Quizá incluso pueda probar esto con él y averiguar si reacciona igual que Lyem...

     Mis pensamientos se ven abruptamente interrumpidos por un gruñido ronco, bajo, amenazador, casi de fiera hambrienta que escapa de lo más profundo del pecho de Lyem y me toma por sorpresa al punto de hacerme dar un respingo y erizarme los vellos del cuerpo. Además de eso, de la punta de su pene salen chorros calientes de algo espeso con gusto ligeramente salado, que sin poder evitar me trago tan pronto toca mi lengua.

     Me retiro y me siento sobre mis talones, pasándome la lengua por cada recoveco de la boca y por los labios, buscando rastros de esa cosa salada que se me pudieran haber escapado. Tengo ganas de preguntarle a Lyem qué ha sido eso, pero al alzar la vista noto que tiene los ojos cerrados con fuerza y la respiración alterada. Mi primer pensamiento es que quizá le he hecho daño, pero por algún motivo que desconozco, tengo la certeza de que no es así. No está tan alterado porque le haya hecho daño.

     Sonrío.

     Él abre un ojo y me mira, luego abre el otro y una lenta sonrisa predadora desliza por sus labios cuando apoya los codos de sus rodillas, de modo que nuestros rostros yacen casi al mismo nivel.

     -Y pensar que yo creía que eras toda inocencia e ignorancia y dulzura. Pues bien, Ery, me has confirmado que ese tan popular dicho "las apariencias engañan" es más cierto de lo que nadie pudo creer jamás -me acaricia la mejilla con un dedo, resiguiendo los contornos de mi nariz y mis labios. Luego me tiende las manos y me ayuda a levantar, haciendo él lo propio, guiándome a donde yace nuestra ropa y las mantas olvidadas.

     Me suelta y se gira, coge una manta, la abre y la extiende por todo el suelo, invitándome luego a tumbarme con un gesto de la cabeza. Lo hago, y antes de darme cuenta lo tengo sobre mí, abdómenes deliciosamente unidos de frente y su rostro a escasos centímetros del mío mientras sus brazos permanecen apoyados del suelo a cada lado de mi cabeza. Su mirada ya no sólo es ardiente, es cegadora.

     -Ya sabía yo que esa boquita tuya haría maravillas conmigo, y mira que no me he equivocado -murmura, haciéndome perder en las vastas profundidades de sus oscurísimos ojos verdes, que ahora más bien parecen negros. Alzo la cabeza un poco y le estampo un beso en los labios. Para cuando vuelvo a recostarme, él se lanza al ataque y me besa profundamente, aunque ni de cerca con su agresividad habitual; de hecho, si me dieran a escoger, preferiría que de hoy en más me besara así: profundo pero con cariño.

     Al separarnos, yo sin aliento, él besa mi mejilla y me dedica una sonrisa contenta.

     -Te... ¿te ha gustado? -Inquiero tímidamente, notando las mejillas enrojecidas.

     -Puedes creerme, preciosa, me ha encantado. De hecho, no me molestaría que lo repitiésemos, pero no ahora -se apoya sobre sus brazos para alejar su torso del mío y poderme estudiar. Noto cómo se relame los labios con presteza, y no puedo evitar que los músculos del vientre vuelvan a tirarme-. Ahora pasaremos a algo más.

     -¿Volverás a besarme... allí? -Joder, la cara se me está incendiando, pero no aparto la vista de su rostro.

     -¿Quieres que haga eso? -Me mira entre sorprendido y divertido, dándome ligeros pellizquitos en el pecho derecho.

    Me encojo de hombros y aparto la vista, demasiado avergonzada. Me cojo las manos y compulsivamente me retuerzo los dedos, preguntándome si habrá algún modo de borrar mis palabras, o tan siquiera la estúpida y poco considerada expresión burlona de ese rostro tan cruelmente bello.

     -Caramba, te lo has tenido escondido. Y yo que pensé que tendría prácticamente que dominarte para lograr algo -comenta.

     -Cabrón -murmuro, eligiendo ese mal momento para recordar que Harper considera inaceptable que una mujer diga malas palabras. Pues al diablo, porque justo en este momento (y lo digo literalmente) no estoy en posición para prestar atención a ninguna norma o tradición impuesta por la sociedad. De hecho, si la sociedad me viera ahora...

     Sacudo la cabeza para liberarme de esos pensamientos.

     Lyem se echa a reír con toda gracia.

    Me atrevo a mirar por el rabillo del ojo, ya que tengo la cabeza ladeada, para ver si Lyem sigue observándome. Rayos, sí. No sólo me mira atentamente, sino que pareciera estar haciendo esfuerzos sobrehumanos por aguantarse la enorme sonrisa que sé que se muere por esbozar. Frunzo el ceño, y finalmente él suspira.

     -Me parece que es lo justo, ¿no? Orgasmo por orgasmo -murmura contra mi cuello antes de lamerlo y deslizarse hasta quedar sentado entre mis piernas abiertas. Giro la cabeza y lo miro con atención, incrédula.

     -¿Te hice tener un orgasmo?

     Recuerdo la sensación, la tensión, la vibración expectante de todo mi cuerpo mientras grita y ruega ser liberado, la espalda que se arquea contra mi voluntad, mis músculos sometidos a presión, los tendones rígidos, mis dientes apretados... y luego la deliciosa, casi divina, liberación que me deja de mantequilla derretida. ¿Eso le he hecho sentir yo a él?

     -Sí, señorita, eso hiciste -me dedica una media sonrisa.

     Me siento.

     -Y eso caliente... -me ruborizo furiosamente y bajo la vista a mis manos nudosas. Dios, ¿por qué es tan difícil decir esto?- Ese líquido...

    -Era semen -repone encogiéndose de hombros y restándole importancia.

     Yo me le quedo viendo de par en par con ojos como platos. ¡Semen! ¡Qurido Jesús, semen! Gracias a los libros de Harper sé exactamente qué es y cuál es su función, pero lo que no sabía era que salía expulsado de esa manera tras un orgasmo. ¡Cielos, Harper va a asesinarme, eso seguro! ¿Cómo diantres voy a disimular lo que he hecho ahora que me enteré que lo que me he tragado ha sido semen? Inconscientemente, mientras entro en un pánico silencioso, me llevo las manos al vientre... y Lyem se echa a reír.

     ¿Por qué diablos se echa a reír?

     -Ery, no sé que ideas extrañas te estarán pasando por la cabeza, pero te aconsejaría que las hablaras conmigo antes de crearte idioteces que puedan volverte paranoica. -Coge mi cara entre sus manos y, la mar de contento, me besa los labios y todo el rostro con una efusiva alegría que jamás le había visto en el poco pero interesante tiempo que nos conocemos.

     Me sonrojo hasta la raíz del pelo y enredo más mis dedos entre sí. Él me hace mirarlo a la cara alzando mi barbilla, y noto que la diversión aún resplandece en su mirada. Quisiera ponerle mala cara, o cuando menos empujarlo por burlarse de mis nulos conocimientos del tema, pero la intranquilidad me consume al punto que murmuro:

     -¿No me puedo quedar embarazada?

     Se quiere reír, lo sé. El menudo idiota se quiere reír de mis miedos y, aunque me molesta, también me alivia; el que se ría es algo bueno, ¿no? Significa que no hay de qué preocuparse, ¿cierto?

     -Lucero -vuelve a coger mi rostro con sus manos y me hace mirarle-, ninguna mujer se queda embarazada por tragar semen. Esas cosas no pasan y para que pasen, Dios tendría que reiniciar la creación y hacer un diseño humano nuevo. Así que estate tranquila, ¿quieres?

     Aprieto los labios, pero al final asiento. Él, no convencido de mi respuesta, me da un último y casto beso antes de decirme:

    -Bien, Ery. Ahora, debes saber que Dios, en su inmensa sabiduría -tuerce la boca en una mueca, como si no acabara de creerse sus propias palabras o como si las encontrara divertidas-, hizo al hombre y a la mujer como dos piezas de la misma máquina, de modo que, ajustando y trabajando de modo perfecto y sincronizado, uno pudiera llevar al orgasmo al otro. Por ello tú en tu interior tienes espacio para mí -le miro, perpleja. Él sólo sonríe- y te lo voy a demostrar.

    Acerca su dedo índice a mi sexo y lentamente lo acaricia a todo lo largo, moviendo y abriendo los pliegues internos más sensibles, húmedos e hinchados por falta de atención. Después de estar bien empapado de mis abundantes fluidos -que no han parado de segregarse desde que comenzamos con todo-, lo coloca a la entrada de mi cuerpo, aquella que yo no toco y de la que nadie nunca me habla, y lentamente desliza el dedo en mi interior. Sorprendida, busco sus ojos y los encuentro brillando con arrogante satisfacción. Luego vuelvo la vista a su mano y veo cómo saca el dedo para volverlo a introducir. Una y otra vez. Y yo siento con total claridad cada una de las leves invasiones.

     -Estás muy prieta -murmura lamiendo detrás de mi oreja mientras desliza otro dedo dentro de mi cuerpo, acompañando al primero en sus movimientos.

     Esto no se siente como la estimulación de mi clítoris, para nada. Sin embargo, comienzo a sentir cómo los músculos de la espalda y los muslos se me tensan igual que cuando me acerco al precario vacío, y cuando en un certero movimiento Lyem curva los dedos hacia arriba y toca un punto que, supongo, él debía conocer, estallo, me precipito al vacío, el poderoso orgasmo se apodera de mi cuerpo y lo único que puedo hacer es tumbarme de nuevo sobre la espalda mientras mi cuerpo se convulsiona con las réplicas. Respiro entrecortada y vagamente consciente de nada. O de casi nada. Sin necesidad de abrir los ojos sé que Lyem escala sobre mi cuerpo y nuevamente lo tengo casi completamente tendido sobre mí, esta vez bamboleando las caderas lentamente y haciéndome estremecer cuando toca mi piel sensible.

     -Creo que ya estás lista -murmura.

     Abro los ojos y le miro.

     -¿Lista para qué?

     -Para que estrene tu cuerpo.

     Jadeo. ¡Qué directo! Pero lo que me preocupa son las implicaciones de su afirmación. ¿Estrenar mi cuerpo? ¿Eso qué significa? ¿Cómo pretende estrenarlo? Un escalofrío me recorre la columna y por alguna razón su miembro enorme, duro y grueso se me pasa por la mente. No se referirá a...

     -Voy a meter mi pene dentro de ti, Lucero -informa con voz y semblante serio. Trago saliva.

     -¿Puedo detenerte si quiero? -Pregunto, completando la frase con lo que él me dijo la primera vez que nos besamos.

     Su sonrisa burlona hace que se me seque la boca.

     -No esta vez. Ninguno de los dos se va hasta que hayamos alcanzado, como mínimo, un orgasmo juntos.

     -¿Me dolerá? -La voz se me quiebra al final, y en sus agudos y fríos ojos aparece algo como la comprensión, lo que le obliga a acariciarme el cabello y darme un beso cálido en los labios.

     -Sólo por un segundo -murmura-. Después te prometo que lo disfrutarás tanto o más que yo. Sólo deja que me encargue, ¿quieres?

     Y aunque quisiera negarme, levantarme y salir corriendo, ¿no me ha dicho ya que ninguno de los dos sale hasta que "me estrene"? No he pasado por alto el detalle de que el poderoso y musculoso cuerpo de Lyem aun así puede ser lo suficientemente veloz como para cogerme si intento escapar, y ni siquiera estoy segura de que Dios sepa qué me ocurrirá en ese caso... Quizá vuelva a golpearme como en el establo.

     -¿Me harás daño? -Mi voz apenas es audible, pero no dudo que él la haya escuchado. Frunce el ceño y me mira.

     -Sólo un segundo. Es necesario e inevitable.

     -¿Me pegarás?

     Resopla, jura y maldice entre dientes antes de fulminarme con la mirada. Así como estoy, entre el suelo y él, lo que me queda es encogerme y ruborizarme. Y lo hago como una campeona.

    -No, Lucero -masculla, enfadado-. No sé por qué jodida razón crees que tendría que golpearte justo ahora, pero si te hago daño no es por mi culpa, sino de la naturaleza -alzo las cejas, pero antes de que pueda abrir la boca, él se me adelanta-. No me preguntes nada, no entenderías y yo ahora no tengo paciencia para explicártelo. Sólo cógete de mis brazos, aspira hondo y prepárate.

     Por Dios, esto parece más la declaración inminente de un choque ferroviario que el maravilloso "follar" que Lyem ha hecho parecer una tortura medieval, pero que Christopher me ha presentado de modo muy distinto. Comienzo a preguntarme si lo maravilloso de follar no estará más con el quién que con el cuándo o el cómo. Quizá, estoy cometiendo un grave error.

     Ahogo un grito cuando Lyem se clava en mí de una sola estocada, un golpe certero y preciso. Una declaración de supremacía. Cierro los párpados con fuerza, aguantando el agudo dolor, la invasión, las ganas de llorar por la humillación, el deseo de pedir ayuda a voces... Todas estas cosas se agolpan en mi pecho, de modo que nada sale. Por el contrario, me aferro con más fuerza a los brazos fuertes y musculosos de Lyem deseando no haber venido.

     -Lyem... Por favor -jadeo, conteniendo los sollozos- Me duele, déjame.

     -Aguanta, Ery. Sólo absorbe el dolor y pronto se irá. Después verás que todo esto ha valido la pena.

     ¡Claro, bastardo, a ti no te duele!, chilla con furia una voz en mi cabeza, y en cierto modo yo le doy la razón aunque no sé si su afirmación sea cierta. Aprieto los dientes y escucho mis propios resoplidos mientras sollozo lo más silenciosamente que puedo. En un momento dado me atrevo a abrir los ojos y veo cómo la intensa mirada verde de Lyem me fulmina con fastidio... Y, de hecho, en algún momento mueve la mano y  me tapa la boca con rudeza.

     -¡Cállate! -Me espeta con furia- ¡Deja de comportarte como una niña estúpida y consentida y actúa como una mujer! ¿No querías libertad? Pues ésta tiene su precio, como todo en la vida. Por suerte para ti, sólo tendrás que padecer esto una vez, y ya casi acaba, así que deja de ser tan jodidamente infantil.

      Y milagrosamente, se me pasa. Mi respiración se normaliza, el corazón deja de brincarme en el pecho y, curiosamente, hasta el dolor por el violento asalto al interior de mi sexo ha desaparecido. Sí siento una presión incómoda, pero es tolerable y ya no duele tanto. Aunque me han herido sus palabras, me atrevo a buscar de nuevo ese par de ojos verdes, y esta vez ya no lucen enfadados, sino cautelosos y arrogantes.

     Ninguno de los dos dice nada por los siguientes minutos. Mis pechos reciben mimos y caricias mientras mi cuerpo reconoce el miembro de Lyem y manda a la central de operaciones un mensaje para avisar que no es ningún invasor peligroso; poco a poco siento cómo me expando para acogerlo y la pequeña incomodidad desaparece del todo. Ahora sólo queda la curiosa sensación de estar siendo llenada. Él alza la cabeza y me mira.

     -¿Mejor?

     -Mejor.

     Sonrié y me besa la frente.

     -¿Ves? Te lo dije. Sólo es cuestión de paciencia, Ery. No eres la primera virgen a la que estreno y sé cómo hacer estas cosas, sólo tienes que confiar en mí.

     Una bofetada en el rostro. O al menos eso han sido sus palabras. ¿Conque no soy la primera virgen en la que hunde su pene? Será idiota, desconsiderado y completamente insensible.

     -¡Vaya!, pues te felicito, campeón. Sólo tienes que hacer otra muesca en la pared o donde sea que las hagas para marcar un aumento en el número de tus conquistas -siseo con los ojos entrecerrados, y él me devuelve una mirada francamente sorprendida.

     Siento en la boca del estómago un ardor horrible y francamente desagradable. Quiero quitarme al idiota de Lyem de encima y de dentro, ponerme mi ropa y largarme a llorar en mi habitación, pese a que no entiendo por qué me siento tan enojada por lo que ha dicho. Es decir, siempre he sabido que él posee más conocimientos con respecto a esto -y a todo- que yo, pero eso no quita que sus modos de hacérmelo entender no sean los correctos.

     Así que comienzo a revolverme para que me deje, aprovechando para empujarle del pecho con los puños cerrados, pero qué va. ¡Pesa demasiado! Sorprendido por mi arrebato, desconcertado por mi actitud, me coge las muñecas y las une sobre mi cabeza, inmovilizándome.

     -¿Qué rayos te pasa ahora? -Inquiere.

     -Eso no es tu problema -espeto de mala gana.

     Él parpadea, impresionado.

     -Ery, ¿acaso no puedes pelear conmigo en otro momento, tiene que ser justo ahora? -Esboza una media sonrisa burlona que no hace más que enfurecerme de peor modo.

     -¿Te encantan las vírgenes? ¿Por eso me has estado persiguiendo tanto?

     Lo fulmino con la mirada, sintiendo que mi cuerpo sufre espasmos y calambres, instándome a alzar las caderas y frotarme contra su pelvis en busca de un poco de alivio. Su expresión sorprendida pasa lentamente a una de entendidos, y su sonrisa burlona vuelve justo antes de arremeter contra mi boca e invadirla con su lengua. Al principio me resisto, lucho y me remuevo en un intento de hacer que me suelte, pero luego la sensualidad de sus movimientos no sólo de lengua, sino también de cadera, me pueden y me rindo. Cuando se separa de mí, yo jadeando, sonríe como un perfecto idiota y dice:

     -No, la verdad es que odio acostarme con vírgenes, son un desastre y siempre se andan quejando por todo -pone los ojos en blanco-. Pero tú eres distinta, has llamado mi atención desde antes de saber que eras virgen, así que no tiene nada que ver. No tienes por qué estar celosa, Ery.

     Me sorprendo al escuchar la última frase. ¿Estoy celosa? ¿Celosa de que Lyem se acostara con otras vírgenes o celosa de que se acostara con otras? ¿Puedo estar celosa de ello cuando ni siquiera sabía que esto que hicimos hoy se puede hacer? Lo contemplo, perpleja, y él sonríe antes de besarme de nuevo y comenzar a mover las caderas lentamente. ¡Diablos! Ni siquiera recordaba que seguía dentro de mí, así de mucho me he acostumbrado a su invasión. Su miembro sale lentamente de mí y vuelve a entrar de la misma forma, una y otra vez. Yo lo siento con toda claridad, centímetro a centímetro, cuando lo hace, y ahora mis gemidos no son de dolor, son de placer. Lyem acelera el ritmo de las cometidas, dentro, fuera, dentro, fuera, haciéndome notar cada embate como un premonitorio del siguiente y haciéndome desear más a medida que su cuerpo y el mío chocan rítmicamente. Me aferro a su espalda y envuelvo las piernas a su alrededor, presionando en su trasero para hacerlo hundirse más profundo en mi interior. Él gruñe en mi oreja y acelera, acelera bastante, y también se vuelve más rudo. Cierro los ojos y me entrego a él y a sus benditas habilidades para hacer estas insólitas cosas que jamás imaginé que pudieran existir.

     Maldito Harper, pienso con fastidio. Pero, de cierto modo, admito que si no me hubieran recluido toda mi vida en el encierro, quizá no estaría descubriendo estos nuevos colores con este curioso artista que tengo encima mío, jadeando y gruñendo mientras yo gimo y ahogo gritos. Antes de que me dé cuenta, otra vez estoy escalando esa imponente montaña cuyo risco más elevado me hará caer en una espiral orgásmica maravillosa y liberadora, sólo que esta vez siento que Lyem viene de la mano conmigo. Mis músculos se tensan, pero me concentro más en los suyos, en los tendones y venas de sus antebrazos y cuello que parecieran querer explotar por el esfuerzo y la presión. Arqueo la espalda y suelto un gemido que hasta para mis oídos es demasiado fuerte; Lyem escurre una mano entre nosotros y me masajea con furia el nódulo sensible mientras su pene entra y sale de mí frenético, buscando tanto su liberación como la mía, o al menos eso creo.

     Cierro los ojos, abro la boca, me arqueo contra él, y finalmente... caigo. Mi cuerpo convulsiona con fuerza tras el que ha sido el orgasmo más poderoso de todos los que he sentido hasta ahora, y Lyem, con tres fuertes estocadas más, se derrumba sobre mí mientras todo él tiembla con las réplicas del placer. Tiene la cabeza enterrada en el hueco de mi cuello y puedo escuchar perfectamente cómo su respiración agitada intenta tranquilizarse. Le abrazo la ancha espalda y le beso el pelo y la mejilla repetidas veces, aún envolviendo sus caderas con mis piernas; él no se mueve, y yo sólo disfruto del silencio mientras nos recomponemos. En un momento dado siento un ardor repentinamente avasallador en los ojos, como si me clavaran agujas en la córnea, pero tan rápido como llega se va, por lo que no le doy mayor importancia.

     Así permanecemos un rato, abrazados, en silencio, sólo sosteniéndonos, hasta que él se incorpora sobre los codos con el pelo revuelto y una curiosa expresión de pillo feliz en el rostro. Pero cuando sus ojos y los míos se topan, se congela y el color le huye de las mejillas.

     Alarmada, inquiero:

     -¿Pasa algo?

     Él acaba de levantarse del todo, sale de mí con lago de rapidez, por lo que hago una mueca de disgusto, y se sienta junto a mi cadera, observándome fijamente.

     -Ery... -murmura suavemente- tus ojos.

     -¿Qué hay con ellos?

     -Son distintos -boquea y se lleva una mano al pelo revuelto. Yo también me siento y lo miro. ¿Estará delirando?-. Uno es aguamarina casi gris hielo y el otro... es azul rey.

     Me quedo de piedra. ¿Me estará tomando el pelo? Su expresión francamente impactada y ligeramente aterrorizada me parece completamente sincera. ¡Mis ojos no pudieron cambiar de color!

     Echo a temblar, sabiendo lo que esto significada y temiendo aceptarlo, o decirlo en voz alta. Cierro los ojos y siento cómo el color se me drenaba del cuerpo. De sonrojada hasta lo indecible, paso a blanca como el papel.

     -Harper lo sabrá. Ahora sabrá lo que he hecho -murmuro para que Lyem me oiga, y mis palabras suenan aún peor cuando las digo, porque eso las hace reales, igual que a las consecuencias. Me abrazo a mí misma y repliego las piernas hasta pegarlas a mi pecho. Por un rato no nos movemos, y la cálida atmósfera entre nosotros se enfría antes de siquiera acabar de disfrutar de ella. Me echo a temblar, y pronto Lyem me rodea con sus brazos y piernas desde atrás, me acuna contra su pecho y me cubre con sus brazos, depositando un beso en mi frente. Su voz, aunque intente infundirme tranquilidad y valor, no hace nada bueno con mis nervios.

     -No creo que esto tenga que ver con eso, Ery. El que perdieras tu virginidad, no ha originado esto.

     Gimo y envuelvo mis brazos a su alrededor.

jueves, 28 de marzo de 2013

Supernova 12

Capítulo 12

El corcel se detiene finalmente entre un par de árboles que se inclinan uno en pos del otro como si intentasen alcanzarse para tocarse mutuamente. Lyem baja, y me pregunto si es para quitar follaje del medio, para ubicarse o si hemos llegado, porque desde que nos internamos en esta lúgubre arboleda me ha parecido haber viajado en círculos como unos idiotas. No lo sé, quizá estoy equivocada. Total, no sería la primera vez y menos con Lyem cerca.

     Lyem coge las riendas del caballo y lo hace avanzar unos metros más conmigo aún sobre su lomo y las mantas en mis rodillas; en más de una ocasión debo bajar la cabeza para evitar golpearme con las ramas bajas y filosas, y al final, por fin, entramos en un reducido espacio entre los gigantescos cipreses y pinos que nos rodean. Bajo del caballo, Lyem toma las mantas y luego me guía de la mano por entre arbustos enormes, pinos enanos, rocas rompe-espinillas y el pasto silvestre y frío hasta la entrada de una cueva gigantesca, oscura y algo atemorizante. Pareciera ser la boca abierta de un lobo dormido.

     El aire dentro, pese a lo que yo creía, no huele menos a bosque que el de fuera, y me sorprende en gran medida lo profunda que parece ser la caverna. Andamos y andamos y nada que alcanzamos el final, el borde opuesto a la entrada. Lyem lleva una linterna en las manos y con ella alumbra parcialmente nuestro camino mientras serpenteamos entre las pequeñas rocas que se alzan como pedestales para sacrificios. En un momento se detiene, haciéndome imitarlo, me suelta y sus pasos resuenan contra la roca mientras camina alrededor de mí, a un lado y al otro. Al momento siguiente toda esa parte de la cueva ha quedado iluminada completamente con decenas de lámparas de aceite y algunas linternas más; podría pensarse que las sombras creadas por las llamas danzantes parecerían aterradores espectros, pero en realidad otorgan un aire apacible y casi hechizante no sólo al lugar, sino también al momento.

     Me tomo la libertad de pasear la mirada por el techo de nuestra cueva, que se eleva a casi un metro por encima de mi cabeza, y noto con un suspiro de alivio que no hay bichos ni murciélagos. De hecho no hay ni raíces inmiscuyéndose en la piedra, y eso se me hace extraño.

     En un momento dado escucho un sonido sordo, y al mirar a Lyem noto que ha dejado la manta en el suelo y se está desabotonando los primeros botones de la camisa beige. Trago saliva, aún no comprendo por qué. Él me sonríe de esa forma tan peculiar que le hace parecer un predador mirando a su presa, y lentamente se acerca a mí hasta que descansa sus manos en mis caderas.

     -Tengo algunas cosas planeadas para ti hoy, Lucero -murmura en mi oreja, atrapándome el cartílago con sus labios-, pero primero debemos encender el fuego.

    -¿Encender el fuego? -Me aparto un poco y lo miro, asombrada. ¿Para qué necesitamos una hoguera, no hay suficiente luz?- Creí que me ibas a enseñar la parte más esencial de tu anatomía, a darle cariño y todo eso que dijiste.

     Él ríe.

     -Sí, había olvidado que venimos de mundos distintos. Lo que quiero decir es que necesito preparación psicológica para estar... en condiciones y que todo salga como debería.

     Me cruzo de brazos.

     -¿Y eso exactamente qué implica?

    Repentinamente me empuja contra una de las paredes de la cueva y me besa duro, profundo, ávidamente. Respiro con dificultad cuando nos separamos, y pienso que jamás llegaré a acostumbrarme a estas abruptas acometidas suyas, aunque me encantan.

     -Me enloquece tu inocencia, lo juro -me susurra, y lame mi lóbulo con la punta de su lengua.

     -¿Qué tiene que ver eso con lo que te he preguntado?

   -Bueno, si no fueras tan inexperta ciertamente no estarías haciéndome preguntas ni mostrándote desafiante, Ery. Pero bueno, creo que de todos modos tienes algún derecho a saber algo, y por ahora sólo te diré que serás tú quien me prepare para tus cariños.

      -¿Y cómo haré eso?

      Se aleja tres pasos, se cruza de brazos y me sonríe. Su lobuna sonrisa burlona.

      -Para comenzar tienes que quitarte la ropa. Toda.

      Me coloro y entrelazo los dedos. Bueno, tampoco es como que nunca hubiera estado desnuda ante él en el pasado, y si me pongo a recordar cómo me besó esa vez... y dónde...

      -¿Al menos puedes darte la vuelta? -Mascullo sin querer mirarlo.

     -No. Desvístete lentamente y quiero que me mires mientras lo haces, todo el tiempo. Bueno, comienza.

      Trago saliva, pero no tardo en obedecer. 

      Primero me saco el suéter por la cabeza y lo dejo junto a la manta, luego me llevo las manos a la espalda del vestido y uno por uno suelto todos los botones hasta que el aire fresco se cuela al interior y me hace temblar ligeramente. Deslizo el vestido sobre mis hombros y dejo que caiga hacia abajo por mi cuerpo; miro atentamente a Lyem mientras lo hago, y no me pasa desapercibido cómo sus ojos siguen todos y cada uno de los movimientos de mis manos mientras trabajo sobre mi ropa. Salgo del vestido sacando un pie y luego el otro. Me quito las botas del ejército que Harper me regaló una vez y que suelo usar casi a diario por lo cómodas y versátiles que son, aunque no sean las más bonitas ni femeninas de todas. Al final termino con mis bragas y mi brasier, y pienso con cierta ironía que quizá en esta ocasión sí pueda volver con el cien por ciento de la ropa con la que vine.

      Lyem desliza su dedo medio por su labio inferior, valorándome, y no puedo evitar ruborizarme y cogerme las manos. Lo escucho cuando se acerca y se planta delante de mí, pero no alzo la vista. Él desliza entonces su mano por mi mejilla, acaricíándome el cuello, el cabello y un hombro.

      -Estás perfecta -murmura, y al mirarlo me percato de que habla consigo mismo. Nuestras miradas se encuentran y la suya quema, sus ojos verdes arden-. Ahora me tienes que desvestir a mí.

     -Pero yo...

     -Lo harás bien. Además, ya te he hecho parte del trabajo -se señala la sección desabotonada con una sonrisa maligna-. Sólo hazlo y podremos comenzar.

     Rayos, si no fuera por esta peligrosa curiosidad mía no creo que estaría haciendo nada de esto... ¿cierto?

     Deshago el resto de los botones de su camisa con relativa paciencia, pensando en Lyem como un maniquí en lugar de un hombre de verdad. No es que nunca haya visto un cuerpo masculino desnudo -bueno, en realidad así ha sido, pero ése no es el punto-, porque en los libros de anatomía en casa de Harper las ilustraciones eran bastante explícitas, pero un cuerpo de quince centímetros en dos dimensiones no despierta la misma impresión que uno de metro ochenta, cálido y vivo... Real.

     Deslizo la camisa abierta por sobre esos hombros anchos y fuertes hasta dejarla en el suelo junto a mi ropa. Luego me encargo del botón y la cremallera de sus pantalones, y suspiro aliviada al ver que tiene ropa interior puesta. Pantalones, zapatos, camisa y calcetines fuera. Lyem ha quedado sólo en ropa interior, pero no contento con todo lo que me ha hecho hacer, insiste en que acabe mi trabajo.

     -No creo que sea correcto -me niego como por cuarta vez, intentando retroceder.

    -Lucero, va a amanecer y nosotros seguiremos aquí. No pienso meterme en problemas con nadie por tu culpa y si nos tenemos que ir sin haber logrado nada... Joder, me voy a enojar mucho -masculla, avanzando e intimidándome.

     Suspiro y lo hago... Le quito los calzoncillos... Y es ahora cuando entiendo que lo que estamos haciendo no es sencillamente algo secreto, algo... entre nosotros. No. Lyem y yo estamos metiéndonos con cosas prohibidas. Lo nuestro, la extraña relación que compartimos y todo lo que hacemos en ella es un tabú para cualquiera con oídos y sentido común, aunque no para nosotros, y eso me hace sentir que, quizá, deseo esto aun con mayor intensidad.

     Entonces dejo la cobardía, la timidez, la inseguridad. Soy nueva en esto, esto no es necesariamente nuevo, pero estoy convencida que Lyem no se arriesgaría así si no estuviera completamente dispuesto a enseñarme y a comprometerse con lo que sea que estemos haciendo. No intuyo de qué va, pero quiero saberlo.

     De modo que ambos estamos desnudos, uno frente al otro, mirándonos. Me embebo de la visión de su cuerpo, permito a mis ojos vagar con curiosidad por todo su musculoso y firme ser, y cuando mis mejillas se coloran y el corazón se me acelera me percato de que me gusta el cuerpo de Lyem. Sí, me gusta. Yo ya sé que a él le gusta el mío, ya que siempre quiere tocarlo, pero en esta ocasión, cuando desliza la palma de la mano por mi vientre y hasta mi sexo, me recorre un escalofrío deliciosamente premonitorio.

     Me pregunto por qué.

     -Ven -toma mi mano y me conduce al otro lado de la caverna, donde una roca enorme se alza desde el suelo a la altura y con la forma justa para que él pueda tomar asiento y yo me pueda posicionar entre sus piernas; ahora soy una cabeza más alta que él. Lyem me hace sentar sobre su regazo con mis pies junto a sus caderas sobre la roca, de modo que mis piernas abrazan su torso; él mantiene las suyas levemente separadas debajo de mí, aunque no lo suficiente como para dejarme caer, y con su palma abierta y caliente cubre mi sexo-. Ahora, preciosa, quiero que me beses, lamas y muerdas detrás de las orejas y en el cuello, y a medida que mi cuerpo responda te haré saber que haces un buen trabajo.

     -¿Cómo? -Pregunto.

     -Tú sólo hazlo. Ya te darás cuenta.

     Me inclino sobre él para comenzar a hacer como me ha dicho, aunque admito sentirme algo ansiosa ya que no soy ni de cerca tan incitante como él, pero antes de rozar su oreja con mis labios me detiene y me aleja. Lo miro, perpleja, y Lyem se limita a sonreírme antes de inclinar su cabeza hacia mi pecho y comenzar a torturar mis pezones. Los succiona con fuerza, hala de ellos con los dientes, mordisquea toda la circunferencia de mi pecho y luego su lengua acelera en revoluciones alrededor, de nuevo. Mi dedos en su cabello van apretando el agarre a medida que los tirones en los músculos de la pelvis me van aumentando, me van estrujando, y sólo siento que escalo de nuevo.

      Justo como la primera vez, Lyem me deja con las ganas.

     -Detesto cuando paras -mascullo de mala gana. Él se ríe.

     -Pues entonces comienza con lo que te he pedido y puede que me apiade de ti -me responde.

      Justo ahora lo que me apetece es abofetearlo, pero eso no me ayudará a alcanzar la liberación, el borde del precipicio, así que suspiro frustrada y me dispongo a seguir sus instrucciones. Entierro mi nariz en su cabello, olfateo esa interesante y maravillosa fragancia a masculinidad, heno y algún aceite aromático de hierbas exóticas... Es delicioso. Aprisiono el lóbulo de su oreja derecha entre mis labios y tiro, mientras mi lengua lame y succiona como ha hecho él con mis pezones. Al poco paso del cartílago al cuello por debajo de la oreja, cerca de la mandíbula, donde comienzo a pegarle pequeños mordiscos que aprietan más y más mis músculos. Extraño. Restriego mis doloridos pechos y erectos pezones ansiosos de atención por su pecho, pego mi cuerpo más al suyo y siento cómo me corre una gota de humedad por el vértice de los muslos cuando sus manos grandes y poderosas aprietan mis nalgas, juntando su pelvis y la mía. Percibo cuando Lyem inmiscuye una de sus manos entre mis piernas y presiona sus dedos largos y cálidos contra mi sexo... contra el nódulo.

     ¡Oh por Dios!

    Comienza a mover su pulgar sobre ese nudito tan jodidamente sensible... en círculos, a derecha e izquierda, y mi espalda comienza a sufrir espasmos cuando intenta contra mi voluntad arquearse, pidiendo a gritos el orgasmo que tanto comienzo a desear. Sé que Lyem lo hace para distraerme, como cuando montamos con Laila, pero esta vez yo no quiero darle la satisfacción de saber que no podré pasar de él, que perderé la lucidez... Es probable que acabe perdiéndola, pero prefiero que sea bien tarde que temprano. Mientras su pulgar arremete, su dedo medio viaja adelante y atrás por mi sexo, untándome con mis propios fluidos en todos los lugares que puede alcanzar. Mis caderas despegan de sus muslos y siguen lentamente el ritmo de sus dedos. Cada vez me es más difícil seguir con mi tarea, cada vez es más difícil contener los gemidos y evitar apretar los dientes, y para empeorar mi precaria situación resulta que él tiene entre los dedos de su otra mano uno de mis pezones, y lo aprieta, lo retuerce y lo pellizca al compás de los movimientos de mi cuerpo, casi burlándose de mí. 

     En un momento dado me detengo, cuando sé que estoy a un movimiento más del maravilloso orgasmo, y me permito abrir la boca y gemir en espera de mi liberación... Pero él para.

     -¡Maldito seas, Lyem! ¡¿Por qué me haces esto?! -Intento que suene como un gruñido, una blasfemia, pero en lugar de eso parece un sollozo, un lamento...

     -Porque tú también te detuviste, y esto es dando y dando, Ery. Si tu dejas de estimularme, yo dejo de estimularte.

     ¡Será desgraciado!

     -¿Cómo quieres que me concentre en besarte si me andas haciendo eso? ¡¿Podrías dejar de tocarme el sexo para no seguirme torturando al menos mientras discutimos?! -Tomo sus manos y las alejo de mi cuerpo sólo para darme cuenta, completamente asombrada y perpleja, que aún hay algo haciendo presión en mi sexo desde abajo... Como si algo quisiera introducirse en mi cuerpo por ahí. Miro a Lyem, y él me observa con una media sonrisa astuta-. ¿Qué estás haciendo?

     -Creo que ya estoy listo para que me mimes -murmura apenas separando los labios, pellizcándome una nalga y haciéndome dar un respingo. 

    Me hace levantar de su regazo y separa más las piernas, ello me permite ver su miembro... crecido, erecto, casi demasiado dolorosamente. Me lo quedo mirando como si no acabara de entender nada, y no lo hago, de hecho; cuando lo desvestí estaba como en los libros de Harper, apuntando hacia el suelo, pero ahora... Incluso pareciera haber crecido unos centímetros. 

     No lo puedo creer.

     Lyem lo coge a todo lo largo y desliza su mano arriba y abajo con lentitud, con experiencia, como si lo acariciara con cariño. Me causa curiosidad, ¿yo también tendré que hacerlo?

     -Ahora, Ery, arrodíllate entre mis piernas y dame un beso.

     Permanezco de pie unos segundos más en los que sé que él me mira con atención, esperando que haga caso, pero yo no puedo dejar de mirar su mano y su impresionante miembro. ¿Todos los hombres pueden hacer eso o sólo es otro de los talentos de Lyem? Lentamente hinco las rodillas en el suelo y me arrastro hasta estar entre sus muslos, a centímetros de su pene. Alzo la cabeza lentamente, lo miro. Me estiro para darle el beso que me ha pedido, pero él niega con la cabeza y señala con un gesto su entrepierna.

     Oh, entiendo. El beso es allí. 

jueves, 14 de marzo de 2013

Supernova 11

Capítulo 11


Jueves. Finalmente.

     Son las once menos cuarto de la noche y yo me siento ansiosa y nerviosa, aunque también excitada. He resuelto ir al establo a reunirme con Lyem, justo como habíamos acordado, con la intención de hablar con él y plantearle mis pensamientos y emociones y ver qué logramos resolver. Quiero saber si esta amistad puede seguir en proceso de formación. Quiero que esta amistad siga en proceso de formación.

     He esperado pacientemente desde la cena y me he portado lo más dócil posible para tratar de tranquilizar a Harper y evitar que venga a darse una ronda por mi habitación para satisfacer su paranoica compulsión de vigilarme. También he evitado cuidadosamente reaccionar de forma especial ante la presencia de Christopher a lo largo del día y sobre todo en presencia de Lucía, quien permaneció vigilante desde su discreta y privilegiada posición de ama de llaves. Christopher y yo no hemos cruzado muchas palabras desde que fuimos descubiertos el día anterior, pero sus constantes miradas fugitivas y sonrisas fugaces me hacen saborear la idea de que tal vez no tengamos que cortar relación por esto.

     Justo ahora termino de acomodar las almohadas bajo la manta para que desde la oscuridad simulen ser mi cuerpo en un profundo estado de relajación; he aguardado pacientemente desde que la cena acabara a que Harper se fuera a dormir. Abro la venta cuando el reloj da las once en punto y me descuelgo hasta el suelo apoyándome de la misma rejilla que utilizó Lyem cuando me vino a visitar aquella noche. 

     Sí, aquélla.

     Escruto los alrededores. Aguardo en silencio y entorno los ojos atenta a cualquier movimiento. No hay nada. Avanzo rápidamente hasta los establos y tomo asiento en un banco al final del largo corredor, justo frente al cubículo que resguarda al caballo que inició todo esto... Cuando vi a Lyem por primera vez recuerdo haber pensado que era interesante, intrigante, pero jamás se me pudo haber ocurrido entonces que él sería capaz de hacerme todo lo que me ha hecho.

     Y ése es uno de los motivos por los que hoy me encuentro acá, aguardándolo. Él me ha enseñado mucho de mí misma, de mi cuerpo, y sospecho que hay mucho más para aprender y realmente quiero hacerlo, pero al mismo tiempo no puedo conciliar su agresión ni pasarla por alto. Necesito una explicación.

     Pero claro, yo estoy esperándolo, arriesgándome a ser descubierta y posteriormente encarcelada quién podría saber dónde y por cuánto, cuando ni siquiera estoy convencida de que él vaya a venir. ¿Y qué tal si sigue profundamente enojado conmigo? ¿Y qué pasa si ya no quiere enseñarme ni saber de mí? ¿Cuánto tiempo es prudente esperarlo antes de aceptar lo inveitable y regresar a mi blanca habitación?

     De pronto me siento triste.

     -No creí que vendrías.

     Me giro a la derecha y ahí está él. Lyem. Desafiante, socarrón y fascinantemente intrigante como sólo él puede serlo. Tiene una ceja enarcada y es como si una sonrisa bailoteara en sus labios sin decidirse a aparecer. Él se acerca a mí, pero permanece de pie. Me estudia.

     -Te dije que vendría. Cumplo con mi palabra -repongo. Él asiente una vez.

     -Creí que seguirías molesta -dice.

    -Nunca estuve molesta, me agarraste desprevenida. Creo que más bien estoy... algo consternada, y asustada. Ya no sé si confiar en ti.

     -¿No confiar en mí? -se burla- Eres tú la que es incapaz de mantener una simple promesa.

     -Dijiste que no me harías daño -lo acuso, y su expresión cambia. Sus ojos se cierran ante mí como si fueran las compuertas de la bóveda de un banco; se pone a la defensiva e incluso cambia su peso de un pie al otro.

     -Te lo merecías, Lucero.

     -¿Por qué, Lyem? ¿Porque un hombre que acababa de conocer me besó de imprevisto, tomándome por sorpresa? No sería la primera vez.

     Él bufa.

     -Porque no te retiraste espantada como lo hiciste conmigo. Porque consentiste su atrevimiento y te sumaste a él. Porque faltaste a tu palabra al haber permitido que te tocara ese gilipollas.

     Me levanto y lo encaro. No retrocede, pero su expresión se vuelve aún más cautelosa.

     -¿Qué problemas tienes con Christopher? ¿Por qué te molesta tanto que sea con él? Me agrada mucho, es muy buena persona y dulce además. No quiero dejar de tratarlo y de hecho no lo haré; Harper me ha limitado lo suficiente toda mi vida como para que vengas tú a querer controlarme también.

     -¿Cómo sabes que es buena persona, Lucero? Nunca antes habías conocido a nadie, así que no me parece que estés en posición de juzgarlo.

    -Precisamente porque nunca había conocido a otro distinto de Harper es que no estoy dispuesta a rechazar a Christopher, Lyem, y tampoco quisiera dejar de tratarte a ti... o más bien que tú dejaras de tratarme a mí -desvío la mirada hacia mis manos nerviosas de dedos enredados-. Me gusta estar contigo, no quiero que eso se acabe.

     Se hace el silencio por unos segundos. Tengo la tentación de mirarlo para tratar de adivinar qué piensa, ya que no puedo hacer otra cosa, pero me siento tan inusitadamente tímida que no puedo más que sonrojarme casi dolorosamente. 

     Finalmente le escucho suspirar. Me toma las manos y me alza la barbilla, obligándome a mirarlo.

     -Yo tampoco quiero dejar de relacionarme contigo, Ery. Eres... quizá demasiado interesante. Tienes razón, dije que no te haría daño y lo lamento. Me dejé llevar. Es sólo que yo lo conozco bien, Ery, nos criamos prácticamente juntos y sé que tiene la tendencia de seducir pequeñas ingenuas como tú, llevárselas a la cama y luego decepcionarlas y abandonarlas casi por deporte.

     -Pero yo de él sólo quiero amistad. No busco un amor ni mucho menos -y algo capta mi atención-. ¿Qué edad tienes?

     Él ladea la cabeza con curiosidad, y por fin esboza su tan característica sonrisa burlona.

     -Diecinueve -murmura cerca de mi rostro-. ¿Quieres seguir con esto, aún quieres que te enseñe?

     -Para eso he venido -asiento.

     Se inclina sobre mí y me besa. Suelto un jadeo amortiguado cuando su tan característica forma de allanar mi boca con presteza me toma por sorpresa. Estaba comenzando a acostumbrarme más a Christopher y su dulzura, su suavidad, su maravillosa lentitud... Aunque también me gusta esta ferocidad, esta rapidez. Casi como si Lyem quisiera tragarme.

     -Ven -se separa y me toma de la mano, llevándome casi en volandas fuera del establo. Allí espera ya un caballo negro-. Tranquila, no es Laila.

     Suspiro. Gracias a Dios.

     Lyem me hace montar en el lomo del tranquilo animal, me pasa un frazada que me coloco sobre las piernas y luego monta él delante de mí; justo como la última vez que hicimos aquello, me aferro a su cintura cuidando esta vez de no ser tan torpe como para rozarle la cremallera de los pantalones con los dedos.

     -¿Cuándo pretendes devolverme mis bragas? -Inquiero suavemente cuando el caballo inicia el recorrido bajando por el prado hacia una especie de bosquecito en el que Lucía me prohibió internarme. Bueno, ya no le tengo tanta estima luego de la reprimenda que le soltó a Christopher por algo que yo estaba disfrutando.

     -¿Devolvértelas? Al contrario, quiero seguir coleccionándolas.

     Tuerzo los labios. Menos mal que la compulsión controladora de Harper no llega al extremo de revisar mis cajones para asegurarse que todo está como debería.

     -¿Qué me vas a enseñar hoy?

     Él se lo piensa.

     -¿Sabes algo de anatomía humana, Lucero?

     -Por supuesto. Harper tenía varios libros en su biblioteca privada y yo me colaba allí para estudiarlos.

      -Bien. Hoy te enseñaré la parte más esencial de mi cuerpo y cómo tratarla.

     -¿Requiere un trato especial? -Pregunto. Lyem se ríe entre dientes; me gustaría saber qué dicho ahora.

     -Oh sí. Necesita mucho cariño y muchos besos, también. Me parece que esos labios tuyos serán perfectos para ello, y esa lengua tan hábil que últimamente has desarrollado.

     No respondo. Continuamos el recorrido en silencio. No puedo distinguir mucho por los alrededores debido en parte a que es una noche oscura y en parte a que dentro de esta tenebrosa arboleda es aún más oscura. Lyem -o más bien el caballo- parece saber exactamente por dónde ir y adónde dirigirse; yo sólo me pregunto cuándo llegaremos. Cierro los ojos y descanso mi cabeza en su espalda, aprovechando para abrazarlo ahora que él no puede intentar nada. En realidad me alegra mucho que hayamos podido resolver los problemas y que todo continúe como antes... al menos por esta noche.

     Me estiro y le rozo la nuca con mis labios. Le beso.

     -No... hagas eso o nos bajaremos aquí mismo -murmura entrecortadamente-, y tendré que saltarme la primera lección.

     Ello me sorprende.

     -¿Son más de una?

     -Con un poco de suerte, sí. Pero si yo fuera tú me quedaría muy quieto para no perderme ninguna.

      Oh Dios. Estoy ansiosa por descubrir qué me tiene planeado.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Supernova 10

Capítulo 10


Lucía contorsiona los músculos del rostro como si no supiera con exactitud qué emoción exteriorizar. La verdad es que ni siquiera sé qué siente por dentro, y me da algo de miedo intentar adivinarlo. Christopher se levanta de encima mío, se acomoda un poco la camisa blanca y se planta frente a Lucía; pese a que él es muchísimo más alto que ella, luce diminuto y algo sobrecogido. Lucía lo mira.

     -¡¿Qué estabas haciendo, por todos los cielos?! ¡Es una niña! -Lo regaña, escandalizada- ¿Sabes lo que haría el general Harper si se llegara a enterar de esto?

     -Probablemente me arrancaría las bolas -contesta él reticentemente.

     Otra vez ese comentario extraño de las bolas... ¿Será que es una expresión local?

     -¡Haría más que eso, y yo no lo detendría! -Lucía coloca los brazos en jarras- Eres un abusador, Christopher. Si hubieran llegado a hacerlo habría sido violación, según la ley.

     -¿Qué es legal en estos tiempos, Lu? -repone él encogiéndose de hombros y frunciendo el ceño como un niño malhumorado, observándola casi de modo desafiante desde su impresionante estatura. A mí ni me miran, Lucía sólo le monta la bronca a Christopher, y aunque en realidad fui yo quien comenzó a besarlo me alegra estar fuera del pleito.

     -¡Tienes veintitrés años, Christopher! ¡Ella tiene quince! ¡Tú eres perfectamente consciente de lo que haces... de lo que le ibas a hacer! Eres un sinvergüenza y debería avisar de esto al señor Quish.

    Christopher y yo reaccionamos a la amenaza dando un respingo. Los colores me huyen del rostro y repentinamente me siento, haciendo que Lucía me note quizá por primera vez desde que la reprimenda inició; Christopher, por otro lado, luce enojado y asustado, pero más que todo enojado. Yo no quiero ni imaginarme mi destino si Lucía cumpliera su amenaza de soplar nuestra situación.

     -Una vez me dijiste que mis relaciones sexuales no eran asunto tuyo, Lu. No te metas -masculla él de mala manera.

    -Eso es distinto. Si te metías con jovencitas de tu edad o mayores era asunto tuyo, pero ésta es una niña al cuidado de la cual estoy, y no pienso fallarle al general Harper sólo porque tienes las hormonas alborotadas. ¿Quieres acostarte con alguien?, entonces busca a tu prometida, que es con quien deberías hacer estas cosas.

     -No iba a cogérmela, sólo fueron unos besos inofensivos -se defiende.

   -¡No uses esos términos tan obscenos y ofensivos! Te he dicho que llames a las cosas por su correspondiente nombre; no le haces ninguna justicia a la excelente educación que se te ha dado a lo largo de los años -profundiza el ceño fruncido que le dedica a Christopher, mientras él intenta asesinarla con la mirada; los puños apretados le tiemblan a cada lado del cuerpo. Lucía suspira suavemente y menea la cabeza con reprobación-. Te estimo mucho, la verdad es que no quiero que tu padre te eche tan pronto ni que su amistad con el general Harper decaiga por tu insensatez. No diré nada, pero no quiero saber que te has reunido con ella en privado. ¿Fui clara?

     -Eres una entrometida -la acusa Christopher-. ¿Qué problema habría con que tuviéramos sexo? ¿Un poco de sangre? ¿Virginidad perdida? Te aseguro que después de unas sesiones Lucero me agradecerá muchísimo el haberla introducido a este mundo. Además... soy un caballero en la cama, muchas pueden decírtelo.

     -Si hay muchas es porque no eres ningún caballero -sisea ella-. ¿Qué pasa si la embarazas? ¿Cómo responderías ante el general, ante tu padre y ante la sociedad si fueras a ser padre de una criatura proveniente de otra criatura?

     -Lucía, me parece que andas un poco desactualizada, o no has follado desde hace algún tiempo -espeta él con algo de brusquedad. Lucía abre la boca, sorprendida-. Los maravillosos hombres que forman parte de la comunidad científica inventaron hace años algo llamado "preservativo", y te aseguro que es bastante eficiente. Sólo basta con que me lo ponga antes de penetrarla y eliminamos el riesgo de niños no deseados.

     -No puedo creer lo que estoy escuchando. Descarado, desgraciado y sinvergüenza. ¡No te permitiré entrar aquí nunca jamás!, si no los problemas los resolverás directamente con el general y su escuadrón de fusilamiento.

     -¿Por qué no vas a hacer algo productivo como... no lo sé, ¡lo que es tu trabajo en lugar de andarte metiendo donde no debes!?

     -¡Eso hago! ¡Cuidar de ella ha sido parte de mi trabajo desde que llegó! -Grita Lucía.

     -¡No voy a dañarla! ¡No voy a golpearla! Y si ella me pide que no lo haga, tampoco voy a tocarla. No soy un irrepetuoso.

     -Sí lo eres, y oportunista además.

     Ella se cubre la cara con ambas manos, presionando con fuerza. Miro a Christopher, busco sus ojos, intento captar su atención, pero él está demasiado alterado como para reparar en mi presencia. Me siento algo culpable por todo esto. Es por mi culpa que le están gritando y Lucía me deja fuera del regaño al asumir que no sé lo que estábamos haciendo, que él se estaba aprovechando de mí. Incluso... me causa curiosidad averiguar si eso de follar es en realidad tan barbárico y doloroso como me lo hizo parecer Lyem. Por supuesto, ése pensamiento es para mí exclusivamente, y pronto lo desecho.

     -Mira, no me importa lo que creas ni lo que digas, si no quieres que le vaya con la historia a quien pueda, como dijiste, arrancarte las bolas, será mejor que yo no te vea cerca de ella en un lugar apartado. Ahora sal de aquí y arréglate para la cena, pareces un vago. Y agradece que fuera yo quien los hallara.

     Él parece querer replicar algo, o quizá sencillamente se contenta con fulminar con la mirada a Lucía, pero finalmente suelta un suspiro largo y cansado, me mira una vez y sale de la habitación. Lucía le sigue de cerca sin dirigirme ni una palabra.

     Permanezco sentada en la cama, preguntándome si en verdad Christopher me lleva ocho años... No los luce. Me toco suavemente los labios, hinchados por tanto contacto, y pese a lo que acabo de presenciar no evito sonreír y desilusionarme a una vez: yo no quería que nos interrumpieran, realmente me gusta besarlo. Finalmente creo que soy capaz de entender qué encuentra Lyem de fascinante en tocarme, por que a mí me pasa lo mismo con Christopher; me gusta sentir su piel suave, me gusta oler su fragancia, besar cada parte. Me gusta que él me bese y me gusta que me toque. Aunque también me gusta besar a Lyem, pero no hay comparación.

     Suspiro suavemente. Me pongo en pie y me alisto para la cena, pues supongo que no estoy castigada ni mucho menos.

     Cuando bajo y llego a la mesa descubro que otra vez han reubicado a los comensales, y Christopher está sentado a mi derecha y a la izquierda de su padre; Harper sigue enfrente y ahora a su lado, justo delante de mí, está... Lyem. Un temblor me recorre la columna cuando lo veo. Aún no sé qué sentir ni qué decidir con respecto a él; no me gustó que me pegara, y tampoco que se atreviera a hacer que me corriera estando atada y amordazada como un vulgar animal. No obstante me es imposible no quedar atrapada en sus oscuros ojos verdes, en el misterio que lo envuelve, y aún me causa muchísima curiosidad saber lo que pretende enseñarme.

     Tomo asiento cuando Christopher retira mi silla, y luego lo tengo sentado a mi lado mientras el señor Quish eleva su mezquina oración de costumbre tras lo cual todos comenzamos a comer; está más relajado que cuando estaba en mi habitación gritándose con Lucía, e incluso me dirige una radiante sonrisa al advertir que me le quedo viendo. Harper no para de escrutarme como buscando algún cambio importante en mí que sugiriera... que Christopher y yo hicimos algo que quizá no debimos hacer -que sí lo hicimos, creo-, y sus constantes preguntas pronto me irritan al punto de hacerme fulminarlo con la mirada. ¿Cómo llegaron, fue rápido? ¿Qué hicieron después? ¿Saliste de la casa? ¿Adónde fuiste? ¿Quién estaba allí? ¿Volviste a encontrarte con Christopher? ¿Lucía estuvo cerca? A la mención del nombre del ama de llaves me sonrojo un poco, y al mirar a Lyem le veo enarcando una ceja inquisitiva y algo acusadora. Christopher no se atrevió a comentarle lo del picnic, y la verdad es que se lo agradezco, pero eso no impide que sienta que la paranoia de mi tutor tarde o temprano conseguirá averiguarlo.

     Luego subo a mi habitación y me preparo para dormir, reparando en que mañana es jueves y yo todavía no sé si verme con Lyem o dejarlo plantado, o decirle que se acabó.

     ¿Los correazos de veras fueron tan terribles? ¿Me sentí tan desmoralizada, tan maltratada y humillada como para cortar toda relación con él? ¿De veras quiero rechazar todas las promesas peligrosas que su sola sonrisa burlona esconde? Si lo hago entonces pasaría a ver a Christopher como mi posible amigo más obvio, pero ésa es la cuestión: ¿y si él no quiere una amistad conmigo? ¿Y cuándo lo volveré a ver?

     Me quedo dormida entre uno y otro pensamiento, y sueño con la noche en que Lyem me hizo tener mi primer orgasmo... cómo me besó, cómo me tocó. Imagino que es Christopher quien lo hace, que es su lengua la que recorre mi cuerpo en dirección sur, la que hace arquear mi columna y la que me saca ese ensordecedor grito de liberación... Sí, me gustaría hacer eso con Christopher.

lunes, 4 de marzo de 2013

Supernova 9

Capítulo 9


-Respóndeme.

     Christopher, hermosamente enojado, yace acostado a mi lado mientras me frunce el ceño en esperas de que le conteste. 

     Me muerdo el labio. ¿Qué debería decirle, la verdad? Sí estoy algo enojada con Lyem, también dolida y escandalizada por lo que se atrevió a hacerme. Christopher dice que los golpes entre amigos están bien, aunque no sé qué pensar. No quiero que despidan a Lyem por mi culpa, y aunque no lo entiendo, no quiero que Harper le quite sus bolas. Quizá después de la azotaina que recibí lo mejor y más prudente sería echar a Christopher y mantenerme tan lejos de él como sea posible. Pero sencillamente no puedo. Él es demasiado fascinante.

     Suspiro.

     -No, Christopher, nadie me ha golpeado -murmuro y aparto la vista.

    -Mientes, y como una descarada, Lucero -toma mi rostro entre sus manos para hacerme mirarlo-. ¿Quién lo hizo? ¿Trabaja aquí?

     -No.

     -Sí lo hace -exclama, molesto. Cierra los ojos por un momento y se pellizca el puente de la nariz-. Santo joder, papá se enojará muchísimo cuando se entere.

     Doy un respingo. ¿Enterarse? ¡El señor Quish ni nadie debe enterarse de esto! Quien lo sepa se lo dirá a Harper y...

     -¿Dónde está Harper? -Inquiero con un leve estremecimiento.

   -Él y papá no han vuelto, pero tan pronto lo hagan les informaré de esto -me mira, sus ojos relampaguean-. Encontraremos al desgraciado que se atrevió a abusar así de ti y...

     -Christopher, por favor, no lo digas. Harper se enojará muchísimo y habrá serios problemas...

     -Puedes apostar a eso -me interrumpe. De pronto alza una mano y tentativamente la coloca sobre mi muslo. Doy un respingo, hago una mueca de dolor. Él frunce el ceño aún más y se sienta en la cama, junto a mis caderas, observándome casi con indulgencia-. ¿Me dejarías ver el daño?

     Me tenso y me coloro. No quiero que vea las marcas. Ni yo misma las he visto, por lo que no puedo saber con exactitud qué tan graves son ni qué podría hacer él si las viera. Además, recuerdo que no llevo bragas.

    -Por favor, Lucero. Déjame ver. Tengo que evaluar el daño para saber qué tan severamente será castigado el culpable -hago una mueca, insegura-. Si lo haces quizá incluso podamos evitar el tener que recurrir a Harper o a mi padre.

     -De acuerdo.

     Ruedo sobre el colchón de cara a las almohadas, allí entierro mi rostro y procuro quedarme tan tranquila como sea posible mientras Christopher toma las faldas de mi vestido y las levanta hasta mis hombros justo como hizo Lyem, aunque con muchísima más gentileza. Escucho cómo el aire silba cuando sale a través de sus dientes apretados; sin necesidad de verlo sé que está terriblemente enojado, y el hecho de que se deba al daño que otro me ha ocasionado me enternece tanto que siento el impulso de sentarme y abrazarlo, pero me abstengo. Un dedo desliza sobre mi piel escocida y pego un saltito; luego toda la mano gentilmente delinea los que han de ser los cardenales aún rojos dejados por el cinturón. Usa ambas manos, seguidas de lo que supongo es su mejilla. Me coloro mucho, más allá de la raíz del pelo. Mi corazón inicia un frenético trote y secretamente esbozo una sonrisita. Me apoyo sobre los codos a tiempo de ver a Christopher inclinar la cabeza sobre mi escocida carne y besar mi piel, cada marca, cada parte dolorida. Sus labios son como un poderoso bálsamo que con cada contacto hace al dolor dimitir un tanto. 

     Luego se separa y me observa, su rostro surcado por una sonrisa triste.

   -Eres tan hermosa... No puedo creer que alguien se atreviera a marcarte de este modo -me besa de nuevo.

     -¿Está muy mal?

     Sus ojos y los míos se encuentran. La furia de nuevo brillando con el intenso azul, pero en lugar de apartarse y ponerse a pasear por la habitación como Harper tiene por costumbre cuando algo le disgusta, Christopher vuelve a tenderse a mi lado y rodea mi cuerpo con sus brazos en un abrazo bastante confortable, de hecho. Entierro mi cabeza en su pecho tentativamente, y me permito aspirar esa dulce fragancia que es su aroma. Su cuerpo es cálido y grande y me siento protegida en él.

    -¿Por qué quieres ocultar la identidad de tu agresor? -besa mi cabello- Sé que si lo vieras lo reconocerías, pero te niegas a darme información. No me gusta que se aprovechen de una niña tan dulce como tú, y saber que fue uno de los trabajadores de mi padre lo empeora todo -guarda silencio por un momento, meditando, me parece, y luego, aferrándome con más firmeza, pregunta-: ¿Por qué no llevas bragas?

      Porque Lyem me las quitó y al parecer tiene intenciones de coleccionarlas, porque ya van dos que no me devuelve. Pero claro, no tengo intenciones de decirle nada de esto a Christopher, y lo más sorprendente es que ignoro el motivo.

     Suavemente me encojo de hombros.

     -Por lo que más quieras, Lucero, dime que no te violaron -masculla en mi oreja.

   -Eh... no -pero claro, yo no entiendo qué quiere decir con eso de violar. Sin embargo encuentro prudente negarlo.

     -¿Estás diciéndome lo que quiero escuchar o lo que es la verdad?

     Y ya no lo resisto; sus labios en mi frente, su garganta contra mi nariz, su pecho enfrentando el mío, sus manos a mi alrededor... No puedo resistirme a él. Me aparto lo suficiente como para observar su más que hermoso rostro, muy masculino y bello. Deslizo mis dedos por su cabello ondulado y sedoso como plumas; con la vista delineo el contorno de su mandíbula, del cuello, de los labios. Sus ojos azules están abiertos y me observan con fijeza; sus manos trazan suaves caricias en mi espalda y la nuca. Me acerco y le beso la mejilla, luego la otra; ambos párpados deliciosamente suaves; la nariz fría y la barba de algunos días comenzando a crecer. Paso mis manos por su cuello, resigo el contorno de su clavícula con un dedo y lo llego hasta el final de la abertura de su camisa, sintiendo esa aterciopelada piel cubierta ligeramente de vellos en el pecho. Lo miro. Es hermoso, alucinante, muy guapo.

     ¿Cómo fue que me convertí en esto? ¿Cómo fue que pasé de ser una chica tímida, inexperta en todo tipo de trato con otros, a convertirme en esta persona que si tiene ganas de besar al maravilloso hombre que tiene al frente, lo besa? No sé si quizá me estoy perdiendo a mí misma o tal vez estoy evolucionando a una mejor versión, todo lo que sé es que me encanta cómo Christopher me besa, y por eso quiero repetirlo.

     Nuestros labios se tocan, se presionan, se unen, se abren. Nuestras lenguas se encuentran, danzan juntas, se rozan y se provocan. Contra mi voluntad agradezco a Lyem el haberme enseñado tan bien, ya que siento que mis movimientos son excesivamente naturales. No sólo me maravillo en cómo me besa Christopher, también me encanta cómo lo beso yo a él, cómo lo acaricio, cómo, lentamente, hago que trepe sobre mí y él logra que la protesta de mi piel escocida no sea más que ruido de fondo en mi cabeza. Me deleito en el tacto de sus manos viajando por mi cuerpo, por mis mejillas, cuello, hombros, cintura, caderas, muslos... Mi espalda se arquea y me pego más a él. Le escucho sonreír con un suave jadeo contra mis labios; toma mis piernas, las separa y las coloca flexionadas a cada lado de su cuerpo. Lo empujo más a mí.

     No sé qué me ocurre, no sé qué estoy sintiendo. De pronto los besos no son suficiente, me parece que quiero más de él, quiero entregarle más de mí, quiero ser parte del calor de su cuerpo mientras el mío ya se enciende en zonas tan reservadas que hasta hace poco no sabía ni que podían revivir con tal fuerza. Pruebo su boca, muerdo sus labios, lo abarco con mis manos... lo tengo tan a mi alcance que casi no lo puedo creer.

     -Eres una pequeña y encantadora cajita de sorpresas -masculla en mi oreja antes de morderme el lóbulo y tirar de él.

     -No le digas a Harper, por favor -ruego contra su cuello mientras sus labios y lengua arremeten tras mi oreja derecha-. Si se entera es capaz de llevarme a un calabozo donde él mismo pueda vigilarme las veinticuatro horas del día. Por favor, Christopher.

     -No quisiera que Harper te llevara lejos. Aún hay mucho que quiero conocer de ti.

     -Entonces guarda silencio. Yo también quiero conocerte mejor.

     Se aparta momentáneamente para obsequiarme una preciosa sonrisa complacida de dientes blancos y relucientes como perlas. Luego se inclina y besa mi nariz, mis mejillas, mis ojos, así como yo he hecho con él, y sus labios regresan a los míos con renovado fervor aunque también suavidad. Él es así: tierno.

     -De acuerdo, tú ganas. Mis labios están sellados... al menos referente a esto -añade con una sonrisa torcida-. ¿Sabes? Sé con seguridad que esta noche no voy a poder dormir pensando en ti. ¿Tú también te desvelarás pensando en mí?

     Sonrío tímidamente y mis mejillas coloradas reciben dos besos cada una.

     -Por supuesto. Mañana tendré un aspecto espantoso -me río.

     -No creo que eso sea posible en ti. Eres bella incluso cuando no pretendes serlo.

     Atrapa mis manos sobre mi cabeza y entrelaza nuestros dedos. Desciende, me lame los labios una y otra vez, abro la boca esperándolo pero no acaba de besarme. Resulta algo frustrante.

     -¡CHRISTOPHER EVERARD QUISH! -Grita una voz cerca de la puerta y al girarnos descubrimos a Lucía con el semblante pálido, los ojos abiertos de par en par junto con la boca y la ira apareciendo a intervalos en su rostro junto con la incredulidad.

     Christopher se tensa sobre mí y yo siento que debería estar profundamente avergonzada por haber sido descubierta en esta situación. De hecho, es así precisamente como siento.

sábado, 2 de marzo de 2013

Supernova 8

Capítulo 8


Lo miro de hito en hito, estupefacta. Debe ser una broma. Sí, eso es. Me repito una y otra vez, pese a los temblores que recorren mi columna, que aquello es una broma pesada y francamente nada graciosa de Lyem. No puede en serio creer que le dejaré pegarme. No puede querer pegarme en serio.

     -¿Y bien? Estoy esperando -murmura con voz aparentemente tranquila.

     Sigo sin moverme. Me pica mucho la cabeza y los brazos y cada célula de mi cuerpo me grita a voces que corra y chille tan fuerte como pueda, que salga de allí y acuse a Lyem con Harper o con el señor Quish; también, al fondo de mi cerebro, hay una voz que no para de llamarme estúpida por no haber regresado a la casa con Christopher.

     Oh. El corazón me da un vuelco cuando pienso en él.

     -¿Qué te ocurre, por qué estás tan enojado? -Me atrevo a tartamudear con algo de torpeza.

    -Te dejé muy en claro que soy el único hombre en este condado que puede tocarte, besarte o acariciarte. ¡Vi cuando tú y ese maldito embaucador se besaban! No lucías especialmente disgustada por ello, Lucero.

     ¿Embaucador? ¿Y con qué propiedad Lyem se refiere a Christopher con ese apelativo?

     -Lo siento mucho, de veras. Yo... no quería incumplirte, es sólo que... 

     Estoy al borde de la histeria, la desesperación y las lágrimas. Tengo mucho miedo ahora. No creo que él fuera capaz en serio de golpearme y menos con ese cinturón tan tosco, pero entonces yo no sé nada de Lyem, le conozco hace muy pocos días e ignoro si es un fanático loco del alemán y sus prácticas despiadadas.

     -Sí, ya lo sé -suspira de mala gana-. Es que él es deslumbrante, es que él es carismático, es que él es maravilloso, es que él... Me vale un maldito cuerno lo que tú pienses de él, Lucero. Te doy para escoger lo que quieres hacer a continuación: bien le pides que te folle hasta que desfallezcas o te pones en posición y te azoto diez veces. Escoge.

     -No entiendo eso de follar, Lyem...

     -Maldita sea contigo, Lucero. ¡Follar es que él coja su pene, te lo meta por el sexo y te embista una y otra vez hasta que lleguen al orgasmo! -espeta.

    Me tapo la boca con una mano y le observo horrorizada. Eso suena muy doloroso, sin mencionar humillante y barbárico.

     -No le pediré que me haga eso.

     -Bien, entonces te subes el vestido ya.

     Lágrimas corren por mi rostro.

     -Por favor -suplico entre el llanto. ¿Llanto por miedo a los golpes, por miedo a perderlo a él o a qué?-. No lo volveré a hacer. Seré cuidadosa y no... y no...

     -Sé que no lo volverás a hacer, Lucero. De eso me voy a encargar yo.

     Retrocedo hasta tocar la pared de madera con la espalda. Mis ojos recorren frenéticamente todo el lugar en busca de una vía de escape alternativa. No la hay. Lyem, con el cinturón en las manos, bloquea con su cuerpo la única entrada, y por cómo brillan sus ojos es evidente que no me dejará salir. De un momento a otro suelta el cinturón y yo albergo la esperanza de que esto no pase a mayores, esperanza que muere cuando él se acerca, me empuja y me somete no sin algo de dificultad sobre el suelo de tierra comprimida. Chillo, pataleo, me retuerzo y casi me ahogo cuando él desliza un rollo de cuero en mi boca, casi hasta mi garganta, de modo que mis gritos son absorbidos antes de siquiera salir. Luego une mis manos por detrás de mi espalda y las sujeta con unas riendas que tiene ocasión de alcanzar. También  ata mis pies, y lo siguiente que sé es que las faldas de mi vestido me cubren los hombros y he sido despojada de mis bragas. 

     No puedo ver lo que Lyem hace, sólo escucho sus pasos moviéndose por aquí, retirando o arrastrando este y aquel objeto, y luego me levanta las caderas y desliza algo como una gran piedra lisa debajo de mí, de modo que mi trasero se alza por sobre mi cabeza. Regresa con paso tranquilo a mi campo de visión y recoge el cinturón que había dejado caer. Palidezco. Me retuerzo con más ímpetu y las lágrimas pican detrás de mis ojos antes de iniciar la carrera por mi rostro. Si es por cosas como esta que Harper jamás dejó que conociera a nadie...

     La siento. La mordedura del cuero contra la carne de mi trasero. Un ardor terrible se esparce por mi cuerpo y hace que mi columna sufra espasmos. La acometida repentina me ha sorprendido lo suficiente como para que mi amortiguado llanto pare unos segundos.

     -Uno -masculla él, y enseguida el cinturón flagela de nuevo mi piel, aunque en esta ocasión un poco por debajo de la marca anterior-. Dos.

     Así continúa el suplicio, él contando cada golpe y yo intentando liberarme y sintiéndome desolada y abandonada a mi suerte. Para cuando llega al siete en su cuenta, yo ya he dejado de batallar y me limito a dar un respingo con cada nuevo azote, aunque sin dimitir mi llanto. Finalmente cuenta diez, pero ese lo recibo directamente de su palma abierta, no del cinturón. Luego siento que soy bajada de la piedra lisa y desamarrada en las piernas. Estoy demasiado agotada y humillada como para intentar patalear nuevamente y resistirme a sus manos cogiendo mis piernas y separándolas sobre el suelo de tierra; me quedo tranquila mientras lo hace, y aún no me muevo cuando se me echa encima y con sucesivos movimientos rápidos golpea mi trasero con su pelvis. Tiene algo duro dentro del pantalón que pareciera intentar inmiscuirse entre mis nalgas.

     -No he sido muy rudo contigo porque tu piel está desacostumbrada a este tipo de trato, pero la siguiente vez no habrá compasión -murmura jadeando en mi oído, como si estuviera cansado. Desliza una mano bajo mi cuerpo y me coge un pecho; lo aprieta, lo moldea, lo masajea. Cierro los ojos y me entrego a este contacto casi amable después de ser tan cruelmente maltratada-. Y no te follo aquí mismo porque no quiero estar lidiando con tu sangre después.

     El color me huye del rostro. ¿Sangrar? Es obvio ahora para mí que jamás follaré con nadie.

     Imprevisiblemente su mano está en mi sexo y uno de sus dedos se abre paso entre la carne hasta el nódulo sensible; allí comienza a masajearlo, a estimularlo como si fuera uno de mis pezones, y sorpresivamente esa parte de mi anatomía responde también irguiéndose, y es entonces que las terminaciones nerviosas se ponen alerta. Siento que escalo, cada vez más; más alto, más cerca del borde. Intento cerrar las piernas pero Lyem  lo impide sujetándome con las suyas. Mis caderas se separan del suelo con tal determinación que casi lo levanto a él también, y comienzan una lenta y tortuosa danza en círculos cada vez más frenéticos y agarrotados... Hasta que estallo, gritando, convulsionando, pero no se escucha más que mi respiración trabajosa. Él se levanta y me acuesta sobre mi espalda; tengo los ojos cerrados, no veo lo que hace, pero sí siento cuando vuelve a tenderse sobre mí. La dureza extraña dentro de su pantalón otra vez me golpea y empuja por la entrepierna, volviendo a estimular el nódulo y haciéndome temblar bajo el peso de su cuerpo.

     -Espero que hayas aprendido la lección, porque no me molestará volvértela a enseñar.

     Se levanta y me arrastra con él. Desata mis manos, me quita la bola de cuero de la boca y me acomoda el vestido aunque no me devuelve mis bragas.

     Doy media vuelta y salgo del cuartico sin pronunciar palabra y sin atreverme a mirarlo a la cara antes de marcharme. Recorro los establos en silencio, consciente de que los caballos me observan y, de seguro, se preguntan qué habré hecho para recibir semejante paliza... o a qué habré apelado para que Lyem fuera tan suave conmigo, según sus propias palabras. ¿De verdad me lo merecía? ¿Haber besado a Christopher fue una transgresión tan grave como para merecer ser atada y azotada en el suelo de un armario para el equipo de los caballos?

     Salgo a pradera abierta, al mismo lugar donde horas antes estaba tan feliz y pacífica en compañía de un hombre tan fascinante y cautivador como el hijo del dueño de la casa. Ya es de noche, los grillos cantan, y no me atrevo siquiera a alzar la cabeza con la esperanza de encontrarme alguna estrella brillando alta en el cielo; así de humillada y ultrajada me siento. O por lo menos eso supongo que siento. ¿Es eso? ¿O me estaré equivocando de nuevo? 

     Las lágrimas no han parado de correr por mi rostro, y de vez en cuando las acompaña una sorbida de nariz, pero ningún lamento, ningún resople. ¿Por orgullo? ¿Por vergüenza? Lo más probable es que sea por tristeza, pero aún no sé a qué. Advierto una sombra acercándose desde el caminillo de grava que conduce a la casona y sólo puedo cruzar los dedos y esperar que no sean Lucía ni Harper.

     No. Es Christopher.

     Va vestido muy sencillo con una camisa blanca ligeramente abierta en los botones superiores, un pantalón negro y sus botas de cuero de la tarde. Lleva el precioso cabello mojado, lo que me dice que se ha bañado hace poco, y por alguna razón ese pensamiento logra que me calme un poco. Él me ve y se acerca, pero no es sino hasta que estamos cara a cara que se percata de mis lágrimas.

    -¿Qué ocurre, pequeña? -su voz es dulce y suave, un arrullo, mientras sus pulgares enjuagan mis lágrimas- Una preciosura como tú no debería llorar jamás.

     Y en ello acabo de quebrarme. Retiro sus manos y escondo mi rostro húmedo en su pecho mientras me aferro a él con fuerza, sintiendo y casi saboreando los espasmos de mi llanto silencioso. En un segundo él me envuelve también y, de hecho, me alza en brazos y comienza a andar de seguro hacia la casa. No alzo la cabeza ni cuando Lucía lo detiene para interrogarlo sobre mí; él se la quita de encima pidiéndole que no haga preguntas y luego subimos las escaleras hacia mi habitación. Christopher me deposita con cuidado en mi cama y luego se sienta a mi lado; hago una mueca de dolor cuando mi trasero escocido entra en contacto con el colchón.

     Lloro y lloro. No parece que las lágrimas y los espasmos estén cerca de detenerse, y cuando parece que así será, todo vuelve con más fuerza. Finalmente, cuando siento que han pasado horas y horas desde que entramos aquí, paro. Me incorporo limpiándome el rostro con el dorso de la mano de una forma poco femenina, y me sorprendo cuando veo a Christopher aún sentado en la cama. ¿Ha permanecido aquí todo el rato?

     -¿Estás mejor? -murmura. Se acerca más a mí, se tiende de costado a mi lado y me acaricia el rostro.

     Asiento.

      -Lo lamento -farfullo débilmente.

     -¿Por qué, hermosa? Llorar no es pecado, pero sí me duele ver una carita tan linda surcada de lágrimas tan amargas. ¿Qué ha pasado?

     ¡Díselo!, sisea una furiosa voz en mi cabeza. Díselo y que ese bastardo de Lyem pague por lo que ha hecho. No la escucho, pienso que estoy demasiado sensible como para decidir hacer nada, porque si soplo que Lyem me golpeó... Bueno, no sé qué hacer. Christopher sigue esperando mi respuesta, sus sinceramente preocupados ojos escudriñando mi cara, y entonces hago una pregunta en lugar de responder.

     -¿Es normal que los amigos se peguen entre sí?

     Él frunce el ceño como si no acabara de entender lo que quiero decirle.

     -Pues... sí. Es común, sobre todo entre los hombres. Un golpe en juego, quizá un codazo o meter la zancadilla. ¿Por qué preguntas?

     -¿Y si uno de los amigos está molesto con el otro, también es normal que se golpeen?

     -En ese caso sí es malo, es algo más serio. ¿Por qué me preguntas esto, Lucero? ¿Qué pasa? -De pronto abre mucho los ojos, tanto que pienso que se le pueden salir de las cuencas. Se alza sobre su codo y me mira fija e intensamente con el entrecejo fruncido- ¿Alguien te ha golpeado, es eso?

viernes, 1 de marzo de 2013

Supernova 7

Capítulo 7


Sus ojos inspeccionan furtivamente mi rostro sin que Harper se dé cuenta. Me regala una sonrisa hermosa, inmensa, sincera, y mi corazón se derrite. Es muy apuesto, demasiado apuesto. No puedo creer que sea hijo del señor Quish.

     Christopher.

     Tiene el cabello ondulado y de un cremoso color chocolate claro. Su piel es como el caramelo más suave y aterciopelado, sin imperfecciones visibles. Sus encantadores ojos azules parecen destellar cada vez que sonríe, y esos dientes blancos que exhibe más a menudo de lo que nunca antes he visto hacer a alguien, son perfectos. Los pantalones y la chaqueta entallan los músculos firmes del torso, la espalda, las piernas y los brazos; es alto, casi más alto que Harper, pero presenta un aspecto apacible y tranquilo. Sé que me gusta desde el instante en que cruzamos miradas. También sé que mis mejillas seguro están coloradas.

     Christopher me tiende una mano ancha y fuerte como saludo. Al tomarla descubro que también es cálida y su apretón es firme.

     -Mi padre me ha hablado de lo mucho que el general Harper le ha hablado de ti -vuelve a sonreír y se me acerca más. Escucho el rechinar de dientes de mi tutor e intento no poner los ojos en blanco. No podría, de todos modos, atrapada como estoy en esos ojos azules-. Es un placer conocerte por fin, Lucero -deposita un beso en el dorso de mi mano.

     Asiento, porque no sé qué podría decir. Eso hace que los lugares donde Lyem me pellizcó por no responder verbalmente a sus preguntas, palpiten.

     -Bien. Tengo que irme a trabajar, el banco no se dirige solo -murmura el señor Quisquilloso con un aburrimiento evidente en su voz. Se vuelve a Harper y le dice-: Estás retrasado para tu reunión. Deberías irte.

     Él no le responde. Sigue con la vista fija en nosotros... más concretamente en mi mano aún enlazada con la de Christopher, que no me ha soltado ignoro por qué. Luego, casi por obligación, se vuelve a su amigo y asiente reticentemente.

     -Tienes razón -masculla.

     -Puedo llevarte -le dice el señor Quish.

     Harper se vuelve a mí.

    -¿Quisieras venir, Lucero? -me sorprende preguntando. Él jamás ha permitido que sus soldados me conozcan, jamás me había presentado a ninguno de sus iguales en el ejército, ¿y ahora quiere que lo acompañe a una reunión?

     Es Christopher. No me quiere dejar con él.

    ¿Por qué se comporta así? ¿Por qué no quiere dejarme habitar el mundo junto con el resto de la humanidad? He estado con Lyem desde hace unos días y no me ha pasado nada; con eso puedo demostrar que soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma. Esta vez sí pongo los ojos en blanco, aunque creo que sólo Christopher lo nota, y lentamente niego.

     -No. Preferiría volver a la granja, si eso está bien.

    -Me parece buena idea -salta el señor Quish antes de que Harper pueda decir cualquier cosa-. Christopher podría ir contigo y asegurarse que no te metes en problemas -añade para tranquilidad de su amigo, o eso supone él.

     -Por supuesto, cuidaré de ella -asiente Christopher con calma, dándome un ligero apretón en los dedos.

     Beso a Harper en la mejilla y arrastro a mi nueva compañía hacia el auto tan rápido como puedo para impedir cualquier tipo de queja. Antes de que me dé cuenta y pueda acabar de suspirar en paz, estamos dentro del auto ya camino a la finca. Veo cómo las escasas edificaciones del pueblo van paulatinamente convirtiéndose en praderas extensas, breves bosques y cabañas rudimentarias con animales de cría esparcidos por el frente. Pequeños niños juegan sentados en la tierra con unas canicas, mientras otros corren y se persiguen mutuamente. Esbozo una sonrisa triste. Si Harper no me limitara tanto quizá yo podría estar con ellos, pese a ser bastante mayor. Pero luego pienso en Lyem, en su cabello rubio tostado, en sus inquietantes y burlones ojos verde oscuro, en sus manos y sus labios por todo mi cuerpo, y el recuerdo de lo acontecido la noche anterior hace que me ruborice hasta la raíz del pelo y me remueva un poco en mi asiento. Justo ahora no me molestaría repetirlo; es más, me gustaría hacerlo. Me gustaría probar las otras cosas que él tiene pensadas para mí.

     -Harper te sobreprotege un poco, ¿no?

     Su voz ronca y suave me sobresalta; había olvidado que Christopher seguía allí conmigo. Volteo a verlo. Su rostro es muy apuesto, con una mandíbula cuadrada  fuerte que armoniza perfectamente con el resto de sus facciones. El cabello rizado despide brillos dorados cuando la luz del sol se posa en él. Es muy, muy hermoso, y yo me siento algo sobrecogida por estar aquí con él. ¿Podría albergar la casi absurda esperanza de que él también acabara convirtiéndose en mi amigo?

     -No tienes ni idea -murmuro, y él sonríe.

    Nos apeamos del vehículo a la entrada de la casa y escuchamos cuando el chofer se lo lleva para aparcarlo no sé en dónde. Lucía sale a recibirnos, su expresión coronada con una fulgurante sonrisa al ver a mi acompañante. Lo abraza calurosamente, y sospecho que tal bienvenida aprovecha la ausencia del amo de la casa.

     -¡Qué bueno es verte de regreso! -Le dice ella con una sonrisa radiante- Has de estar muriéndote de hambre. Haré preparar enseguida todos los platillos que te gustan, estarán en el comedor en media hora.

     -Vaya, así que es por tu culpa que mi padre dice que soy un niño consentido -le sonríe él de vuelta-. Me encantaría, Lu, gracias. Pero preferiría comer en los prados, ya sabes, con esa preciosa manta a cuadros que me regalaste una vez.

     Le guiña un ojo, y Lucía suelta una risita algo tonta antes de retirarse y perderse en el interior de la casa. Christopher entonces se gira y me mira.

     -Me gustaría que me acompañases, Lucero. De ese modo nos podríamos conocer mejor ya que siento curiosidad por ti.

     Y yo por ti, quiero decirle, pero me abstengo. Asiento, feliz de poder responder sin necesitar de las palabras  y que él no parezca enojado por ello o me pellizque. Me ofrece su brazo, el cual tomo y le sigo a los prados de la propiedad, inmediatamente ante los establos de los caballos. Allí ya están Lucía, con una cesta de frutas en la mano, y una manta a cuadros rojos y violetas extendida en el suelo. Mi acompañante vuelve a sonreírle de ese modo tan arrebatador y ella vuelve a ruborizarse antes de retirarse. Entonces él me invita a tomar asiento en la manta con un gesto y enseguida lo tengo al lado, revisando y esparciendo el contenido de la cesta. Quesos, uvas, manzanas y trozos de otras frutas; galletas, mantequilla, mermelada, chocolate y un poco de jugo de uva en una botella.

     -¿Sabes? Lucía me enseñó que la combinación de uvas y chocolate es deliciosa -parte un trozo de chocolate y me lo tiende, luego coge una uva y se la mete en la boca.

     También me como el chocolate, pero en lugar de masticarlo me estiro por el racimo de uvas. Christopher detiene mi mano y me besa tan pronto alzo el mentón para mirarlo. Bueno, en realidad no me besa, no como lo hace Lyem; más bien utiliza la lengua para abrirme la boca y deslizar la uva dentro. Se separa y, aún conmocionada y sorprendida, mastico el contenido de mi boca; cuando los jugos de la uva y mi saliva achocolatada se mezclan descubro que él tenía razón. Sabe bien.

     -¿Te gustó?

     -Bastante.

     -Bien -él sonríe.

     Al poco regresa Lucía con una sirvienta baja y regordeta que tampoco pierde la oportunidad de lanzarle miradas furtivas a mi acompañante y ruborizarse; ambas vienen cargadas con más platillos que sustituyen los quesos y las frutas. Luego se retiran y nosotros volvemos a estar solos.

     Christopher es muy conversador. Muy carismático. Eso me gusta mucho en él. Me habla de su vida en Irlanda, de cómo son las cosas en Nueva York, el tipo de gente que hay y las curiosas costumbres que tienen. Menciona las cosas que le gusta hacer, que prefiere la tranquilidad del campo al alboroto de la gran ciudad, y me relata algunas vivencias de su paso por el extranjero. Escucharlo resulta encantador, tiene una voz baja y tranquila que me agrada oír. Es relajante. Después me hace preguntas sobre mi vida en general, ahondando en los pequeños detalles que llaman más su atención. Cuando veo que la conversación no tiene futuro -no he hecho ni la millonésima parte de lo que él sí-, vuelvo a centrar la atención en sus historias y así, poco a poco pero de forma entretenida, el sol desciende en el horizonte y cae sobre nosotros. Christopher no ha vuelto a repetir lo de la uva ni a tocarme más que las mejillas en ocasiones y el cabello con un gesto distraído.

     -Has sido una compañía excelente, Lucero. Me encantaría volver a hacer esto contigo -dice al ponerse en pie y tenderme una mano para ayudarme-. Pero claro, tendría que ser cuando Harper no esté por los alrededores; sospecho que no le agrada que me acerque a ti.

     -No le agrada que nadie se acerque a mí -mascullo más alto de lo que pretendía.

     -Eso lo puedo entender -se acerca y coge mi rostro entre sus manos, acariciando mi piel con los pulgares, y perforándome con sus increíbles ojos. Se siente muy bien su tacto-. Eres una chica hermosa y allá fuera hay muchos granujas que intentarían sin dudarlo aprovecharse de ti. Es genial que tengas quien te defienda.

     Me lo pienso un poco. ¿Harper me defiende? Quizá sí impide que el peligro me alcance, pero también frustra cualquier cosa buena que pudiera sucederme. Es un poco excesivo, la verdad.

     -Quizá tengas razón.

     -Es probable que así sea. No vayas a tomármelo como presunción, pero suelo estar en lo correcto.

     Sonríe, aunque no con despreocupada afabilidad como hasta ahora lo ha hecho. Sus ojos, me parece, esconden algo, un secreto del que quizá quiero enterarme, pero no acabo de estar segura. Que me mire así hace que el corazón me lata con rapidez, y con fascinado desconcierto me descubro mirando fijamente sus labios llenos, claros, suaves... Christopher desciende sobre mí y nos besamos. Sí, nos, porque yo le respondo tan pronto su lengua roza la mía y sus labios inician su danza contra los míos. Me sorprende que mis movimientos de respuesta sean tan naturales, tan ligeros; definitivamente Lyem, con sus repentinas acometidas, me ha enseñado bien.

     Me gusta besar a Christopher. Lo descubro casi al instante.

     Él es muy dulce, muy suave. No tiene prisas, no me agrede, sólo me acaricia. Alzo las manos para deslizar mis dedos por su sedoso cabello castaño, por su rostro, por sus hombros. Él rodea mi cintura y me acerca más a su cuerpo, sus labios presionan con más urgencia pero el contacto sigue siendo etéreo, casi mágico. Me derrito. Él ha conseguido desarmarme por completo. No quiero que se separe jamás de mí, podría pasar mi vida entera unida a él de este modo... pero nos apartamos al escuchar los pasos de Lucía y alguien más por el caminillo de piedra.

     -A mí también me gustó besarte -susurra en mi oído, esbozando una pequeña sonrisa torcida-. También esto  podemos repetirlo, si gustas.

     No tengo tiempo para responder cuando Lucía y la misma sirvienta de hacía rato llegan y se disponen a recoger nuestro picnic. Luego ambas seguidas por Christopher regresan a la casona, y yo decido quedarme un rato con la esperanza de poder atisbar al menos una estrella antes de que Harper me obligue a regresar; su reunión ha tardado más de lo que yo pensaba, seguro está desesperado por volver conmigo y asegurarse que estoy viva. Exagerado.

     -Vaya. ¿Qué haces aquí, Lucero? ¿Don encantador no te invitó a acompañarlo en su cama?

     Me giro hacia los establos y allí está Lyem. Luce enfadado, muy enfadado, también serio y más enfadado todavía. Se acerca con paso tranquilo hasta donde estoy. Abro la boca para decirle algo, cualquier cosa, sintiéndome ahora avergonzada por haber besado a Christopher cuando le prometí a él que no permitiría que nadie me tocara, dándome cuenta que ya van dos promesas que incumplo. Pero recibo una fuerte bofetada que me hace soltar un jadeo en lugar de la justificación que estaba por dar. Las lágrimas me saltan al rostro y temblando de miedo lo miro. Él también tiembla, pero de rabia.

     -¿Besa bien? -Sisea. Se acerca un paso- ¿Te gusta cómo te besa? Podrías irlo a buscar y pedirle que te folle si te has quedado con ganas de más.

     ¿Follar? ¿Y eso qué es?

     -Lyem...

     De nuevo me abofetea, en la misma mejilla.

     -Quizá deba enseñarte por qué cuando te digo que nadie debe tocarte, es prudente que hagas caso. -Me toma del brazo con rudeza, justo por encima del codo, y me arrastra hasta los silenciosos establos, a un cuartico escondido que no vi ninguna de las veces que estuve ahí. Lyem me hace entrar y luego entra él, cerrando la puerta a su espalda. Enciende el bombillo desnudo que cuelga sobre nosotros y coge un cinturón colgado de un gancho en la pared.

     -Súbete el vestido y bájate las bragas. Creo que te mereces esos azotes que te prometí.