domingo, 20 de enero de 2013

Supernova

Prólogo


En la silenciosa y quieta calma del espacio, un ruido se hizo escuchar. Fue como ninguno que hubiese resonado antes en la vasta oscuridad, y con tal potencia que hasta en el interior de un voraz agujero negro habría podido oírsele. 

     Era una explosión.

     Estela aseguró a la pequeña criatura durmiente, que entre sábanas verde esmeralda ignoraba el caos que se desataba a su alrededor, en la cápsula de escape que la salvaría del inminente desastre. Ya muchos habían muerto, tantos que resultaba más fácil contar a los sobreviviente, pero ella, esa pequeña niña, no podía morir.

     ¿Adónde la enviaría? ¿Qué lugar en el universo sería lo suficientemente seguro como para esconderla? ¿O quizá un lugar seguro no era la mejor opción? Tal vez lo más sensato fuera enviarla a donde a nadie se le ocurriera buscarla, y en ese caso Estela conocía el lugar.

     Se introdujo con la pequeña en la cápsula, activó el sistema de eyección y ambas fueron expulsadas al vasto, frío y peligroso espacio negro en dirección a una bolita de tierra y agua donde se desarrollaban criaturas algo... feas. No obstante, serían quienes mejor se encargarían de la bebé.

     El aterrizaje fue rudo incluso para Estela, y al salir de la estropeada y pequeña nave con forma de esfera en la que habían viajado, notó que la evolución terrestre no iba muy avanzada. Habían acabado en algo como un enorme trozo de terreno donde el suelo parecía completamente cubierto de polvo rojizo que se elevaba en remolinos cuando el viento soplaba. Por todo el lugar resonaban con fuerza sirenas y pequeños estallidos, pero por lo demás, no parecía haber ni vida ni movimiento. ¿Se habría equivocado de sector?

     Una criatura apareció entonces por la puerta de una construcción..., de una casa, y al ver a Estela con la pequeña en brazos no hizo más que sorprenderse. 

     Porque eso estaba, ¿cierto?

     La criatura no era muy diferente de ella misma, de hecho, pero él no brillaba, era bajo y la piel de su rostro estaba curtida y maltratada por el sol; aún así a Estela le pareció que tenía buenas intenciones, que no era malo, y tan desesperada como estaba sólo pudo avanzar lentamente hasta donde el humano la miraba.
     
     -Estamos en peligro -le dijo con más urgencia de la que se había escuchado antes en su voz.

     Él la estudió por unos instantes antes de siquiera pensar en abrir la boca. 

     -¿Quiénes?

     -Todos.

     El humano asintió con gesto grave, y a Estela la impresionó un poco darse cuenta de que esta criatura de intelecto inferior realmente le creía, estaba dispuesta a escucharla y entendía, al menos de cierta forma, lo acuciante de la situación. ¿Habría tenido de veras tanta suerte?

     -¿Qué podemos hacer? -Preguntó el humano.

     -Nosotros, nada. Ella -destapó suavemente el rostro del pequeño infante para que el humano pudiera verlo. Era una niña linda-. Debemos esconderla y protegerla hasta que cumpla seis semanas... Creo que en tiempo terrestre serían unos dieciséis años.
  
     Estela nunca fue muy buena con los cambios y cálculos entre planetas, pero la Tierra era uno de los que había estudiado minuciosamente por si algo como lo que estaba pasando en su mundo amenazaba la existencia del cosmos. El humano observó a la niña dormida como si no acabara de entender qué exactamente le estaba pidiendo Estela.

     -Debes jurarme que la cuidarás. No permitas que nadie le haga daño, de ella dependemos todos.

     -¿Cómo hará para pasar desapercibida si luce como tú? -El humano miró a Estela.

     -Su aspecto se adapta para semejar al de sus...

     ¿Qué tan difícil podía ser comunicarse en una lengua tan gutural, torpe y antinatural como la que manejaban los terrícolas? 

     -Entiendo. Juro que la cuidaré. ¿Cómo saber cuando la amenaza esté controlada?

     -Mientras veas... estrellas fugaces surcando el cielo, no estaremos a salvo.

     Estela le entregó el pequeño bulto movedizo al humano con sumo cuidado, y con un extraño gesto de la mano se despidió de su pequeña protegida. Dio media vuelta para volver a la cápsula y justo entonces el terrícola la llamó.

     -¿Cuál es tu nombre?

     -Estela -respondió ella-. Guerrera en jefe de la Legión Fugaz.

     -¿Y ella?

     Estela se volvió y contempló al humano algo confundida por su interés en saber repentinamente sus nombres. ¿Sería acaso un modo de tratar de controlar los nervios? Sin duda alguna era una tarea monumentalmente importante la que estaba descargando sobre tan débiles hombros, pero era eso o presentar a la niña como ofrenda a... la cosa.

     -Ella es Lucero. Y una cosa más: no debes permitir bajo ningún concepto que se enamore.

     -¿Qué ocurrirá si no puedo cumplir con eso?

     -Tu planeta explotará violentamente y ninguno conseguirá salvarse.

     Luego ya el humano, de ojos azules y cabello caoba con algunos pelos grises, se internó en su pequeña casa y desde la ventana se dedicó a observar cómo el orbe espacial de Estela salía a toda velocidad de la atmósfera del planeta. Llevaba a la pequeña Lucero entre sus brazos, y se preguntó cómo haría para explicar en el cuartel que, de pronto, tenía una niña de la que debía hacerse cargo.

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