miércoles, 23 de enero de 2013

Supernova 2

Capítulo 2


Verde, azul, prados y hermosos paisajes son lo que se ve por la ventanilla de mi vagón del tren. Soledad, silencio, aburrimiento y tristeza es lo que vivo dentro de mi vagón del tren. Escucho cómo los otros niños ríen, juegan, se entretienen entre sí en un intento de no pensar demasiado que los han separado de sus familias quién sabe hasta cuando, o si será para siempre. Yo no tengo familia, más allá de Harper, así que lo que a mí me deprime es no poder estar con los otros pasajeros del tren, ser una marginada rara aquí, teniendo que responder con o no a las múltiples preguntas del soldado a cargo de vigilarme. ¿Quiere comer? ¿Quiere beber? ¿Quiere dormir? ¿Quiere que los haga callar? Ha sido una tortura.

     Gracias a Dios llegamos pronto a una de las paradas y el ferrocarril se detiene. Ésta es mi parada. Entre soldado y uno de los sirvientes bajan mis tres valijas hasta la pequeña plataforma de madera. Pareciera que el lugar está a mitad de la absoluta nada, y no me pasa por alto cómo los pasajeros del tren se amontonan en las ventanas para observarnos; de pronto, por alguna razón que no entiendo, me siento como un fenómeno de feria y sólo quiero que nos vengan a recoger para largarnos.
     Un coche llega, nos montamos en él y nos vamos. Bastante rato después nos detenemos frente a una casa ridículamente inmensa... no, más que eso, y allí reunidos, en la puerta, hay una veintena de mujeres con uniformes grises, tres hombres también uniformados y un anciano que, me parece, es el amigo de Harper.

     -Tú debes ser Lucero -dice el viejo tomándome la mano y estrechándola. Enseguida me da la impresión de ser uno de esos estirados que Harper siempre me dice que logran sacarlo de sus casillas, y eso me hace preguntar entonces cómo llegaron a ser amigos.

     -Sí, señor -contesto suavemente.

     Él me dedica una mirada escrutadora, asiente hacia dos mujeres y ellas se apresuran a coger mi equipaje e internarlo en la enorme mansión. Luego una tercera mujer, la que parece estar a cargo de las demás, me hace una seña con la cabeza pidiendo que la siga. El hombre aún no se ha presentado conmigo, vaya grosero, pienso, pero sigo a la mujer dentro de la casa y escaleras arriba hacia un extenso corredor.

     -Bienvenida, pequeña. Mi nombre es Lucía, soy el ama de llaves de la mansión y jefa del personal. Me encargaré de que tu estadía con nosotros sea lo más agradable posible, si me necesitas sólo debes llamar.

     Frunzo los labios en una mueca.

     -Quisiera salir a recorrer los terrenos, si no es molestia -le digo yo demostrando mi impaciencia por ser libre.

     -Claro, tan pronto el señor Quish salga al pueblo a realizar sus acostumbrados deberes como jefe del banco.

     -Me parece que el señor Quish no está muy contento con que haya venido. Me figuro que si aceptó es por su amistad con Harper.

    -Al señor no le agrada el ruido, ni las visitas, y la verdad es que creo que siente que tú serás precisamente la combinación de esas dos cosas. Yo no lo creo, francamente, pero deberemos tener paciencia y tratar de comportarnos al menos en su presencia -me lanza un guiño confidencial por encima del hombro al detenerse ante una puerta de madera y meter la llave en la cerradura. La verdad es que esta mujer me gusta de inmediato, y me maravilla indescriptiblemente cómo de fácil es relacionarse con ella. Eso me hace preguntar, no obstante, si las personas son o no accesibles dependiendo de su carácter, porque si es así el señor Quish y yo quizá no lleguemos a mucho; ha de recordarse que jamás he tenido que involucrarme con nadie ya que Harper se ha encargado de impedírmelo, pero eso es algo que espero cambiar aquí.

     La habitación por la que nos abrimos paso es grande, muy grande. Tiene una gran cama, un gran armario, un gran espejo, una gran cómoda, una gran ventana, un gran baño y una gran vista, pero es totalmente blanca. Blanco en las paredes, en la ropa de cama, en las cortinas, en el techo y el suelo, en el baño, en todo... Y podría resultar abrumador pero acaba siendo interesante cómo tanto blanco logra que los colores que se ven por las ventanas parezcan más vibrantes.

      Miro a un lado y mis maletas ya están aquí, y me pregunto frunciendo el entrecejo si eran tan rosas cuando Harper me las regaló. Lucía se mueve en mi campo de visión y eso me obliga a mirarla, ella me sonríe de una forma que me hace querer sonreírle también, y de hecho lo hago.

    -El señor Quish nos ha dado claras y contundentes órdenes de no mantener conversaciones contigo y no cruzarnos en tu camino a no ser que sea estrictamente necesario. La verdad es que me parece una tontería y una crueldad, pero él es el jefe y debemos obedecerlo. -El estómago me da un vuelco y de pronto me pesa. Sí, ya sabía yo que era demasiado bueno que Lucía hubiese compartido conmigo más de seis palabras como para que las cosas duraran mucho- Sin embargo -continúa en plan confidencial, haciéndome mirarla a esos suaves ojos cafés-, mientras seamos discretas pienso que no tenemos por qué obedecerle.

     Esboza una sonrisa enorme y yo la imito, sintiéndome por primera vez en mi vida aceptada y relativamente normal. Luego sale de la habitación y me deja sola para que me aclimate, pero tanto blanco no acaba de gustarme. Quizá el señor Quisquilloso no encuentre malo que yo decore un poco la habitación con óleos y cuadros y esas cosas.

     A las dos y cuarto de la tarde regresa Lucía con una bandeja de pequeños pastelillos dulces para mí y una taza con té caliente. Mi estómago enseguida agradece su consideración, y tomando en cuenta que el señor Quisquilloso no está, se queda conmigo mientras como y sorprendentemente me permite hacer preguntas que, más sorprendente aún, responde sin lucir irritada por mi curiosidad. Cuando he acabado de comer ella me hace un recorrido por la mansión y sus rincones, diciéndome qué es cada cosa, adónde puedo ir y adónde no, dándome los horarios para la cena, el desayuno y la comida, explicándome el protocolo de vestimenta y las costumbres del amo del lugar, diciéndome que tenga cuidado de no mostrarme muy alegre en su presencia y a cada palabra suya siento que el sr. Quisquilloso necesita una esposa. Harper insiste en que una mujer es la cura para los males que agobian a cualquier hombre.

     Salimos de la mansión y damos unas vueltas por los terrenos de la finca. Vemos los establos y los cientos de caballos que albergan, vamos al granero; vemos vacas, becerros, ovejas  perros, puercos... Animales de toda clase. Lucía me explica que puedo venir aquí siempre que quiera, pero que no debo incordiar ni molestar a los trabajadores y, sobre todo, no debo ensuciarme ni pensar en realizar alguna de las labores propias de una granja ya que al sr. Quisquilloso eso le molestaría terriblemente. ¿Qué no le molestaría al sr. Quisquilloso? Luego se va, diciéndome que debo volver antes de que oscurezca y que no me aleje demasiado de la propiedad. No hay mucho alrededor del lugar, de hecho, pero no quiero perderme en mi primer día y darle al enojón jefe de Lucía una excusa para poderme encerrar en mi habitación como hace Harper.

     Entonces decido ponerme a pasear por ahí, básicamente deshaciendo el camino hacia los establos. No imagino para qué quiere don Aburrido tantos caballos, debe haber unos veinte, ya que imagino que él no los monta desde hace muchas décadas atrás. En un cubo cerca de un caballo metido en su pequeño cubículo encuentro unas zanahorias grandes y anaranjadas, jamás había visto zanahorias así de enormes, y, al parecer, el caballo frente a ellas tampoco. Las mira con un aire de codicia y ansiedad tan intenso que siento una punzadita de compasión, tomo una zanahoria y se la acerco; después de todo esta criatura me recuerda un poco a mí yendo en el tren: muy cerca de lo que ansío pero encerrada y sin posibilidad de alcanzarlo. Él muerde un gran trozo y comienza a masticarlo como agradeciéndome, casi lo veo sonreír. Y, claro, yo también le sonrío.

     -De nada -le susurro.

     -Quizá él te lo agradezca, pero yo voy a tener que limpiar más por la mañana -giro la cabeza a la derecha rápidamente tras dar un leve respingo, y ahí, parado a unos metros, hay un muchacho observándome con la cabeza ladeada y una mueca disgustada en los labios, pero los ojos brillantes y divertidos. Miro mi mano ahora vacía y al caballo que pareciese decirme No le prestes atención, es un gruñón.

   -Lo lamento. No sabía que tenía un horario para comer -me disculpo rápida y torpemente, sorprendiéndome de lo caliente que siento la cara y de que, de pronto, quiero desviar la vista.

     -Todos tenemos un horario para comer -me replica con voz impasible, aburrida-, incluso tú. Debes ser la... protegida del general Harper. Se nos ha dicho que no hablemos contigo.

     Alzo la vista y lo miro. Ahora me recorre de arriba abajo valorándome, como intentando ver qué tengo de especial como para que don Aburrido me acogiera en su casa. Debe ser toda una sorpresa para la servidumbre de la granja, pienso mirándolo. Y repentinamente, ignorando el porqué, no quiero que este muchacho obedezca la orden de su jefe, luce interesante y quisiera conocerlo un poco más. No debe ser mayor que yo por muchos años.

     -¿No hablarás conmigo? -Pregunto tímidamente, sintiendo que el rostro de nuevo me quema. Él se encoge de hombros.

     -No me pagan lo suficiente por ignorarte, pero si me metes en problemas más te vale no volver por aquí.

     Pese a su amenaza, sonrío abiertamente muerta de alegría. ¡Por fin voy a tener un amigo! O conocido, al menos. Pero con poder hablar con alguien libremente me contento. Él abre los ojos considerablemente y me observa fijo hasta que un leve color rosadito le invade las mejillas.

     -Qué sonrisa tan bonita tienes -me dice como intentando restarle importancia-. Por aquí las dentaduras no pasan del amarillo pus y no es muy agradable cuando te sonríen -se acerca hasta nosotros (el caballo y yo) y me tiende la mano. Descubro que es bastante más alto que yo-. Soy Lyem.

     -Me llamo Lucero, pero Harper me dice Ery -contesto.

     Lyem esboza una sonrisa burlona y otra vez ladea la cabeza, esta vez apartando al caballo por la cara y apoyándose de la pequeña puerta.

     -¿Y cómo quieres que te llame?

     -Me gustaría Ery -digo luego de pensármelo por un minuto.

     -A mi también. Es lindo, corto y sencillo. -Me coge de la barbilla con tres dedos y me la levanta para estudiarme el rostro más atentamente; no sé por qué aguanto la respiración mientras él prosigue con su examen, y cuando se da por satisfecho fija sus ojos verde oscuro en los míos y me recorre la mejilla y el cuello con las yemas de sus dedos. El corazón se me desboca, éste es más contacto del que hubiera tenido con nadie en toda mi vida.

     Intento retroceder sintiendo que todo esto es muy abrumador, tengo que ir con calma en este mundo nuevo de las relaciones personales con otros, pero Lyem no permite que me aparte cuando me sostiene de la nuca con firmeza. Sus ojos brillan de un modo que no alcanzo a leer, y no es que yo sepa leer ojos, pero por alguna razón me inquieta. Se inclina lentamente luego de largos minutos de silencio y se detiene justo ante mi rostro, cuando ya no soy capaz de distinguir sus facciones claramente de tan cerca que estamos; sin embargo, le veo esbozar una suave sonrisa.

     -Voy a besarte, Ery. Puedes detenerme si quieres -murmura ya contra mis labios.

     ¡Detenerle! ¿Cómo voy a detenerle después de que me ha dicho eso y yo apenas consigo continuar respirando? He visto a jóvenes parejas compartiendo un beso, también he leído acerca de ellos en las novelas románticas que ojeaba a escondidas en casa de Harper, pero jamás, nunca jamás, yo he compartido un beso con nadie. ¿Cómo hacerlo si no podía hablar con el resto de la población en general? Más aún ésta es la primera vez que intercambio más de dos oraciones con alguien distinto de Harper, y más recientemente Lucía, así que ¿cómo se supone debo comportarme?

     Lyem vuelve a sonreírme, esta vez más sutilmente, y apenas puedo inspirar entrecortadamente cuando siento sus labios suaves y tibios sobre los míos. Su boca se mueve de un modo que me da a entender que él sabe lo que hace, probablemente ya haya besado a otras chicas, pero mis alarmas se disparan cuando me mete la lengua en la boca de modo imprevisible, como buscando la mía. Me separo con los ojos abiertos de par en par y la respiración agitada, mirándolo como si tuviese dos cabezas; él, por otro lado, vuelve a lucir su sonrisa burlona y sus ojos brillan.

     -No has besado a muchos hombres a lo largo de tu vida, ¿cierto? -Pregunta con una vocecilla algo pedante.

     ¡Pues por supuesto que no! ¿Cómo se le ocurre, apenas tengo quince años? Niego suavemente con la cabeza, aún impresionada con su intento de agresión. ¿Acaso los  besos de verdad son así? ¿O este muchacho en verdad no sabe nada de nada? Quizá le recomiende algunos libros para que se instruya.

     Lyem avanza el paso que yo interpuse entre nosotros y me coge de la cintura, atrayéndome a su cuerpo con una firmeza de quien sabe exactamente lo que está haciendo. No puedo evitar mirarlo como a la criatura más extraña, quizá peligrosa pero sin duda fascinante de todas. No es que yo sepa mucho del reino animal, tampoco... pero él es especial, no lo dudo.

     -Eres muy hermosa, Ery, ¿cómo es que ningún hombre ha intentado besarte antes? -Él no sonríe, pero yo siento que se está riendo de mí a un nivel que sólo alguien socialmente experimentado puede entender. Así que yo no lo hago.

     -Harper no dejaba que nadie se me acercara ni siquiera para charlar -repongo encogiéndome de hombros.

     -¿Nunca? -Inquiere, y yo siento cómo su voz se vuelve más ronca y cómo sus brazos me aprisionan más fuerte.

     -Nunca.

    -Entiendo -murmura distraidamente, mirándome.

     Y de repente me suelta. No se aparta ni deja de mirarme, continúa con sus profundos ojos verdes clavados en los míos y ya no siento necesario que me toque para que el mundo se reduzca a nosotros dos y ya. ¿Es normal eso? Con Lucía no lo sentí así, aunque puede deberse al hecho de que ella... No sé. La verdad es que soy una antisocial por obligación y no sé qué pensar.

     -El señor Quish parte al pueblo luego del mediodía todos los días, y no regresa hasta las seis. ¿Por qué no te paseas por aquí mañana y te enseño a cabalgar? -murmura con suavidad al tiempo que desliza los dedos por mis mejillas y se inclina más hacia mí.

     -¿No se enfadará Lucía? -Pregunto a mi vez.

     Él bufa y pone los ojos en blanco.

     -Esa arpía sabe que los caballos deben ejercitarse para estar saludables, y me importa un bledo si se molesta porque me ayudes -calla por un momento-. Sin embargo, te llevaré a un lugar desde el que no se nos vea fácilmente. ¿Vienes?

     ¿Arpía? Lucía a mi no me dio esa impresión, me parece que es una buena persona y fue muy amable conmigo. ¿Con él se comportará diferente, será estricta? ¿Tendrá razones para serlo?

     -De acuerdo -logro musitar aún sintiéndome algo... intimidada, quizá. Lyem vuelve a sonreír, se inclina sobre mi y esta vez sólo me estampa un beso en los labios, sin intentar invadir mi boca como antes; eso, no obstante, no impide que el corazón vuelva a redoblarme el ritmo.

     -Tenemos que trabajar en tu forma de besar, Ery. Me parece que sólo necesitas unas lecciones y a un buen maestro -murmura en mi oreja, rozándome el cartílago con los labios. Luego se endereza cuan alto es, coge la cubeta con las enormes zanahorias y se va del establo siguiendo el camino que utilizó para venir sin mirar ni una vez atrás.

   Miro al caballo a mi lado, que me observa a su vez con interés.

     -¿Todas las personas son así de... intensas o sólo es él?

lunes, 21 de enero de 2013

Supernova 1

Capítulo 1


Miro por la ventana el nublado, frío y gris día que hace. Nada fuera de lo común en Londres, pienso aburrida. Las enormes nubes abovedan el cielo como si quisiesen custodiar una valiosa reliquia y de ese modo impidieran la entrada de forasteros. Bajo mi cuerpo el asiento vibra. Eso es porque el coche lleva encendido unos veinte minutos y el general Harper no acaba de subirse para podernos ir.

     Finalmente. Se despide del funcionario que ha de quedarse a cuidarle la propiedad, se sienta en la parte trasera del vehículo conmigo y me dedica una sonrisa antes de indicarle al chofer que puede avanzar. Él parece más entusiasmado que yo. Cualquiera, de hecho, parecería más entusiasmado que yo. Aunque no vale afirmar que yo sea muy risueña, en verdad. No, más bien soy curiosa, preguntona y en algunas ocasiones fastidiosa, pero eso es porque a veces yo también me fastidio. Me fastidio de estar sola.

     No es que el general suela encerrarme en mi habitación. No. Eso ya lo hago yo porque prefiero mi habitación a una enorme casona donde nadie me dirige la palabra, donde nadie me mira a la cara, donde nadie está interesado en intercambiar conmigo ni dos palabras. Y para agravar mi ya deprimente situación, resulta que me van a enviar en tren a no sé donde, lugar que acaba siendo la enorme granja de un amigo de Harper en la cual, no me cabe duda, tampoco nadie me hablará.

     Suspiro.

     No es que sea la única a la que envían al campo, los otros niños de Londres, todos, tienen la orden expresa de ser dirigidos a un lugar más seguro en un intento de protegerlos de los aviones bombarderos que constantemente hacen volar edificaciones, comercios e incluso a las personas. Han instalado alarmas antiaéreas por todas partes, pero no tienen un cien por ciento de efectividad. Todo eso, claro, porque allá en Alemania hay un loco que de pronto decidió que quiere gobernarlo todo, y al parecer lo está consiguiendo.

     -¿A qué parte de Inglaterra me vas a mandar? 

     Me giro y le pregunto, aunque me lo ha dicho varias veces, pero esta vez tengo otra pregunta para hacerle tan pronto reciba respuesta. Harper me observa con sus ojos azules y esboza una sonrisa enorme.

     -A Devon. Te gustará el lugar. Hay prados enormes, muchos animales de granja, un lago cerca de la casa de mi amigo...

     -¿Y yo podré salir de la casa? Digo, ¿pasear por el prado y por el lago?

     Abro los ojos con sorpresa y me pregunto cómo será eso de gozar de un poco de libertad, poder quedarme fuera y hacer lo que yo quiera, tumbarme en el césped y mirar el cielo... En fin, no estar encerrada entre cuatro paredes como ha sido siempre con Harper, que parece tener un imperioso deseo de mantenerme enjaulada todo el tiempo.

     -Por supuesto que sí -dice tranquilamente, pero luego como que la expresión le cambia y ahora está serio-. Pero no quiero que hables con extraños ni con la servidumbre, ¿entiendes?

     Suspiro, giro la cara hacia la ventana de mi derecha y pongo los ojos en blanco. Ya lo sabía yo. Sabía que no me dejaría intentar entablar amistad con nadie, y la verdad es que ya comienza a fastidiarme. ¿Qué tengo de malo como para que no considere seguro dejarme hablar con nadie? ¿Por qué nunca me presenta a sus compañeros del ejército, nunca me lleva a los bailes y jamás me deja recibir los paquetes que llegan a casa? ¿Qué problema tiene con que tenga, al menos, un conocido?

     -Promételo, Ery -insiste.

     No me doy por aludida. Quizá si hago silencio y me finjo sordera pueda evitar prometerle algo que, espero, no lograré cumplir después. Pero Harper, implacable, me coloca una mano en el hombro.

    -De acuerdo, lo prometo -acabo suspirando.

     Llegamos a la estación del ferrocarril. Hay muchos niños de todos los tamaños y edades, muchas mujeres llorosas despidiéndolos y muchos oficiales intentando hacer entrar a todos los menores. No puedo evitar detenerme por completo y observarlos como si fuesen de otro mundo. Van vestidos muy humildemente, algunos acarreando pequeños bolsos que se cuelgan al hombro, pero lo que a mí más me sorprende es la cantidad de ellos que hay.

     ¿Tantos niños y jamás tuve un solo amigo? Harper ha logrado su cometido.

     Dándose cuenta de que no lo sigo, se regresa, me coge de la mano y seguimos a un par de oficiales que nos abren camino hasta un vagón del ferrocarril cercano al final. Allí están mis tres maletas. Harper sube conmigo al vagó y, en lugar de mirar la tapicería de los muebles, las cortinas en las ventanas o tan siquiera el techo o el suelo, lo que hace es dirigirse a una de las puertas que conecta este vagón con el de al lado y hala de la manilla. La puerta no se abre. Luego camina rápidamente hasta la puerta del otro lado, intenta abrirla pero nada. Yo sé lo que hace, está comprobando que nadie sale ni entra en mi vagón. Incluso cuando nos vamos a dejar de ver se asegura de mantenerme tan aislada del resto de los chicos como sea posible.

     Suspiro derrotada, y él me voltea a ver.

     -Tranquila, nuestra separación no durará mucho. Lo prometo -mira la hora en su reloj dorado de bolsillo, ese del que nunca se separa-. El tren está por partir.

     Y en efecto, se hace escuchar el silbato y, una tras otras, las diferentes puertas del ferrocarril cerrándose. Harper me mira y es como si no supiera exactamente qué gesto es el apropiado para la despedida que estamos desarrollando; yo tengo muy claro que probablemente no nos volvamos a ver nunca ya que él tiene que pelear contra el alemán loco, y es por eso que tomo la iniciativa y le doy un fuerte abrazo. Yo tampoco soy buena con el trato personal, y todo es culpa suya.

     -Cuídate -me dice al separarnos-. Y recuerda que...

     -No debo hablar con extraños -completo-. Me lo has repetido cientos de veces.

     -Lo sé, es que... -aprieta los labios y al final decide no completar su respuesta. ¿Es que qué?- Nada, sólo no te metas en problemas.

     Da media vuelta y baja del vagón, las puertas se cierran con un golpe seco y nuevamente estoy sola y encerrada, aunque esta vez con la posibilidad de redimirme en Devon. Cuando tomo asiento y miro por la ventanilla de la puerta de la izquierda me doy cuenta que el vagón de junto está completamente abarrotado mientras yo tengo espacio más que de sobra; lamentablemente es probable que Harper diera instrucciones de no permitir que nadie se me acerque, y tengo por seguro que, hasta que llegue a Devon, van a cumplir las órdenes.

domingo, 20 de enero de 2013

Supernova

Prólogo


En la silenciosa y quieta calma del espacio, un ruido se hizo escuchar. Fue como ninguno que hubiese resonado antes en la vasta oscuridad, y con tal potencia que hasta en el interior de un voraz agujero negro habría podido oírsele. 

     Era una explosión.

     Estela aseguró a la pequeña criatura durmiente, que entre sábanas verde esmeralda ignoraba el caos que se desataba a su alrededor, en la cápsula de escape que la salvaría del inminente desastre. Ya muchos habían muerto, tantos que resultaba más fácil contar a los sobreviviente, pero ella, esa pequeña niña, no podía morir.

     ¿Adónde la enviaría? ¿Qué lugar en el universo sería lo suficientemente seguro como para esconderla? ¿O quizá un lugar seguro no era la mejor opción? Tal vez lo más sensato fuera enviarla a donde a nadie se le ocurriera buscarla, y en ese caso Estela conocía el lugar.

     Se introdujo con la pequeña en la cápsula, activó el sistema de eyección y ambas fueron expulsadas al vasto, frío y peligroso espacio negro en dirección a una bolita de tierra y agua donde se desarrollaban criaturas algo... feas. No obstante, serían quienes mejor se encargarían de la bebé.

     El aterrizaje fue rudo incluso para Estela, y al salir de la estropeada y pequeña nave con forma de esfera en la que habían viajado, notó que la evolución terrestre no iba muy avanzada. Habían acabado en algo como un enorme trozo de terreno donde el suelo parecía completamente cubierto de polvo rojizo que se elevaba en remolinos cuando el viento soplaba. Por todo el lugar resonaban con fuerza sirenas y pequeños estallidos, pero por lo demás, no parecía haber ni vida ni movimiento. ¿Se habría equivocado de sector?

     Una criatura apareció entonces por la puerta de una construcción..., de una casa, y al ver a Estela con la pequeña en brazos no hizo más que sorprenderse. 

     Porque eso estaba, ¿cierto?

     La criatura no era muy diferente de ella misma, de hecho, pero él no brillaba, era bajo y la piel de su rostro estaba curtida y maltratada por el sol; aún así a Estela le pareció que tenía buenas intenciones, que no era malo, y tan desesperada como estaba sólo pudo avanzar lentamente hasta donde el humano la miraba.
     
     -Estamos en peligro -le dijo con más urgencia de la que se había escuchado antes en su voz.

     Él la estudió por unos instantes antes de siquiera pensar en abrir la boca. 

     -¿Quiénes?

     -Todos.

     El humano asintió con gesto grave, y a Estela la impresionó un poco darse cuenta de que esta criatura de intelecto inferior realmente le creía, estaba dispuesta a escucharla y entendía, al menos de cierta forma, lo acuciante de la situación. ¿Habría tenido de veras tanta suerte?

     -¿Qué podemos hacer? -Preguntó el humano.

     -Nosotros, nada. Ella -destapó suavemente el rostro del pequeño infante para que el humano pudiera verlo. Era una niña linda-. Debemos esconderla y protegerla hasta que cumpla seis semanas... Creo que en tiempo terrestre serían unos dieciséis años.
  
     Estela nunca fue muy buena con los cambios y cálculos entre planetas, pero la Tierra era uno de los que había estudiado minuciosamente por si algo como lo que estaba pasando en su mundo amenazaba la existencia del cosmos. El humano observó a la niña dormida como si no acabara de entender qué exactamente le estaba pidiendo Estela.

     -Debes jurarme que la cuidarás. No permitas que nadie le haga daño, de ella dependemos todos.

     -¿Cómo hará para pasar desapercibida si luce como tú? -El humano miró a Estela.

     -Su aspecto se adapta para semejar al de sus...

     ¿Qué tan difícil podía ser comunicarse en una lengua tan gutural, torpe y antinatural como la que manejaban los terrícolas? 

     -Entiendo. Juro que la cuidaré. ¿Cómo saber cuando la amenaza esté controlada?

     -Mientras veas... estrellas fugaces surcando el cielo, no estaremos a salvo.

     Estela le entregó el pequeño bulto movedizo al humano con sumo cuidado, y con un extraño gesto de la mano se despidió de su pequeña protegida. Dio media vuelta para volver a la cápsula y justo entonces el terrícola la llamó.

     -¿Cuál es tu nombre?

     -Estela -respondió ella-. Guerrera en jefe de la Legión Fugaz.

     -¿Y ella?

     Estela se volvió y contempló al humano algo confundida por su interés en saber repentinamente sus nombres. ¿Sería acaso un modo de tratar de controlar los nervios? Sin duda alguna era una tarea monumentalmente importante la que estaba descargando sobre tan débiles hombros, pero era eso o presentar a la niña como ofrenda a... la cosa.

     -Ella es Lucero. Y una cosa más: no debes permitir bajo ningún concepto que se enamore.

     -¿Qué ocurrirá si no puedo cumplir con eso?

     -Tu planeta explotará violentamente y ninguno conseguirá salvarse.

     Luego ya el humano, de ojos azules y cabello caoba con algunos pelos grises, se internó en su pequeña casa y desde la ventana se dedicó a observar cómo el orbe espacial de Estela salía a toda velocidad de la atmósfera del planeta. Llevaba a la pequeña Lucero entre sus brazos, y se preguntó cómo haría para explicar en el cuartel que, de pronto, tenía una niña de la que debía hacerse cargo.